“El pecado nos ciega”Comentario al Mensaje del santo padre Francisco para la Cuaresma 2017 (II)

Mons. Jesús Murgui          El Papa Francisco, en su mensaje cuaresmal centrado en la parábola del pobre Lázaro y el rico, señala como ésta “es despiadada al mostrar las contradicciones en que se encuentra el rico”, afirmando: “En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia”. Así el Papa, tras recordar que el “apóstol Pablo dice que <> (1Tm 6,10)”, nos dice: “Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz”.

A esto añade que “la parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir”. Afirmando seguidamente que “el peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia… Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación”.

Efectivamente S. Lucas en el capítulo 16 de su Evangelio, en el que está la parábola, recoge la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas, y viendo el personaje del rico se “entiende”, como señala el Papa, su “condena” del “amor al dinero”, y así recuerda las palabras de Jesús en S. Mateo 6,24: “Nadie puede estar al servicio de dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero”.

Detengamos por un momento nuestra atención en estas palabras. Lo enunciado por Jesús, de manera concluyente y decisiva, impresiona. Habla de “amos” y de “servir”. Su lenguaje es elocuente y claro. La situación del que se encomienda al “dios dinero” se deteriora, se degrada: renuncia a su libertad y se vende y ata a su amo, que es como una potencia, un poder, capaz de someter al mundo entero y, con él, a las personas.

Como señala el Papa: “el amor al dinero, la vanidad y la soberbia”, es como un proceso de “corrupción”. Es ir ahondando en un girar, un vivir, alrededor de uno mismo; un instalarse, a veces poco a poco y sin darse totalmente cuenta, en un mundo egoísta, meta y obra de las propias manos, que hace penetrar en las tinieblas hasta el punto, ya “normal”, de estar ciego, hasta el punto de no ver a un mendigo sentado a la puerta de su casa; hasta el punto de que uno tan solo ve su interés y su teatro vital, su yo omnipresente, y deja de “ver” a aquellos que le rodean.

Girar sólo alrededor de uno mismo, atrincherarse en el propio interés y hacerse fuerte –a veces muy sutilmente- en el propio yo, es, como también se ve con claridad en la parábola comentada (cf. Lc 16, 19-31), encaminarse a la condenación, al infierno. Incluyo ya – anticipadamente- en esta vida. Es encaminarse a vivir encerrado detrás de las propias trincheras, con un foso escavado día a día que me separa de los demás, del amor, de Dios mismo. Con una eternidad que es prolongación del aislamiento y la “ceguera” que me he labrado en esta vida, prolongación del pecado de sólo verme a mí mismo, acabando sin ver a Dios ni a los demás en mi vida. Desdichado el ser humano que se ha cavado un abismo que lo separa de la luz, del amor, de la comunión, de la vida.

Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano, como prójimo, se ha hecho pobre y entregado en Jesús para rescatarnos del pecado de la ceguera, de la oscura soledad y, así, llevarnos a la luz. San Jerónimo lo refleja esto de modo muy sugerente en una homilía a los recién bautizados, sobre el Salmo 41: “Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos en el anzuelo: “En nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren: a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno, mas, desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la luz verdadera…” (CCL 78, 542-544).

Dichoso quien, “revestido de Cristo”, vencida su ceguera se ha puesto al servicio de los hermanos necesitados, quien hace suyas, como Él, las necesidades de los demás. Pidamos al Señor que nos quite lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Pidamos al Señor que nos quite todo aquello que nos hace indiferentes, insensibles hacia tantos hermanos sentados fuera –en tantas “periferias”- y privados de lo que realmente necesitan: privados de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados; privados de amor, de compasión, de compañía, de esperanza.

Que Él nos conceda ser capaces de compartir todo lo que recibimos de sus manos, pan espiritual y pan material. Nos conceda encontrarnos allí donde Él ha querido venir a vivir en medio de nosotros; Él, el verdadero pobre, porque siendo rico se ha hecho pobre para enriquecernos por medio de su santa y gozosa pobreza, por medio de su donación total y entrega absoluta, hasta la cruz, tal como nos disponemos a celebrar en la cercana Semana Santa.

Que el Señor nos conceda una Cuaresma en la que busquemos el perdón de nuestros pecados, que sólo Él nos ha conseguido y nos da, curándonos de nuestras cegueras, entre ellas no ver el propio pecado; curándonos de no verle en nuestros hermanos, y recordándonos que en el otro llegamos realmente, verdaderamente, a Él. Busquemos tiempos de silencio, de liberación de prisas y de apariencia; silencios en presencia de Dios, tiempos de escucharle y de vernos a nosotros mismos delante de Él, tiempos de dejarnos iluminar para descubrir nuestros egoísmos y cegueras, nuestros pecados de indiferencia y de comodidad ante los Lázaros que no vemos y, quizás, tenemos muy cerca.

Sería adecuado a la luz de todo esto, de todo lo dicho, reexaminar cómo valoramos en nuestra vida social y eclesial las tareas especialmente configuradas para atender y servir necesidades; cómo, además de cada uno, concretamente nuestras parroquias y comunidades ven, se acercan, ayudan a los Lázaros de nuestros días. Sería adecuado, quizás también, repensar, por parte de muchos de nosotros de un modo u otro dedicados a educar (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, responsables de la cosa pública, etc…) como acentuamos personalmente, y en instituciones como colegios católicos, la importancia de atender en nuestros niños y jóvenes una “educación” en la hospitalidad, en el servicio, al igual que educar en la pobreza voluntaria. Enseñar a desprenderse, a prescindir, a liberarse, a vaciarse, a entregarse a Dios y a quienes nos necesitan: especialmente a quienes por nuestro estado, tarea o servicio nos han sido confiados. En un mundo que busca tener, poseer, aparentar, dominar, es ir contracorriente vivir y educar en cristiano, en la mente de Cristo, siguiéndole, imitándole; es decir, vivir y educar convencidos de que la plenitud, la felicidad, la realización personal consiste en vaciarse de uno mismo y de tantas cosas, para entregarse y servir. Tengamos bien presente, al respecto, una sabia afirmación del Mensaje del Papa Francisco que les reitero para pensar: “Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna”. ¡Ánimo! Seguid viviendo una santa Cuaresma: camino de conversión encaminado a la luz, a la vida, a la Pascua.

+ Jesús Murgui

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
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Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.