La Vera Cruz de Caravaca recibe a los primeros peregrinos

“Para gloria y exaltación de nuestro Señor Jesucristo, para testimonio del amor misericordioso y redentor de Dios a la humanidad, para aumento de la fe y de la vida cristiana en el pueblo fiel, declaramos abierta la celebración del tercer Año Jubilar perpetuo en esta Basílica-Santuario de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Con estas palabras, el Cardenal Agostino Vallini, Vicario General de Roma, inauguraba el domingo 8 de enero el Año Jubilar de Caravaca.

Al comienzo de la celebración, el Obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, saludó a los presentes y agradeció al Cardenal Vallini su visita a Caravaca para presidir esta apertura. Mons. Lorca recordó que la Cruz de Cristo es la meta de la peregrinación en este Año Jubilar. “Caravaca de la Cruz es una ciudad privilegiada, porque guarda un tesoro, el tesoro del alcance del amor y de la misericordia de Dios, ¡un amor hasta la Cruz! Precisamente, en esta Cruz que besamos, es donde estuvo clavado el Salvador del mundo”. El Obispo de Cartagena indicó al Vicario de Roma que las limosnas de los peregrinos recogidas durante este Año Jubilar tendrán dos destinos: una parte se enviará a la Santa Sede, para que el Papa disponga según las necesidades de la Iglesia, y la otra se destinará a Proyecto Hombre en la comarca del Noroeste de la Región de Murcia.

Junto al Cardenal Vallini y Mons. Lorca, concelebraron el Arzobispo de Granada, Mons. Francisco Javier Martínez Fernández; el Arzobispo Emérito de Burgos, Mons. Francisco Gil Hellín; el Obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán; el Obispo de Gurué (Mozambique), Mons. Francisco Lerma Martínez; y el Director de la Opera Romana Pellegrinaggi, Mons. Liberio Andreatta; junto a medio centenar de sacerdotes. Participaron también en la celebración los seminaristas de los tres seminarios diocesanos: San Fulgencio, Redemptoris Mater y Menor de San José.

El Cardenal Vallini mostró su alegría por ser “el primer peregrino llegado desde Roma” para ganar el jubileo en Caravaca y recordó que desde esta localidad, el mensaje de la cruz atravesó fronteras “para convertirse en un anuncio de fe y de salvación en el mundo entero, sobre todo entre los pueblos hispánicos y de las Américas”. Invitó, además, a los presentes a fijar la mirada en el “Crucificado glorioso, seguirlo haciendo nuestra la lógica misteriosa del amor”. “Hemos celebrado hace poco el Jubileo de la Misericordia y hoy en Caravaca damos inicio al Año Santo de la Cruz. Somos invitados a continuar, en una intensa experiencia de fe, a descubrir nuevamente el centro de nuestra fe, a regresar a lo esencial”.

El comisario del Año Jubilar y párroco de El Salvador de Caravaca, Jesús Aguilar, leyó la carta enviada por Nunciatura Apostólica con un mensaje del Santo Padre. El Papa Francisco animaba a los presentes “a vivir este tiempo de gracia para que, contemplando el Misterio de la Encarnación y del sacrificio redentor de nuestro Señor Jesucristo en la cruz, los confirme en la fe, la esperanza y el amor”.

Todos con Caravaca

Antes de comenzar la celebración, la Sala de Cabildos acogió la rueda de prensa en la que participaron la Hermana Mayor de la Cofradía de la Vera Cruz, Elisa Giménez-Girón; el Alcalde de Caravaca de la Cruz, José Moreno; el Presidente de la Comunidad Autónoma de Murcia, Pedro Antonio Sánchez; Mons. Lorca Planes; y el Cardenal Agostino Vallini, que firmó además en el libro de honor de la Cofradía.

