Hambre de Dios

Mons. Carlos Osoro Hay unas palabras que san Juan Pablo II escribió en el inicio de su pontificado, y a las que luego me referiré, que siempre me llenan de sugerencias, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, cuando os estoy escribiendo esta carta.

Deseo que sea una meditación, que nos ayude en esa conversión que nos pide el Señor para poder realizar el trabajo de la misión que, como Iglesia de Jesucristo, tenemos que hacer. El grito del ciego de Jericó para que lo atendiese el Señor es el grito que todo ser humano, consciente o inconscientemente, da en su vida: tiene necesidad de la cercanía de Dios. Aunque muchas veces ni sepa quién es o no tenga noticia de Él, siente necesidad de Alguien que le quiera incondicionalmente; por eso grita y grita y no para hasta que Dios se acerca a su vida y experimenta su amor. El ser humano no puede vivir sin el amor más grande. Y ese solamente lo puede dar Dios. Aquella cercanía de Jesús, que le dijo al ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?», es la que necesita todo ser humano.

Es verdad que el ser humano quizá se hace otros dioses que no son el Dios verdadero, pero todo hombre que viene a este mundo, en lo más profundo de su corazón, barrunta la necesidad de Dios. Hará un dios del dinero, de unas ideas, etc., pero siempre tendrá un Dios. A la larga verá que, si se deja querer por el dios construido por los hombres, sentirá la soledad más grande. No le vale cualquier dios para llenar su corazón y curar las heridas que tiene y que por sus propias fuerzas no puede curar. No puede curar un dios que él mismo se construye o recoge, pero que no manifiesta ni le entrega lo que necesita el ser humano para vivir en plenitud. Las palabras del ciego de Jericó son las que todo ser humano dice de una manera u otra: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Necesitamos sentir que alguien nos ama, nos hace, nos construye, nos alienta, nos da felicidad, nos hace ser, nos da seguridad y firmeza, nos da presente y futuro. La compasión que pide el ciego de Jericó es que Jesús tenga pasión por su persona; que lo acoja, le dé su gracia y su amor; que le dé su luz, le quite la oscuridad en la que vive y le dé aliento y fundamentos. Esto es lo que necesita todo ser humano.

Aquella propuesta de Jesús a los discípulos de «Id y anunciad el Evangelio» es un imperativo para la Iglesia. Convencidos de la necesidad de nuestra misión, hemos iniciado el camino cuaresmal, que lo es de conversión, de seguimiento al Señor, de encuentro con Él, de esperanza. El Señor nos ha llamado para una misión fundamental, sin la que el ser humano no puede vivir. Nos ha dicho: «Seréis mis testigos». Hemos de estar disponibles para esta tarea. Jesucristo, que es Amor, dona al hombre la plena familiaridad con la verdad y nos invita a vivir continuamente en ella. Es una verdad que es su misma Vida, que conforma al hombre. Fuera de esa verdad, estamos perdidos y tenemos necesidad de gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».

¡Qué fuerza tiene la presencia del Señor junto al ciego de Jericó! La presencia del Amor y la Verdad impulsa la inteligencia humana hacia horizontes inexplorados. Jesucristo atrae hacia sí el corazón de todo ser humano, lo dilata, lo colma de alegría, de paz, de iniciativas que buscan el desarrollo de los hombres. Es impresionante comprobar que la verdad de Cristo, en cuanto toca a cada persona que busca siempre la alegría, la felicidad y el sentido, supera cualquier otra verdad que la razón pueda encontrar. ¡Qué comprobación más evidente hacemos en este encuentro con el ciego! La Verdad, que es Cristo, nos busca. Hemos de decir a los hombres que se dejen interpelar por Aquel que se acerca a sus vidas.

Las palabras de san Juan Pablo II a las que aludía antes son estas: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es –si se puede expresar así– la dimensión humana del misterio de la Redención» (RH 10a). Precisamente por eso te propongo en este itinerario cuaresmal que vivas así:

1. Vive en amor a la Verdad y al Amor: son como dos caras de ese don inmenso que viene de Dios y que se ha manifestado y revelado en Jesucristo. Sabemos que el hombre no puede vivir sin amor. Por eso proponemos la persona de Jesucristo, pues la caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.

2. Vive en el compromiso que engendra el Amor y la Verdad: el Amor tiene su origen en Dios y siempre mueve a la persona a comprometerse con valentía en construir su vida y la de los demás dando rostro a Jesucristo. Solamente seremos testigos si vivimos en el amor. ¡Qué belleza tiene el corazón de la vida cristiana que es el Amor! Quizá la respuesta más adecuada para la pregunta que hizo el Señor al ciego de nacimiento, –«¿Qué quieres que haga por ti?»– sea ir recorriendo lo que el Señor responde en la parábola del buen samaritano a la pregunta de «¿Quién es mi prójimo?». El Señor invierte la pregunta, mostrando con el relato cómo, cada uno de nosotros, debemos convertirnos en prójimos del otro: «Vete y haz tú lo mismo».

3. Vive en medio de las dificultades que surgen para estar en la Verdad y el Amor: recuerda aquellas palabras del ciego de nacimiento: «Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”». Pero, como hizo Jesucristo, con su ayuda, su gracia y su amor, derriba los muros que impiden el encuentro con Dios. Esas dificultades que no permiten descubrir la grandeza de nuestra vida, vienen de dentro y de fuera. Es verdad que están nuestros pecados, que también nos impiden ver quiénes somos y comportarnos como tales, pero también hay dificultades de fuera como las que encuentra el ciego. Como nos dice el Señor en el Evangelio es urgente «ser sus testigos». El hombre tiene sed y hambre de Dios.

Este momento de la historia es de hambre de Dios. Tú también la sientes, tienes vacíos inmensos. Si eres honrado en ver tu verdad, los descubrirás palpablemente. Se quiere saciar de maneras muy diversas, que a veces nos hacen creer que Dios no es necesario. No nos engañemos. En lo más profundo del ser humano, en el núcleo de su existencia, hay una necesidad imperiosa de Dios; estamos diseñados por Dios mismo y Él ha impreso una manera de ser y de comportarnos a su imagen y semejanza. Cuando hacemos otra cosa ni estamos a gusto con nosotros mismos, ni hacemos felices a los demás. Estamos creados según Dios y tenemos una tarea y una misión que Dios imprimió en nuestra vida de tal manera que siempre aspiramos a vivir en ella. Como cantan los monjes en los monasterios: «Venid, adoremos al Señor, que nos ha creado». Estas palabras encierran una verdad y una sabiduría inmensa. Salgamos a la misión y quitemos de la vida de los hombres las dificultades que impiden el encuentro con Dios, las de dentro –el pecado– y las de fuera, que oscurecen la presencia de una Iglesia que es Cuerpo de Cristo, expresión de su amor. Salgamos a la misión. Para ello necesitamos de la gracia de la conversión.

+Carlos Card. Osoro Sierra,
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.