Estuve enfermo y me visitásteis

Mons. Manuel Herrero ¿Quién no ha experimentado la enfermedad en su misma carne o en la carne de alguna persona querida, el hijo, el padre, la madre, el abuelo o la abuela, el hermano, el amigo, el vecino, el compañero, etc…?

Y no me refiero a un catarro, una gripe, un resfriado, un dolor de muelas, sino a una enfermedad seria, con cirugía o sin ella. Es más, cuando pensamos, sólo pensar, en que pueda tocarnos una enfermedad seria generalmente tiembla nuestro ser.

Y es que la enfermedad nos hace palpar la finitud, nuestra debilidad, la caducidad y la precariedad, nuestra limitación e impotencia, nuestra necesidad de los otros y nuestra mortalidad. Nosotros que, a veces, creemos que nos vamos a comer el mundo, experimentamos cómo el paso del tiempo, un virus, una bacteria, etc… nos come.

Hay que pasearse por los hospitales, o por las residencias de mayores, y ver qué sienten y cómo se sienten los allí atendidos. Al enfermo, además del dolor físico, se le hacen eternas las horas, los días y las noches sin dormir; y la mente trabajando, pensando y preguntándose: ¿Vendrán a verme, a visitarme? ¿Se habrán olvidado los míos, los más queridos? ¿Quién soy yo? ¿Qué es mi vida? ¿De quién depende? ¿Cuál es mi meta o destino? ¿Quién sostiene mi vida? Muchas personas no quieren ni planteárselo. Otras personas, lo rumian para sí mismas y no expresan nada. Otras levantamos los ojos y el corazón a Dios e incluso le preguntamos: ¿Por qué, Señor, por qué a mí, por qué ahora? ¿Qué va ser de mí? ¿Qué me espera después de mi muerte? Cuántas preguntas en las que el ser humano toca con su misterio, con el misterio que cada uno es y lleva dentro de su historia.

¡Qué hacer? Una de obras corporales de misericordia es visitar y cuidar a los enfermos. Cargar y hacerse cargo de la enfermedad.

En primer lugar, desechando y luchando contra esa concepción de la enfermedad como un castigo de Dios. Dios no castiga a nadie, no es vengador del pecado del hombre. No quiere su mal sino su salvación. Si es Padre con entrañas de Madre. La enfermedad forma parte de la existencia humana, porque somos limitados, caducos y mortales.

En segundo lugar, atendiendo a los enfermos. Dios está a favor de la vida plena, corporal y espiritual, temporal y eterna del hombre. Así lo vemos en el Antiguo Testamento y, sobretodo, en Jesucristo. Fue llamado Médico. El pasó haciendo el bien y luchando contra el mal. Si quitáramos, por ejemplo, del Evangelio de San Marcos, todo lo que Jesús hace en favor de los enfermos nos quedaríamos con dos hojas. Vemos cómo Jesús, sensible al sufrimiento humano, se preocupa y cura a los sordos, enfermos, cojos, ciegos, paralíticos, endemoniados e, incluso, resucita a los muertos. Jesús da recomendaciones a sus discípulos, los envía a anunciar el Evangelio curando a los enfermos, es decir, preocupándose de los enfermos. Él se ha hecho y se ha identificado con el enfermo y necesitado. Él da ejemplo: coge de la mano como a la suegra de Pedro para hacer sentir su presencia cercana y hermana. Al final, seremos examinados del amor efectivo y afectivo a los enfermos: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino, porque… estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25).

En tercer lugar, la enfermedad, el dolor, puede ser un espacio de aprendizaje si aceptamos sus lecciones. Cuántos, a raíz de una enfermedad, han cambiado su vida, se han hecho más sabios, más fraternos, más humanos.

Desde aquí quiero reconocer e invito a todos a reconocer y agradecer el trabajo técnico y sobre todo humano de los médicos, científicos, personal de enfermería, celadores, trabajadores de la sanidad en los hospitales, centros de salud, residencias, el trabajo sacrificado de las familias por atender a los suyos, de los cuidadores en los domicilios cuando el resto de la familia trabaja y no puede atender personalmente a sus deudos, de día o de noche; reconocer también la labor de los capellanes de hospital o de residencias que se preocupan y ocupan de acompañar a los enfermos, de darles luz, esperanza, de hacerles sentir una mano amiga y hermana. También deseo dar gracias a tantas familias que atienden a sus familiares a lo largo de mucho tiempo llegando enfermar ellas mismas. Alabo y reconozco la labor de tantas personas de las parroquias y voluntarios de instituciones eclesiales o no eclesiales que visitan, llevan la comunión y acompañan a los enfermos o mayores en sus domicilios, les acompañan al centro de salud, a hacer análisis, compras, pasear, tomar el aire, etc. Ánimo y a seguir en esa senda. Es verdad que cada vez en más difícil, porque muchos hospitales, residencias y domicilios, sobre todo en las ciudades, no así en los pueblos, ponen muchas dificultades por cuestión de horarios, de acentuar excesivamente la privacidad; que eso no nos eche atrás. Visitemos, cuidemos y oremos por los enfermos. Humanicemos este servicio sin discriminaciones y sin reduccionismos.

+ Manuel Herrero
Obispo de Palencia

Mons. Manuel Herrero Fernández
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Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, nació el 17 de enero de 1947 en Serdio-Val de San Vicente, (Cantabria). Ingresó en el Seminario Menor “San Agustín” de Palencia. Estudió Filosofía y Teología en el Monasterio Agustino de “Santa María de la Vid” (Burgos), en el “Estudio Teológico Agustiniano” de Valladolid y en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Obtuvo el Bachillerato en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid) y la Licenciatura en Teología Pastoral por la Universidad Pontificia de Salamanca, sede de Madrid. Hizo Profesión Solemne el 25 de octubre de 1967, siendo miembro de la Orden Agustina, Provincia del “Santísimo Nombre de Jesús de España”. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1970, por el entonces Obispo de Palencia, Mons. Anastasio Granados. Ha desempeñado los siguientes cargos: • Formador en el Colegio Seminario Agustino de Palencia. • En Madrid: Director Espiritual del “Colegio Nuestra Sra. del Buen Consejo”; Párroco de “Ntra. Sra. de la Esperanza”; Delegado del Vicario de Religiosas; Prior de la Comunidad de “Santa Ana y La Esperanza”; Arcipreste de “Ntra. Sra. de la Merced”; Profesor de Pastoral en los Centros Teológicos agustinos de El Escorial y de Los Negrales; Vicario Parroquial de “San Manuel y San Benito”. • En Santander: Primer Párroco de “San Agustín”; Delegado Episcopal de “Caritas y Acción Social”; Profesor del Seminario Diocesano de Monte Corbán; Delegado Episcopal de Vida Consagrada; Vicario General de Pastoral; Párroco de “San Agustín”; del 22 de diciembre de 2014 hasta el 30 de mayo de 2015 Administrador Diocesano de Santander durante la sede vacante; Profesor del Instituto Teológico de Monte Corbán, Vicario General y Moderador de la curia de la diócesis desde 2002, y párroco de “Ntra. Sra. del Carmen” desde 2014. El 26 de abril de 2016 fue nombrado Obispo de Palencia por el Papa Francisco y el 18 de junio del mismo año fue ordenado Obispo e inició su Ministerio Episcopal en la Sede palentina.