Una comunidad de discípulos

Mons. Francisco Conesa Queridos diocesanos: Me gusta pensar en la Iglesia siempre de modo concreto. Cuando digo “Iglesia” pienso en los rostros de tantos buenos creyentes que conozco, en nuestras comunidades – muchas veces pobres y limitadas- y también en las personas que acuden sólo ocasionalmente a nuestros templos. Os recomiendo que lo hagáis así y, de esta manera, evitaréis varios peligros.

El primero de ellos consiste en hablar con palabras grandilocuentes de la “Iglesia” y convertirla de esta manera en una realidad que no tiene cabida en este mundo. Es fácil construir una imagen romántica de la Iglesia y atribuirle cualidades, olvidando que es una comunidad de personas, que el cuerpo de Cristo son los creyentes, que la visibilización y presencia de Cristo a lo largo de la historia son sus seguidores.

Otro peligro frecuente es identificar la Iglesia sólo con unas instituciones, estructuras, ritos y normas, como si fuera una organización que pudiera existir al margen de las personas. O, simplemente, identificarla con los clérigos o con la jerarquía. Cuando mucha gente habla de la Iglesia, está pensando sólo en los curas o en los obispos. De nuevo hay que insistir en que somos todos los cristianos en nuestra vida personal los que constituimos el signo de Cristo en una ciudad, en un lugar concreto. La Iglesia no es un ente abstracto, sino una realidad hecha de personas, comunidades, instituciones y actuaciones.

Aún hay una tercera tentación que consiste en sacralizar indiscriminadamente lo institucional, convirtiéndolo en algo intocable. Lo institucional es necesario para que la comunidad actúe en el mundo. Pero puede ser también un lastre a medida que la comunidad crece y se hace más compleja. Es preciso, por ello, distinguir los aspectos institucionales que provienen del mismo Cristo (como el ministerio apostólico y los sacramentos) y aquellos que se han desarrollado en la historia. Esto último es prescindible y reformable.

Pensemos, pues, nuestra Iglesia como comunidad de discípulos de Jesús, formada por gente de clases sociales muy distintas, por personas de diferentes ideas y de todas las edades. Nuestra Iglesia de Menorca no son sus estructuras (curia, seminario, parroquias, templos, delegaciones o secretariados), aunque sean muchas veces convenientes para la misión. Nuestra Diócesis no se identifica tampoco con su Obispo ni con los curas o lo diáconos que hay en ella. La Iglesia de Menorca es el conjunto de hombres y mujeres que responden al amor que Cristo les tiene creyendo en Él, poniendo en Él toda su esperanza y amándole de corazón. Es la comunidad de discípulos del Rabí Jesús de Nazaret en la isla de Menorca.

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

Mons. Francisco Conesa Ferrer
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Rector de la Basílica de Santa María de Elche desde 2014 Francisco Simón Conesa Ferrer nació en Elche el 25 de agosto de 1961. Cursó estudios eclesiásticos en el seminario diocesano y fue ordenado sacerdote el 29 de septiembre de 1985. Es doctor en Teología (1994) y en Filosofía (1995) por la Universidad de Navarra. Su ministerio sacerdotal lo ha desarrollado en la diócesis de Orihuela-Alicante, donde ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial de la parroquia ilicitana de Nuestra Señora del Carmen (1985-1987), de la Inmaculada de San Vicente del Raspeig (1994-1996) y de Nuestra Señora de Gracia de Alicante (1997). Desde 1998 al 2014 fue el vicario general de la diócesis. En la actualidad es profesor del seminario diocesano, donde imparte Filosofía del Lenguaje y Teología Fundamental, desde 1992; profesor asociado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, desde 1994; canónigo magistral de la Catedral de Orihuela, desde 2001; y rector de la Basílica de Santa María de Elche, desde 2014. Fue nombrado prelado de honor de su Santidad en el año 2012.