Los emigrantes y refugiados

Mons. Salvador Giménez               No haría falta utilizar una palabra más para volver sobre la problemática de la emigración en estos momentos. Se ha escrito mucho desde distintos puntos de vista y se ha sensibilizado a nuestra sociedad de los aspectos positivos y negativos de las migraciones.

Por otra parte no es un fenómeno nuevo; ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad los continuos flujos de seres humanos que cambian de domicilio huyendo de la miseria o buscando un futuro mejor.

La experiencia personal de emigrar conlleva muchas dificultades y sinsabores. Algunos rehacen su vida pero otros sufren lo indecible durante un largo período de tiempo y se exponen a calamidades sin cuento, desde la delincuencia hasta la marginación social. A todos se les presenta un triple camino: o se integran en una sociedad nueva o viven de forma clandestina o son retornados de nuevo a sus países de origen. En cualquier caso siempre les acompaña el sufrimiento.

Existe otro fenómeno añadido producido por enfrentamientos y persecuciones a causa de las ideas políticas o religiosas que obligan a abandonar el propio país y solicitan asilo político para evitar el hambre o la muerte violenta. Son los llamados refugiados a quienes se les procura una cobertura legal para la implantación en el nuevo país. La situación ha tenido siempre una consideración especial y está muy regulada por las leyes y convenios internacionales desde hace muchos años con una aceptación general.

El fenómeno migratorio es muy complejo con derivaciones legales, culturales y sociales que no son objeto de este breve comentario. Tiene una motivación religiosa que invita a recordarla a los cristianos y que la da a conocer humildemente al resto de grupos sociales. Sin intentar dar una solución legal ni obviar las normas de cada país pero pidiendo siempre un trato humano justo, propio de la dignidad de las personas y, si es posible, ofreciendo un decente horizonte vital.

Sin dar lecciones a nadie puesto que todos nosotros pertenecemos a una sociedad desde hace años receptora de migrantes y conocemos totalmente la situación creada. Hay opiniones dispares pero los cristianos tenemos claro el trato que debemos dispensar a todos desde la buena nueva de Jesús: de acogida, de amor, de respeto, de ayuda, de colaboración, de integración fraterna. Todos somos hijos del mismo Dios y hermanos de Jesucristo y entre nosotros. Esa actitud está por encima de los papeles, de las normas sociales y de la misma legislación nacional o internacional. Me consta el trabajo y la dedicación de muchos cristianos, en nuestra diócesis, en esta línea siguiendo aquellos consejos bíblicos: “Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis en Egipto” (Dt 10,19), o “No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto” (Ex 22, 20).

La misma Iglesia nos lo ha recordado siempre con orientaciones escritas, con trabajos de diferentes organismos y con gestos del mismo papa Francisco en su visita a Lampedusa o en las iniciativas cercanas al Vaticano. Instituyó, además una JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO, que va por la 103, y que este año la celebramos el 15 de enero con un Mensaje papal titulado: “Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz”.

Las palabras del Papa son impresionantes y nos obligan a una profunda reflexión ante el drama de tantos niños sin nadie que les atienda, expuestos al tráfico de seres humanos o al crimen organizado, dedicados al abandono y sin esperanza, prostituidos o entregados a grupos armados. Necesitan todos ellos protección y defensa. Nuestro seguimiento de Jesucristo nos “obliga” a responder con piedad y cercanía ante esta tragedia infantil.

 

   +Salvador Giménez,

Obispo de Lleida

Mons. Salvador Giménez Valls
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Mons. D. Salvador Giménez Valls nace el 31 de mayo de 1948 en Muro de Alcoy, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia. En 1960 ingresó en el Seminario Metropolitano de Valencia para cursar los estudios eclesiásticos. Es Bachiller en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1973. Es licenciado en Filosofía y Letras, con especialización en Historia, por la Universidad Literaria de Valencia.CARGOS PASTORALESInició su ministerio sacerdotal como párroco de Santiago Apóstol de Alborache, de 1973 a 1977, cuando fue nombrado director del Colegio “Claret” en Xátiva, cargo que desarrolló hasta 1980. Este año fue nombrado Rector del Seminario Menor, en Moncada, donde permaneció hasta 1982. Desde 1982 hasta 1989 fue Jefe de Estudios de la Escuela Universitaria de Magisterio “Edetania”. Desde 1989 a 1996 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante) y Arcipreste del Arciprestazgo Virgen de los Lirios y San Jorge en Alcoy (Alicante) entre 1993 y 1996. Desde este último año y hasta su nombramiento episcopal fue Vicario Episcopal de la Vicaría II Valencia Centro y Suroeste. Además, entre 1987 y 1989, fue director de la Sección de Enseñanza Religiosa, dentro del Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la CEE, y fue miembro del Colegio de Consultores entre 1994 y 2001.El 11 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo auxiliar de Valencia. Recibió la ordenación episcopal el 2 de julio del mismo año. Fue administrador diocesano de Menorca del 21 de septiembre de 2008 hasta el 21 de mayo de 2009, fecha en la que fue nombrado obispo de esta sede. Tomó posesión el 11 de julio del mismo año. El 28 de julio de 2015 se hacía público su nombramiento como obispo de Lleida.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde 2014. También ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2005 a 2014.