Religión en la escuela

Mons. Agustí Cortés Hace unos días me hablaba una abuela joven, entre satisfecha y sorprendida, diciéndome cómo su nieta, con tan solo cinco años conocía pasajes de la historia de Jesús, rezaba el Padre Nuestro, identificaba imágenes del culto y disfrutaba cantando las canciones infantiles de Iglesia.

La niña hacía estas manifestaciones en el trato con sus primos, de la misma edad que ella. Alguien, que asistía a la conversación, no dejaba de manifestar una cierta preocupación por el hecho de que los padres de los primos no eran creyentes y se podrían molestar por esta fe tan espontánea e inocente… Así estamos. Nada pasaría si los entusiasmos de la niña hubieran sido motivados por un personaje de dibujos animados, un cantante, o un equipo de fútbol. No había ningún secreto. Esta niña ha tenido la suerte de encontrar en su colegio una religiosa, que, además de ser una gran pedagoga, con sus palabras y su manera de hacer, contagiaba a los niños la alegría de creer. Parece que lo hacía sin complejos y con toda naturalidad, muy identificada con su tarea como maestra y educadora. Lo más sorpresivo es que llegaba al corazón de los alumnos sin ninguna coacción, con una eficacia mayor que la influencia del silencio (o los mensajes negativos) sobre Dios o la Iglesia, que les rodea en su medio familiar o social. Compartí la satisfacción de aquella abuela, haciéndole la observación de que otras veces hemos recordado: uno de los grandes favores que ha hecho esta religiosa a la educación de su nieta es que le ha permitido llenar un vacío que nadie llenará o que llenará con sucedáneos de Dios (aficiones, mitos, hedonismo, ídolos de todo tipo…) Iba recordando motivos y argumentos que defienden la presencia de la formación religiosa en todas las escuelas, sean estatales o públicas, sean concertadas o privadas. – La formación religiosa en la escuela es un derecho y un deber primario de los padres, responsables de que sus hijos sean educados según las propias convicciones. – La fe cristiana ilumina radicalmente la manera de entender toda la vida humana: la persona, la naturaleza, el sufrimiento, el dinero, la sociedad, la convivencia, la sexualidad, el trabajo, la familia, la muerte, la felicidad, etc. – No podemos dejar que nuestros hijos sean educados según los criterios que inculcan los medios de comunicación, las redes sociales, los políticos de turno, el ambiente de moda, etc. – La formación religiosa cristiana en la escuela no es catequesis. Es la enseñanza de la idea de mundo y de vida humana, que se desprende del mensaje de Jesucristo, en diálogo con la cultura que los alumnos van asimilando. – El conocimiento de este mensaje de Jesucristo humaniza: hace posible el crecimiento en humanidad, ser más personas, mejores ciudadanos, mejores profesionales, cambiar el mundo desde la persona. – La formación religiosa cristiana aporta el gran servicio de poder entender gran parte de nuestra historia y nuestra cultura (pensamiento, arte, hechos, identidad, folclore), donde la fe cristiana ha sido un factor absolutamente determinante, del cual no se puede prescindir. Hemos podido visionar un interesante documental, titulado “Hemos perdido el ‘oremus’”. La pérdida de la formación cristiana de las nuevas generaciones, no sólo sería pérdida por nuestras familias y la Iglesia, sino por toda la sociedad.

† Agustí Cortés Soriano Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.