Viviendo y comunicando la vida nueva

Mons. Carlos Osoro ¿Por qué generaban aquellos primeros cristianos tal atracción? ¿Por qué su vida y su testimonio llamaban a incorporarse a tantos a la comunidad? La respuesta quizá está en la gran novedad que la Iglesia anunciaba al mundo.

Anunciaba con palabras y obras a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la Palabra de Vida, que vino al mundo a hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4). ¡Qué Dios es este, que se hizo hombre para que comprendiéramos mejor quién es Él y cómo actúa y quién es el hombre! Vino a hacernos partícipes de su propia vida. Y la atracción está en que el pueblo no quiere andar en sombras de muerte, desea la vida, la felicidad; busca por todas partes la fuente de la vida. Aquellos primeros cristianos interpelaban y atraían porque todos los hombres, en su búsqueda de la felicidad, quieren encontrar testimonios creíbles de santidad y de compromiso.

Qué fuerza tienen las comunidades cristianas cuando, sintiéndose Cuerpo de Cristo, comunican la vida de Jesús el Buen Pastor, poniéndose al servicio de regalar siempre vida, con testimonio y entusiasmo! Nuestras comunidades cristianas, como Jesús, tienen que acercarse a los ciegos que van por los caminos sin ver en el otro una imagen real de Dios a la que hay que cuidar, respetar y hacerle vivir en la dignidad que Este le ha dado. Tienen que ser comunidades que se acerquen dignificando a las personas como Él lo hizo con la samaritana. Tienen que acercarse a los enfermos de cualquier clase y curarlos desde la cercanía, el amor y el respeto, dando lo que más necesita el ser humano para vivir. Tienen que acercarse a liberar a quienes viven de las fuerzas del mal, a quienes están atosigados por fuerzas que quitan la vida a uno mismo y a los demás. ¡Qué gracia tan grande es ver a la comunidad cristiana actuando como Jesús, incluyendo a todos los hombres, a los de cerca y a los de lejos, a los que lo reconocen y a los que no desean nada con Él! Incluye a todos: come y bebe con pecadores; toca a los leprosos; deja que una mujer con mala vida lave sus pies; invita a Nicodemo a nacer de nuevo, y nos exhorta a todos a la reconciliación, a amar a los enemigos, a optar por los más pobres.

Siguiendo las huellas de la primera comunidad cristiana que quería hacer presente y vivo a Jesús, descubro la conciencia tan clara que tenían de ser luz y sal del mundo. Deseaban brillar en medio de la historia, en todas las culturas a las que se aproximaron, no con luz propia, sino con la luz que Jesús les había dado con su vida. Si tuviese que resumir lo que ellos eran, diría que eran justos. Y no porque no fuesen pecadores como todos los hombres, sino porque ponían y exponían la vida delante de Dios con todas las consecuencias y Cristo estaba en ellos. Eran compasivos: acogían en su corazón a todos, especialmente a quienes más lo necesitaban, y su limosna no era solamente dar algo, sino darse a sí mismos y sobre todo reconocer la dignidad de los demás. El amor que regalaban y acercaban a los hombres era el del mismo Cristo y así hacían levantar la vida a quienes estaban a su lado, reconociendo que la versión más bella de la dignidad es descubrir al otro como hermano porque es hijo de Dios. Eran seguros, porque estaban firmes en Cristo. ¡Qué belleza! Hijos en el Hijo que es Jesucristo y hermanos en el Hermano que es Jesucristo. Tenemos y vivimos de su vida.

Ser discípulos en misión nos lleva a vivir en la comunidad cristiana de una manera singular y radical, que implica tres tareas urgentes y necesarias: estar al lado de los pobres; vivir en diálogo permanente con el Señor, es decir, en oración, y construyendo la paz a través de la cultura de la reconciliación y del encuentro. Diseñemos la comunidad cristiana haciendo memoria de lo que quiso el Señor que fuéramos siempre: «Sal y luz del mundo». Dar sabor e iluminar, esa ha de ser nuestra misión y pasión; lo que requiere una comunión cada día más viva, verdadera y fuerte con Jesucristo. Urge vivir desde tres ejes constitutivos de la comunidad cristiana que tan bellamente nos recuerda el Concilio Vaticano II en sus Constituciones:

1. Una comunidad cristiana tiene las puertas abiertas y sale a todos los caminos, para que puedan pasar todos los hombres y ser invitados a entrar: ¿Tenemos las puertas abiertas? ¿Salimos a la búsqueda de los hombres a los caminos que transitan? Hemos de hacer verdad que partimos y compartimos el pan con quien tiene hambre; la vida con quien no tiene dónde aposentarse; la dignidad que Dios nos ha dado y que le ha sido robada a los hombres. No cerremos en falso las heridas de esta humanidad. Ser sal y luz es tener ese don que solamente viene de Cristo. Hagamos este regalo.

2. Una comunidad cristiana lo es si sus miembros buscan siempre ser rostro de Cristo: hay que tener esa sabiduría que viene del Señor y que invade la existencia personal y nos hace ser fuertes en nuestra debilidad, elocuentes como Cristo en nuestros desconocimientos, ya que la elocuencia nos la da Él. Esto tiene además estas connotaciones: a) estamos para dar vida y no muerte; b) nuestra novedad es regalar un perdón incondicional, como Jesús que nos lo resume en sus propias palabras: «Perdónalos porque no saben lo que hacen»; c) asumir con todas las consecuencias la cultura de la reconciliación y del encuentro que nace del mandato de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»; y d) instalar en este mundo un nuevo modo de pensar y de hacer pensamiento con todo lo que el Señor nos ha dado: nuevos ojos para ver, nuevos oídos para oír, nuevas manos para trabajar.

3. Una comunidad cristiana está en el mundo para dar un nuevo sabor a todos y a todo y para iluminar todas las situaciones y dar nuevas soluciones a lo que viven los hombres de un modo nuevo: la vida nueva en Cristo toca al ser humano, en la plenitud de su existencia, personal, familiar, social y cultural. Entremos en este proceso de cambio que Jesús nos ofrece, démoslo en esta historia concreta que vivimos los hombres.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra,
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.