Escuchar siete palabras (IV). “Tengo sed”

Mons. Agustí Cortés            Ya nos iría bien preguntarnos si tenemos sed y, en caso afirmativo, de qué estamos sedientos. La respuesta a estas cuestiones determina lo que somos y lo que vivimos. Una persona es según la sed que tiene. Así como hay diferentes tipos de sed, así hay diferentes tipos de personas. Porque una cosa es tener solo sed del agua que sacia la necesidad del estómago y otra, por ejemplo, tener sed de la justicia que satisface el corazón… y así hay personas que sólo son estómago y otros que son algo más.

Esta palabra que escuchamos de los labios de Jesús estando nosotros al pie de la Cruz, también es prueba de “la autenticidad” de su humanidad. Jesús también es un sediento. Más todavía, aquí Jesús sufre toda la sed del mundo y de toda la humanidad, todos los tipos de sed que el ser humano ha sufrido y sufrirá. Nosotros estamos acostumbrados a abrir el grifo y llenar el vaso de agua o entrar en un bar y pedir una cerveza. Pero hay que haber experimentado el sufrimiento de uno andando por el desierto, por un mar de arena que parece infinito, bajo un sol implacable, a cuarenta cinco grados de temperatura, sin una gota de agua, para entender por qué los israelitas usaban la imagen de la sed para expresar el anhelo y el ansia más profunda de la humanidad. Jesús en su Pasión oraba el Salmo 21, en el que las sensaciones físicas de la sed (la garganta, la lengua, el polvo) significan los profundos anhelos del corazón:“Tengo la garganta reseca como una teja; tengo la lengua pegada al paladar” (Sal 21, 15)

Escuchar a Jesús recitar esta oración nos recuerda aquel momento en el que Él, habiendo andado bajo el sol del mediodía, cansado, sentado al lado del pozo, pidió a una mujer: “Dame agua” (Jn 4,7). Todos sabemos, por el contexto de la conversación, que hemos podido meditar el tercer domingo de la Cuaresma, que, una vez más, no solo estaba en juego la sed del agua del pozo. Jesús entonces y toda su vida pública era un sediento de la fe de aquella mujer y de todos nosotros. Anhelaba constantemente nuestra fe y nuestro amor. Y fue en el momento culminante de la Cruz cuando más intensamente experimentó este anhelo, esta ansia, esta pasión por nuestra fe y por nuestro amor. Porque para eso había sido enviado al mundo, “para que todos los que crean en Él sean libres, lleguen al conocimiento de la verdad y tengan en Él vida eterna” (cf. Jn 8, 36; 18, 37; 3,15) No era sólo aquella sed propia de quien se encuentra solo y anhela la presencia de amigos, sino el anhelo de quien quiere con ansia la felicidad (la salvación) de la persona amada: tenía sed de nuestra libertad, de nuestra iluminación, de nuestra paz, de nuestro perdón y, en definitiva de nuestra salvación.

Sentía además otra sed, que le hacía gritar esta plegaria. Compartiendo el sufrimiento de todos los que sienten el deseo profundo del corazón, mirando a su alrededor cómo quedaba el mundo, cómo las tinieblas seguían dominando la tierra, cómo había tanto de sufrimiento, anhelaba la justicia del Reino de Dios. Él había proclamado “dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados” (Mt 5,6). Ahora se encontraba del lado de los sedientos y hambrientos de un Reino de Dios visible y concreto que no se veía en ninguna parte aquí a la tierra. Ahora sufría el ardor de quienes no encuentran el consuelo ni la paz que Dios había prometido a los justos.

La bienaventuranza seguía siendo verdadera. Pero en la Cruz, y hoy quizá en tantas ocasiones, todavía domina el vacío y la oscuridad y los justos siguen siendo víctimas. Por ellos, en su nombre, suena el grito de Jesús, hasta que el Padre responda con la Resurrección.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.