El objetivo del seminario diocesano es formar pastores para el pueblo de Dios

El 8 de diciembre de 2016. Solemnidad de la Inmaculada. Roma. La web de la Congregación del Clero se llena de visitas. Han colgado un nuevo documento muy esperado. Su título es ‘El don de la vocación sacerdotal’; por debajo, un subtítulo: ‘Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis’. Más de doscientas páginas que muestran la continuidad y la novedad necesarias para formar a los seminaristas.

Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis’… algo así como el plan que la Iglesia universal prevé para formar a los candidatos al sacerdocio. Coloquialmente, es conocida por ‘Ratio’. A secas. La última se publicó en 1970, de acuerdo con las enseñanzas del concilio Vaticano II, y se actualizó en 1985. Pero desde entonces han pasado muchas cosas: el magisterio de san Juan Pablo II y su exhortación ‘Pastores dabo vobis’ (1992), las profundas enseñanzas de Benedicto XVI y todas las intuiciones pastorales de Francisco, cargadas de espiritualidad y profecía. Era necesario repensar la formación de los futuros pastores para que pudiesen dar una respuesta profunda y significativa a las exigencias evangelizadoras de la Iglesia ante un convulso Tercer Milenio. En este contexto nace ‘El don de la vocación sacerdotal’. Desde estas páginas y en torno a la celebración del Día del Seminario, queremos explicarles las claves de un documento que afecta a todos. Sí, también a los laicos.

Lo que parece obvio no resulta tan claro. La sociedad actual vive en la disgregación. El ideal cristiano de unidad de vida parece más difícil de alcanzar que nunca. La multiplicidad de roles que desempeña cada persona convierte la vida en una lucha agotadora, por eso muchas conciencias se tranquilizan pensando que viven dos vidas: una es pública y otra, privada. El mismo sujeto se comporta de modos distintos y muchas veces antagónicos en el trabajo, con su cónyuge, los hijos, los padres o los amigos. Los jóvenes, y por tanto los jóvenes vocacionados al sacerdocio, no son ajenos a este riesgo. Cuesta y cuesta mucho vivir de una pieza.

La nueva ‘Ratio’ tiene claro este desafío y por eso recalca que el seminario debe formar hombres-discípulos y misioneros-pastores para el pueblo de Dios. Y debe hacerlo, partiendo de una sana personalidad y de una vida cristiana bien cultivada.Como ha escrito monseñor Patrón Wong, arzobispo secretario del dicasterio del Clero, “el Seminario no pretende formar sólo intelectuales, aunque se tome muy seriamente la preparación intelectual de los seminaristas. Tampoco pretende una formación de tipo monástico, aunque conceda el lugar central a la oración y a la vida sacramental. No pretende formar buenos organizadores, aunque se preocupe de ofrecer a los seminaristas la mejor preparación para las actividades pastorales. Tampoco se trata de formar «ministros de culto», aunque ofrezca a los seminaristas la mejor formación litúrgica posible”.

Se trata, en definitiva, de una formación integral para formar sacerdotes íntegros.

La identidad sacerdotal

Hubo un tiempo en el que los sacerdotes y teólogos debatían y debatían sobre la identidad sacerdotal. En un mundo cambiante, también ellos se veían inmersos en un proceso de secularización imparable. Era el sino de la Modernidad. Ahora es otro tiempo: la identidad está clara y es el mismo Jesucristo pastor. El reto viene por la dificultad del sujeto desintegrado para mantenerse en ella.

La formación sacerdotal implica un proceso de configuración con Cristo cabeza, pastor, siervo y esposo (RFIS, 35), que consiste en una identificación mística con la persona de Jesús, tal como es presentada en los evangelios. “Este proceso místico, señala monseñor Patrón Wong, es un don de Dios que llegará a su plenitud a través de la ordenación sacerdotal y constituye un camino formativo que permanecerá vigente durante toda la formación permanente”. Ante el don de la vocación, hay que consentir y corresponder. Por eso, la vocación exige de la persona llamada una práctica ascética, que es el esfuerzo humano que, desde la libertad, secunda los dones de la gracia.

(José Antonio Calvo – Iglesia en Aragón)

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