La Hermana Mayor de la Cofradía, explicó que durante el Año Jubilar en la basílica se realizarán tres celebraciones diarias para que todos los peregrinos puedan ganar las indulgencias plenarias: “Caravaca espera con los brazos abiertos a todos los que vengan”.

El presidente de la Comunidad Autónoma manifestó su alegría por el inicio de este Jubilar que es una oportunidad para toda la Región de Murcia. Por su parte, el alcalde destacó el carácter hospitalario de los caravaqueños y las bondades de esta ciudad: “La devoción a la Vera Cruz no es baladí, ya en el siglo XVII la población eclesiástica doblaba la civil, entre esos eclesiásticos hay dos de peso internacional que están vinculados a esta ciudad: Santa Teresa, que fundó en Caravaca, y San Juan de la Cruz que estuvo aquí en varias ocasiones”.

Los primeros peregrinos

Más de 500 personas participaron en la celebración de apertura, entre ellas los primeros peregrinos. Salvador Campoy, José María Sánchez y Juan Alberto Yago, los tres caravaqueños, iniciaron su camino el sábado por la mañana desde la Catedral de Murcia. “Hemos realizado el camino en dos etapas, una en bicicleta y la otra andando. Es recomendable cien por cien. El camino necesita peregrinos. Ha sido una experiencia muy gratificante”, aseguran.

También llegaron caminando desde Murcia José Luis Jorquera y José Pérez, que a su llegada al santuario afirmaron que “merece la pena peregrinar a Caravaca, hacer el camino”, destacando además el entorno paisajístico del camino.

El camino de Levante

Tomando como referencia los caminos diseñados en anteriores jubilares, la Consejería de Turismo pretende facilitar al peregrino la oportunidad de llegar caminando a Caravaca de la Cruz desde cualquier punto de la Región.

El primer camino desarrollado es el de Levante, que une las ciudades de Orihuela (Alicante) y Caravaca de la Cruz, y que transcurre por once municipios. A lo largo del camino, el peregrino encontrará hoteles, albergues y restaurantes que han querido sumarse a este proyecto ofreciendo descuentos y tarifas especiales para quienes peregrinen a Caravaca de la Cruz.

Palabras del obispo de Cartagena

Esta milenaria Iglesia de Cartagena le está muy agradecida por haber querido aceptar la invitación de presidir la celebración de apertura del Año Jubilar de Caravaca de la Cruz 2017. Acabamos de concluir el Año de la Misericordia promovido por el Santo Padre, el Papa Francisco, del cual no sólo nos queda el recuerdo de un año de milagros de la gracia y de bendiciones, sino la impronta que nos ha revitalizado para acercarnos al corazón misericordioso de Dios. Este impulso renovador de la caridad nos ha lanzado a darle color a este Año Jubilar, que nos presenta a la Santísima Vera Cruz de Cristo como la meta de nuestra peregrinación. Conocemos perfectamente que nuestra vida es una peregrinación, un camino de perfección y de santidad, en cuyo recorrido pasamos por experiencias diversas, porque la fidelidad nos cuesta y a nuestra pobre condición humana le acechan las ganas de abandonar, pero el ejemplo y la Palabra del Señor nos renuevan todos los días nuestro ánimo. A Nuestro Señor le hemos oído decir que debemos ser sal y luz; sal que evite la corrupción, para que ésta no se haga dueña de nuestras vidas; y luz, porque debemos iluminar con la lámpara de la verdad, la justicia y la paz.

