Fraternidad II. En el matrimonio

Mons. Agustí Cortés Decimos que, entre las formas de vida que la Iglesia presenta como modelos “institucionales” de amor al hermano, hay tres más significativas: la vida consagrada, el matrimonio y el celibato.

No es tan frecuente ver el matrimonio como una forma de amar al hermano. Pero sin duda es una forma de amor fraterno especial, que posee una riqueza insondable. Recordemos, una vez más, que no es distinto el amor que intentan vivir los consagrados del que se profesan los que contraen matrimonio sacramental: es el mismo amor perfecto del Espíritu Santo. La diferencia está en la manera de vivirlo. Quienes se casan en la Iglesia aspiran a vivir el amor perfecto al hermano, caminando, apoyados en un “soporte” que les proporciona la naturaleza: la naturaleza les empuja a unirse al otro mediante el atractivo físico y psicológico, la complementariedad, la fecundidad en los hijos, etc. Son gozos, que el creyente reconoce como regalo de Dios y que compensan y sostienen el camino del amor mutuo. Otra cosa es que, aun siendo una ayuda valiosa, ese impulso natural no baste para vivir el amor perfecto. El amor natural, el impulso hacia el otro es ambiguo. Cuando alguien habla de su esposa o su esposo, uno no sabe qué está queriendo decir exactamente… Nos entristece comprobar el creciente número de crisis de pareja, provocadas por la exigencia irrenunciable de una “necesidad” insatisfecha… Una de las grandes revoluciones que introdujo Jesucristo en el ámbito de la relación matrimonial fue justamente elevar a la esposa, desde la condición de sierva de la que se puede disponer, a la categoría de persona igual al marido. Dice el Evangelio que los discípulos y sus paisanos no lo entendían (después de tantos años, hay quien sigue sin entender). “Si es así, más vale no casarse”, decían; pero Él insistió: “No puedes despedir a tu mujer por cualquier motivo”. Y añadió, “al principio (es decir, cuando Dios creó al varón y a la mujer), no fue así”: Dios les creó para que fueran una sola carne, es decir, unidos por amor y por dignidad (cf. Mt 19,1-11). Convendría que de vez en cuando cada uno se detenga a pensar: “es mi esposa/o, pero ante todo es mi hermana/o, a quien dirijo todo mi esfuerzo por amarle como Jesús me ha amado, cuando nos decía amaos unos a otros…” (cf. Jn 15,12) El Matrimonio y la Vida Consagrada son muy semejantes en lo que se refiere al amor fraterno. Lo que decíamos de los consagrados – que dedicaban un tiempo a aprender a amar según los votos – en sentido profundo y verdadero, también lo podemos decir de los casados. ¿Cómo se puede amar de verdad en el matrimonio sin asumir la pobreza, sin vivir la sexualidad según el amor, sin renunciar a la absoluta autonomía, para servir a la necesidad del otro? También los matrimonios y sus familias llegan a ser para nosotros “islas de amor fraterno”. Y no precisamente porque todo les vaya bien, sino porque tantas veces nos dan lecciones de amor. Es conmovedor recibir el testimonio de un marido o una esposa, que se dedican absolutamente al cuidado del otro con absoluta gratuidad, cuando no puede haber ningún tipo de compensación, ni siquiera el placer del encuentro erótico o incluso una respuesta afectiva gratificante…. No hace falta demostrar que si entre nosotros hay déficit de amor fraterno, posiblemente, es porque pocos han recibido el testimonio de lo que pueden llegar a amarse unos esposos, quizá los propios padres.

† Agustí Cortés Soriano Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.