Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico: «Puedo dar amor y recibirlo, lo que nos hace grande a las personas»

Acaba de celebrarse el 25 de marzo la Jornada Mundial de la Vida con el lema “La luz de la fe ilumina el atardecer de la vida”. La Jornada pretende llamar la atención sobre la vida como don de Dios y el respeto que merece toda vida humana, independientemente de las circunstancias en las que se desarrolle.

Para reflexionar sobre este asunto hemos hablado con un sacerdote tetrapléjico, Luis de Moya. Sufrió un accidente de tráfico en el año 1991, y lejos de tirar la toalla siguió al pie del cañón ejerciendo su sacerdocio, desde otra perspectiva, pero sin venirse abajo. Entre otras cosas contó su experiencia en el libro “Sobre la marcha”.

Plantear el descarte es no entender qué es el hombre, pensar que una vida ha perdido su interés por no poder moverte. La actividad no es correr, lo importante es que soy hijo de Dios y me quiere

Cuándo sufre el accidente y le dicen que la secuela es una tetraplejia, ¿qué piensa?

Realmente yo no soy una persona demasiado dramática y, entre otras cosas, cuando sufro el accidente, no estoy lo suficientemente lúcido como para pensar las cosas fríamente, por lo que me fui haciendo cargo de la situación poco a poco. No hay un momento excesivamente dramático en el que me dé cuenta de que me ha cambiado la vida de la noche a la mañana.

¿Cómo se replanteó la vida?

Habían cambiado muchas cosas para mí, pero no había cambiado que seguía siendo sacerdote. Tendría que emplear mucho la escritura, tendría que venir la gente a mí en lugar de ir yo a la gente… Me di cuenta de que tenía que contar mi historia y mi reacción ante el accidente.

¿Qué es lo más duro, lo físico o lo mental?

Lo más duro es la dependencia, que tendría que depender mucho de la gente para las cosas más elementales.

Usted conoció a Ramón Sampedro, el tetrapléjico que pidió la eutanasia, y sobre el que se hizo la película “Mar adentro”, dirigida por Amenábar y protagonizada por Javier Bardem.

Tuve relación telefónica y por carta, pero la verdad es que no conseguí hablar personalmente con él. Aunque hice un viaje a Santiago de Compostela, invitado a un congreso, e intenté quedar con él, finalmente no pudimos, porque el sitio donde él estaba era inaccesible para mi silla. Vivía en una primera planta y tenía que utilizar la escalera, así que no pude quedar con él.

¿Qué marca la diferencia entre querer vivir y querer morir en situaciones parecidas?, ¿sentirse o no querido?, ¿sentirse o no sentirse útil?, ¿sentirse o no llamado a una misión?, ¿tener o no tener un sentido trascendente de la vida?…

Si vemos la vida con un sentido sobrenatural, trascendente, no es razonable querer morirse. La persona que tiene fe sabe que debe aceptar la voluntad de Dios, de algún modo, Él lo ha querido así. La circunstancia en la que uno queda, después de un accidente como el que yo he tenido, no es algo que Dios ignora. Justamente por eso, yo pensaba que Dios proveería, si Dios consiente que yo esté en esta situación, me dará las fuerzas para llevarlo bien ¿no? Tendría que cumplir su voluntad en esta circunstancia como antes intenté cumplirla en otra situación diferente.

¿Cómo es su vida un día normal?

Hubo un tiempo en el que hacía muchas cosas. Tras el accidente podía dar clases en la Universidad, una labor pastoral de confesionario, hablaba con bastante gente… Ahora me siento más débil y muchas de estas cosas las he tenido que dejar porque me canso mucho. Pero tengo el día suficientemente ocupado, no me aburro ni mucho menos, siempre me quedan cosas pendientes que hacer para el día siguiente.

El concepto que tiene nuestra sociedad de la felicidad, ¿nos hace más vulnerables, más débiles, ante el sufrimiento y las dificultades que nos plantea la vida?

Sí. La clave está en no olvidar que Dios no deja de ser nuestro Padre, que nos quiere con locura a pesar de que hayan cambiado las circunstancias. Por lo tanto, no cambian demasiadas cosas. Si los animales dejan de sentir físicamente, dejan de moverse, podemos decir que se ha acabado, su vida ha perdido el sentido. Pero para el hombre no, podemos seguir amando, en mi caso no se han afectado las funciones más superiores, la inteligencia, la voluntad, puedo dar amor y recibirlo, que es lo que nos hace grandes a las personas.

¿Se ha dirigido mucha gente a usted después de sus testimonios públicos en prensa, radio y televisión, de sus escritos como el libro “Sobre la marcha”, de sus conferencias, su presencia pública cuando se ha planteado la legalización de la eutanasia?

Sí, sobre todo en los primeros años después del accidente. Ahora me he quedado un poco más encerrado en mí mismo. Eso no quiere decir que sea menos feliz que antes, conforme va pasando el tiempo, voy comprendiendo un poco más mi situación y creo que soy más feliz. Voy entendiendo mejor quién es Dios para mí, qué espera de mí, noto más su fuerza, su cariño, su comprensión… eso me hace sentirme más feliz.

Hoy la vida humana tiene que pasar unos “controles de calidad” para ser considerada digna. Se justifica el aborto de un niño con síndrome de Down, se piensa que no merece la pena vivir con determinadas discapacidades o se aborrece a los mayores “improductivos”. El Papa lo refleja muy bien es su idea de lo que ha llamado el descarte.

Esa idea del Papa Francisco es muy interesante. Plantear el descarte es no entender qué es el hombre, pensar que una vida ha perdido su interés por no poder moverte. La actividad no es correr, lo importante es que soy hijo de Dios y me quiere igual, o quizás más, ahora, que antes.

(Iglesia en camino – Juan José Montes)

 

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