Caravaca de la Cruz es una ciudad privilegiada, porque guarda un tesoro, el tesoro del alcance del amor y de la misericordia de Dios, ¡un amor hasta la Cruz! Precisamente, en esta Cruz que besamos, es donde estuvo clavado el Salvador del mundo… Y Dios vuelve aquí, como en la Navidad, a hacerse pequeño, accesible, cercano con un amor entregado, ofrecido por cada uno de los que peregrinamos. Jesucristo se hace nuestro prójimo, que nos habla al corazón y nos presenta el panorama de la humanidad, para imitarle a Él en la gran lección que nos dio: lavarle los pies a los discípulos. Por esta razón he presentado a la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz, a su Hermana Mayor, Doña Elisa, el grito de Cristo, el grito de los necesitados, el grito de los pobres, el de todos los que nos encontramos al borde de los caminos de la vida, para que nuestra piedad se traduzca en caridad, en cuidado, en atenciones y en misericordia. Le comunico, Eminencia, que las limosnas de caridad en este Año Jubilar tendrán dos direcciones: una, atender a Proyecto Hombre de la Zona Noroeste de esta Región, cuyo objetivo es liberar de las diversas adicciones que esclavizan, especialmente a los más jóvenes; y la otra parte, la entregaremos al Papa Francisco, para sus obras de caridad. Doy las gracias a la Hermana Mayor y a la Cofradía y les felicito, por este empeño de servir en caridad.

Sr. Cardenal, el jubileo de Caravaca es una gracia que nos concedió el Santo Padre, San Juan Pablo II, para el mundo y le puedo asegurar que esta Región de Murcia, comenzando por su Presidente y autoridades autonómicas, como por todos los ciudadanos de Caravaca, representados por el Sr. Alcalde, han trabajado para que así sea.

Aprovecho para saludar al Sr. Delegado del Gobierno, a la Presidenta de la Asamblea de la Región de Murcia, al Sr. Almirante de Acción Marítima, a las autoridades civiles, militares, académicas; a los representantes de agrupaciones de tipo político y social; y a las diversas entidades e instituciones; a los cuerpos de seguridad del estado. Con mi agradecimiento a la Cofradía y a los señores obispos que nos acompañan, sacerdotes, religiosos y seminaristas. Todos han dado muestras del gran interés y colaboración ejemplares y que todos, todos, estamos volcados en esta aventura de gracia y bendiciones.

Le ruego que transmita al Santo Padre que rezamos por él y que, si en su proyecto está visitar España, que no se olvide de incluir a Caravaca de la Cruz.

+ José Manuel Lorca Planes Obispo de Cartagena

Homilía del Cardenal Agostino Vallini

Agradezco muy cordialmente a mi hermano, el Señor Obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, el haberme invitado, y las palabras calurosas que me ha dirigido. Muchas graciaHe venido como peregrino para celebrar esta Santa Eucaristía de apertura del Año Jubilar 2017 y ruego al Señor que todos nosotros podamos ser más amantes de la Santísima Cruz del Nuestro Señor Jesús Cristo.

Queridos hermanos y hermanas,

Se concluye hoy el tiempo litúrgico de la Navidad del Señor con la celebración del Bautismo de Jesús. La Palabra de Dios que ha sido proclamada nos presenta a Cristo en su manifestación al mundo como Dios. Después de treinta años de vida escondida a Nazaret, durante los cuáles Cristo ha tenido una vida igual a la de todos los otros hombres, se presenta en el río Jordán para recibir un rito de penitencia. Jesús es anunciado por el profeta Isaías, en la primera lectura, con estas palabras: “es el siervo de Dios, que no grita y no amenaza, es suave, y llama a los pecadores a la penitencia con la misericordia, es la luz de las naciones”. San Pablo, en la Carta a los Filipenses (2,6-7), ha manifestado el mismo pensamiento: “Cristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo haciéndose semejante a los hombres”.

