Cordura y resaca litúrgica

Mons. Antonio Gómez         Ahora que nos acercamos, como en una procesión, tan sólo a quince pasos de las fiestas de Semana Santa y Pascua, aún recuerdo los comentarios, de otros años y de otros lugares, poniendo el dedo en la llaga sobre las distintas prácticas y realizaciones. Había parabienes y quejas, algunas sin fundamento, cuando otros se quedaban simplemente en si llovió y no pudo salir tal o cual procesión, para disgusto de algunos, cuando, quizás, era la única expresión de fe que realizaban en todo el año.

Gracias a Dios, en casi todas las diócesis rurales, un nutrido número de curas y de unas pocas religiosas, laicos comprometidos y seminaristas van haciendo posible que, en la mayoría de los pueblos con más de una cincuentena de habitantes, se hayan podido celebrar con cierta dignidad las liturgias del Triduo Pascual. En algunos pueblos, a falta de sacerdote o de alguien que lo supliera, ha sabido organizarse la pequeña comunidad parroquial para celebrar el viacrucis, la hora santa, algún ejercicio de piedad e incluso procesiones. Es lo justo, pues para estas paraliturgias no es necesaria la presencia del presbítero.

Ahora bien, aún quedan costumbres seculares que son difíciles de arrancar y que la propia realidad, que es muy tozuda, terminará con ellas, no sin el enfado y la rabieta de algunos defensores de tradiciones, de no muchos años, que salpican  nuestras geografías diocesanas. A muchos sacerdotes nos parecía extraño que haya que buscar durante tres días a predicadores que vienen a eso, a predicar, y que al final desplazan al sacerdote que durante todo el año ha estado asistiendo, desde sus posibilidades, a la comunidad parroquial.

Pero también he conocido, pueblos con una baja densidad de población, me refiero a menos de cincuenta habitantes, que se sienten en  su derecho de tener sus oficios de semana santa o procesiones, con los consiguientes cabreos e insultos al cura que debe atender al menos a unas cuantas comunidades parroquiales. Los agravios comparativos entre unas y otras parroquias y pueblos se hacen patentes. Normalmente los que más se quejan son los que menos participan y ni siquiera asisten a la Eucaristía durante todo el año. Por otra parte, oyes a los párrocos hablar maravillas de pequeñas comunidades que, cuando llegan corriendo de otra celebración, se encuentra todo minuciosamente preparado, lectores designados y hasta un pequeño coro de unas cinco personas. Estas comunidades por el contrario suelen ser las más comprensivas, porque el que se entrega, prepara bien las cosas y tiene sentido de lo que es esencial, valora lo que cuesta todo, en esfuerzos y dedicación. Los que ni se preocupan abren la boca, a veces, sólo para criticar y en el peor de los casos para insultar. Sé muy bien de algún pueblo que enfadados han exigido al sacerdote su presencia y cuando ha ido, haciendo un gran esfuerzo, casi nadie acudió a la celebración (pues todavía estaban enojados).

Aún recuerdo comunidades parroquiales del norte de Francia o de la Republica Checa, que tenían que hacer más sesenta kilómetros para poder celebrar cada domingo. Y estoy hablando de poblaciones de más de mil habitantes, las que se desplazaban. Se me quedó en la retina la imagen de la acogida dispensada por parte de la parroquia que recibía, cómo se abrazaban, hablaban, reían, se reconocían… Eso era fe y sentido de iglesia ¿Y nosotros? ¿Cuánto camino nos queda por hacer? ¿Estamos dispuestos?

Hay ya en algunas diócesis, quizás en la nuestras podíamos comenzar ya, que al menos todas las comunidades de una unidad pastoral, se reúnen para celebrar una única Vigilia Pascual, la gran celebración cristiana, y cada parroquia lleva su cirio, que luego retornará a su iglesia. Esta gran celebración refuerza los lazos de unidad: un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo. En cambio en la capital las vigilias se dan de coscorrones, celebrada por pequeños grupos a escasos metros. Eso dice mucho de la falta de unidad. Mi parroquia, mi comunidad, mi movimiento… Dime con quien celebras la Pascua y te diré a quién perteneces.

Llegará el día, que al menos en la Capital (y también en las cabeceras de comarca), habrá una única y solemne Vigilia Pascual que se celebrará en la Catedral y todas las parroquias, monasterios de clausura, movimientos y asociaciones iremos en procesión con nuestros cirios, que alumbrarán nuestras celebraciones de pascua, los bautismos y las exequias de nuestras pequeñas comunidades. Mientras lleguen esos días debemos poner mucha cordura ante tanta resaca litúrgica que nos espera.

No tienen escapatoria. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

Mons. Antonio Gómez Cantero
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Antonio Gómez Cantero nació en Quijas (Cantabria) el 31 de mayo de 1956. Cursó estudios de bachillerato en el seminario menor de Carrión de los Condes y eclesiásticos en el seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 17 de mayo de 1981. Obtuvo la licenciatura en Teología Sistemática-Bíblica en el Instituto Católico de París, en 1995. Su ministerio sacerdotal lo ha desarrollado en la diócesis de Palencia, donde ha desempeñado distintos cargos pastorales: en 1982 fue nombrado vicario parroquial de San Lázaro y vocal del Consejo Presbiteral por consiliarios; además de consiliario diocesano del Movimiento Junior A.C. y coordinador de consiliarios de Castilla y León. En 1983 fue nombrado delegado diocesano de Pastoral Juvenil y Vocacional; en 1984, párroco solidario de San Lázaro; en 1985, formador del seminario mayor de Palencia; en 1986, delegado para el acompañamiento vocacional para el presbiterado; en 1990, delegado de Pastoral Juvenil-Vocacional y miembro del Consejo de Consultores; en 1992, consiliario internacional del MIDADEN (Acción Católica de Niños) en París, cargo que ocupó hasta 1995; en 1995, vice-rector y profesor del seminario menor; en 1996, rector del seminario menor y delegado diocesano de Pastoral de Vocaciones; en 1998, rector del seminario mayor, en el que permaneció hasta 2004; en el 2000, profesor extraordinario del Instituto Teológico del seminario mayor de Palencia y miembro del consejo de consultores; en 2001, administrador del seminario mayor y de la casa sacerdotal, y desde 2008 miembro del Colegio de Consultores. Desde el año 2004 es párroco de San Lázaro de Palencia y desde 2008 el vicario general y moderador de curia. Del 8 de mayo de 2015 hasta el 18 de junio de 2016 fue el administrador diocesano de Palencia. El 21 de enero de 2017, se celebró su Ordenación Episcopal y toma de posesión de Don Antonio Gómez Cantero como Obispo de la Diócesis de Teruel y Albarracín.