Jesucristo, luz del mundo

Mons. Francesc Pardo i Artigas         La vida no es posible sin luz. Sabemos que una de las formas de tortura o de castigo cruel es someter a una persona durante un tiempo a la más absoluta oscuridad. Todos tenemos la experiencia  que, si quedamos a oscuras, para reemprender la mayoría de actividades necesitamos algo de luz o disponer de claridad. A tientas es muy difícil acertar el camino a recorrer para llegar a nuestro destino en un cruce en el que confluyen diferentes rutas. A ciegas, la vida normal se hace costosa, y la persona necesita ayuda para moverse. Como mínimo necesita ver con los ojos de los demás.

El día de nuestro bautismo —de niños— se nos entregó un cirio encendido con la llama del cirio pascual, símbolo de Jesús, mientras se nos decía: “Recibe la luz de Cristo”, y así representar y pedir que su luz nos ilumine toda la vida. En el bautismo de adultos, cuando éstos reciben el cirio encendido, se les dice: “Os habéis convertido en luz de Cristo. Caminad siempre como hijos de la luz…”.

Cuando por Pascua renovamos las promesas del bautismo también tenemos en nuestras manos un cirio encendido. En las celebraciones, encendemos unos cirios en el altar, y tenemos una lámpara ante el Santísimo. También ofrecemos lámparas encendidas a la Virgen y a los santos como expresión de nuestra plegaria de petición o de acción de gracias.

Fijémonos que también en el ámbito social, deportivo, musical… se acostumbra a encender alguna bengala, y llegado el caso, se utiliza la luz de los teléfonos móviles. Para circular por la carretera nos hace falta la luz diurna o la de los faros de los vehículos para seguir nuestro comino  sin errores, y sin accidentes…

Todo lo dicho puede ayudarnos a entender mucho mejor porque una de las afirmaciones de Jesús es: “Yo soy la luz del mundo”.

En este cuarto domingo de Cuaresma proclamamos el evangelio de la curación de un ciego de nacimiento, el proceso de aquel ciego para reconocer a Jesús y  creer en Él, cuando los dirigentes y todo el mundo negaban que el sanador fuese Jesús. La afirmación provocará su marginación y ser declarado “persona non grata”, por ser testigo de su experiencia: ¡Veo gracias a Jesús!

Algunas indicaciones para que creamos y estemos convencidos que Jesucristo es  quien nos hacer ver con claridad.

– Debemos ser conscientes de nuestras propias dificultades para acertar el camino y orientarnos entre tantas y tantas propuestas de vida y de felicidad que recibimos cada día. Al mismo tiempo, para afrontar las posibles oscuridades en nuestro proceso como creyentes, necesitamos ser iluminados por Jesucristo.

– Puede que en nombre de la luz de la razón, del pensamiento, de la moda, del ambiente social… nos digan que estamos equivocados, que no vemos con claridad, cuando en realidad también podemos decir: ¡veo gracias a Jesús!

– No es creíble la afirmación de algunos, según la cual “los no creyentes”, por ese solo hecho, tienen más luz, ven más claramente que nosotros, condicionados —según dicen— por la fe.

–  Dejémonos iluminar por Jesucristo orando, celebrando la fe, leyendo y meditando el Nuevo Testamento, formándonos como cristianos.

En la narración evangélica Jesús plantea la pregunta de la fe al que era ciego y ahora ve:

“-¿Crees en el hijo del hombre?

-Creo, Señor.

Y lo adoró”.

Creer en Jesús y dejarse guiar por Él es dejarse iluminar para acertar el camino de la vida.

 

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.