Con todo esto, con este gesto de humildad, Jesús inicia una nueva fase de su vida: “Se abrieron los cielos… y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él y una voz desde el cielo dijo: este es mi Hijo predilecto en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Cristo es presentado oficialmente al mundo por el Padre como Aquél que habla y actúa en nombre de Dios. En este modo inicia la vida pública de Jesús: de ahí en adelante Él habla con autoridad, crea asombro y admiración. San Pedro, en el discurso que hemos escuchado en la segunda lectura, hace del Bautismo de Jesús el inicio de su historia: ha sido en el Bautismo que Dios “consagró con el Espíritu Santo y con potencia Jesús de Nazaret”. La venida del Espíritu Santo es el inicio de la redención, comienza una nueva creación. En realidad el Espíritu había ya descendido sobre María, sin embargo es en el evento del río Jordán donde se realiza la manifestación de Jesús al mundo; Jesús es aquél sobre el que ha descendido el Espíritu de Dios, es el Hijo en el cuál el Padre se complace. San Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice: “Por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,9).

Con todo esto Jesús ha confirmado su conciencia de ser Hijo de Dios, de hacer la voluntad del Padre, de estar en diálogo continuo con el Padre. Nuestra fe está unida estrechamente a esta conciencia de Jesús. Él nos salva porque es el Hijo de Dios; nos hace hijos, porque Él es el Hijo. La consecuencia de esta revelación está en la palabra del Padre: ¡Escuchadlo! (Me 9,7).

“Escuchar a Jesús”: he aquí el corazón del Evangelio, el centro de nuestra fe. Pero ¿qué significa escuchar a Jesús? Ésta es la gran pregunta que debemos hacernos siempre. Seguramente quiere decir: dar importancia a sus palabras, a sus enseñanzas, es proclamar su Evangelio, ponerle atención, porque Él habla en nombre de Dios. Es más, “escuchar a Jesús” significa sobre todo otra cosa, más profunda y desafiante, quiere decir creer en Él, tener fe en Él, acogerlo a Él antes que a su palabra, su persona, como modelo de vida, amarlo como Él nos ama.

Todo esto es de fácil comprensión solamente si consideramos los comportamientos y la decisión de amor del Señor: Jesús nos manifiesta un amor sin límites por los pobres, los enfermos, los pecadores, los marginados, los últimos, demostrando así que existe un Padre en los cielos que ama a todos y que salva a todos.

Sin embargo, en la revelación del amor de Cristo, Dios para nosotros alcanza el punto más alto cuando Él se ofrece a sí mismo en la cruz, muere en la cruz para vencer el pecado y la muerte, y resucita para donarse a todos aquellos que se abren a Él con un corazón sincero el Espíritu Santo que transforma y santifica. La cruz es el signo que representa, en su forma más alta, el misterio de Dios y nos dice quién es Cristo para nosotros y para el mundo.

Aquí, en Caravaca, la Providencia ha querido que sea custodiado un trozo de madera perteneciente al leño en donde fue crucificado Cristo, porque a partir de esta tierra –desde el 1232– el mensaje de la cruz atravesará las fronteras de un pueblo para convertirse en un anuncio de fe y de salvación en el mundo entero, sobre todo entre los pueblos hispánicos y de las Américas.

Por este motivo la fama milagrosa de la Santísima y Vera Cruz de Carayaca, atrae a esta Basílica Santuario a multitud de fieles, para encontrar paz y alegría en la fe y en la caridad.

Meditemos brevemente, queridos hermanos, el misterio de la Cruz de Cristo. En una primera desinteresada observación, Jesús parece un perdedor, un ser miserable, un condenado, vendido por treinta monedas, coronado de espinas, sangrante, desnudo, con un aspecto capaz de provocar solamente un sentimiento fugaz de compasión humana. Sin embargo ese condenado a muerte, sin algún poder humano, con las manos atravesadas por los clavos y con el costado desgarrado, justo a través de esos signos de aniquilamiento, por un “plan conforme a la voluntad y a la previsión de Dios” (Hechos 2,22-23) entregado a la muerte, Dios lo ha resucitado, destruyendo la misma muerte no solo para sí mismo sino también para todos nosotros y para el mundo entero. Por amor pues Cristo bajó hasta nosotros, ha querido compartir nuestra miseria humana, ha experimentado nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono, ha experimentado la muerte para vencer la muerte y así abrazar y salvar a todos los hombres en su resurrección.

