Jesucristo, la resurrección y la vida

Mons. Francesc Pardo i Artigas           Dentro de pocos días celebraremos el domingo de Ramos, Semana Santa y Pascua. El evangelio que este domingo proclamamos en todas las misas corresponde a la narración de la resurrección de Lázaro de Betania, el amigo de Jesús, en cuya casa era muy bien recibido.

La noticia y el hecho de la muerte nos muestra los sentimientos de las hermanas de Lázaro, la afirmación de Jesús que es la resurrección y la vida, su reacción ante la tumba del difunto, el hecho de la resurrección de Lázaro como retorno a la vida humana, la admiración e interrogantes de la gente.

La narración me ha recordado muchos momentos en los que he vivido la muerte de personas queridas, he acompañado a sus familiares, he escuchado quejarse a Dios por su muerte, pero al mismo tiempo he experimentado que la confianza en la presencia y acción de Jesucristo ofrece paz, serenidad y, sobretodo, esperanza en que la muerte no  tendrá la última palabra.

Éstos son algunos pensamientos extraídos de la narración evangélica y de nuestra experiencia.

Cuando Jesús llega a Betania, días después de la muerte de su amigo, una de las dos hermanas de Lázaro le dice: “Señor, si hubierais estado aquí mi hermano no habría muerto”.

Parece que Jesús siempre esté lejos cuando le necesitamos. Como si su calendario no coincidiese con el nuestro. Da la impresión que Jesús sea el culpable de la muerte de Lázaro. Con frecuencia tenemos también la tentación de culpar a Dios de la muerte: si Dios existiese no permitiría el dolor y el sufrimiento.

Algunos se preguntan cómo seguir creyendo tras haber pasado por una situación muy dolorosa, sin que aparentemente Dios haya hecho nada por remediarlo.

La respuesta de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida” ¿Lo crees? El que cree en mí, aunque hay muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

Sin embargo, al llegar al sepulcro de su amigo, Jesús se rebela interiormente, se aflige, se revuelve ante la muerte. Cuando la hermana le recuerda que ya todo es imposible, porque hace cuatro días que Lázaro ha muerto, Jesús le repite que si cree verá la gloria de Dios.

Creer es para este momento, y ver la gloria es para el futuro. Nosotros quisiéramos invertir la situación: primero ver la gloria de Dios y después creer. Ahora bien, Jesús, que es la resurrección y la vida, antes de abrir el sepulcro de Lázaro nos ofrece su presencia, que es consuelo y esperanza, comparte las lágrimas con nosotros, nos pide creer en su amor y en la vida cuando nos sintamos abandonados, solos, sufriendo o amargados.

Jesús ama la vida, bendice la vida, mira la muerte como algo absurdo que le indigna, y la derrotará. Y simultáneamente nos empuja a luchar contra todos los signes de la muerte que nos asedian. Nos empuja a salir de nuestros propios sepulcros: “¡Lázaro, sal afuera!”. Donde dice Lázaro, pongamos nuestro nombre.

¿Cuáles son nuestros sepulcros? ¿Cuáles son aquellas situaciones que nos hacen vivir ya ahora como si estuviésemos muertos, por qué no tenemos ilusión, ánimo, alegría, esperanza? Y es que en muchos momentos parecemos muertos en vida, y Jesús también viene a visitarnos, nos pide que creamos en Él, nos acompaña en el sufrimiento, llora con nosotros, se indigna ante el mal, y su palabra también puede liberarnos de los sepulcros donde no encontramos  encerrados.

En esta semana de Cuaresma digámosle con frecuencia y desde lo más profundo de nuestros corazones: ¡Vos sois la resurrección y la vida para siempre!

 

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.