La cruz de Cristo se convierte, por lo tanto, en una Cruz gloriosa, un trono real, pero no de éste mundo. La realeza de Cristo “no es la potencia según el mundo, sino según el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y resanar todas las cosas”. Esto explica el aniquilamiento de Jesús por nosotros, el haber compartido nuestra miseria humana, haber experimentado la misma muerte. Papa Francisco ha dicho “solo este amor ha vencido y continúa para vencer a nuestros grandes enemigos: el pecado, la muerte, el miedo”.

La cruz gloriosa de Caravaca, que la fe de los fieles ha adornado de oro y de piedras preciosas, quiere proclamar esta victoria, con la cuál Jesús se ha convertido en el rey de los siglos, el Señor de la vida y de la historia. Cristo en la cruz y resucitado revela la omnipotencia del amor que no tendrá nunca fin (cfr. 1 Cor 13, 8). Sigamos con alegría a Cristo crucificado y glorioso y su señoría de amor que transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

Preguntémonos: con qué actitud interior tenemos que seguir a Cristo crucificado y resucitado. Ante la cruz de Cristo no se puede permanecer como espectadores mudos, como muchos del Pueblo de Israel que después de haber aclamado a Jesús durante su entrada a Jerusalén, en el Calvario se quedan sólo mirando. Primero lo seguían y le pedían la curación de las enfermedades, ahora se quedan a distancia. Puede sucedemos también a nosotros. A veces si Cristo no hace aquello que le pedimos, podría no interesarnos más. Pensamos: que Dios es para mí, si no me escucha y no acoge mis oraciones. Podríamos no estar dispuestos a aceptar el escándalo del amor crucificado, porque es incómodo. Permanecemos ahí mirando. Deberíamos en cambio, como verdaderos discípulos, acercarnos a la cruz de Cristo, abrazarla, aceptarla, seguros que no la podemos cargar solos. Bajo la cruz caminan también otras personas: los jefes del pueblo, los soldados, para los cuáles Cristo es un malhechor castigado justamente. Esta gente maltrata Jesús: “si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo” y te creeremos (cfr. Le 23, 35.37.39). Es una tentación en la que podemos caer también nosotros. Podremos querer un Cristo potente, que baje de la cruz y venza los enemigos. Cristo no es esto. La lógica que ha guiado a Jesús a subir a la cruz no ha sido la lógica de la razón, en la que la persona se afirma a sí misma con fuerza, con poder, con suceso. La lógica de Cristo es aquella del amor que no se impone, no se defiende, continua amando, perdonando y vive la prueba según la voluntad del Padre, seguro de que el amor dará fruto.

Queridos hermanos, para acoger la cruz gloriosa de Cristo, debemos luchar contra la lógica de la sola razón, y fijando la mirada en el Crucificado glorioso, seguirlo haciendo nuestra la lógica misteriosa del amor. Cuando las pruebas llegan en nuestra vida, no bajemos de la cruz. La lógica del poder y del suceso puede parecemos una vía fácil y rápida inclusive para anunciar el Evangelio: no es ésta la vía de Cristo. La vía de Cristo es aquella del grano de trigo que cae en la tierra, en el silencio, en la discreción, muere y así da fruto.

Hemos celebrado hace poco el Jubileo de la Misericordia y hoy en Caravaca damos inicio al Año Santo de la Cruz. Somos invitados a continuar, en una intensa experiencia de fe, a descubrir nuevamente el centro de nuestra fe, a regresar a lo esencial.

Hagamos nuestra, con generosidad de corazón y fe sincera, la invitación más que cordial del Pastor de la Iglesia universal, el Papa Francisco, que el día de la conclusión del Jubileo de la Misericordia dirigió al mundo. Este tiempo de gracia, nos ha dicho el Papa, “nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época”.

+ Card. Agostino Vallini Vicario General del Papa en Roma

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