Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría

Mons. Demetrio Fernández            El encuentro con Jesucristo llena el corazón de alegría. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1).

La Navidad concluye con la manifestación universal de Jesús, pues él ha venido para salvar a todos los hombres. La epifanía del Señor es una fiesta misionera, una fiesta de expansión de una luz que alumbra a todo el que se acerca. Dejémonos iluminar por él.

Son tres los misterios de la vida de Jesús que se actualizan en la Epifanía: la adoración de los Magos venidos de Oriente, el bautismo en el Jordán y las bodas de Caná. Como si los tres tuvieran una conexión interna en la manifestación de Jesús al mundo. Reza así la antífona de II vísperas del 6 de enero: “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado en el Jordán para salvarnos. Aleluya”.

La adoración de los Magos, que en nuestro ambiente se han convertido en reyes que traen los regalos al Niño Jesús y los reparten a todos los demás, es un relato precioso. Los Magos son ejemplo de búsqueda sincera de la verdad, esa búsqueda que todo hombre lleva en su corazón. Ellos superan una dificultad tras otra hasta encontrarse con Jesús en los brazos de María su madre. Y lo superan atraídos por la estrella que tiene sus momentos de esplendor y sus momentos de ocultamiento, como pasa en la vida de cada persona. No todo es luz y claridad en la vida, también hay momentos de oscuridad, donde se nubla todo, hasta lo que un día vimos con plena claridad. Es momento entonces de perseverar en la búsqueda, y aparecerá de nuevo la estrella atrayente que ilumina los pasos que hemos de seguir dando en el camino hasta que veamos a Dios cara a cara en el cielo.

El bautismo de Jesús en el Jordán supone el comienzo del ministerio público de Jesús, sumergido en lo más hondo de la tierra y emergiendo con ánimo renovado por la unción del Espíritu Santo, que le conducirá durante toda su vida hasta la entrega suprema en la cruz y el fuego renovador de la resurrección. La unción del Espíritu Santo en el bautismo del Jordán ha capacitado la carne de Cristo para ser plataforma de la gloria de Dios. En él se muestra Dios y su amor a los hombres, cubierto por el velo de una carne humillada, todavía no glorificada. Al entrar Jesús en el Jordán y ser llenado del Espíritu Santo, ha incendiado las aguas y las ha dotado de capacidad para engendrar la nueva vida de nuestro bautismo. “Este es mi hijo amado”, le dice el Padre dándole su Espíritu Santo. Renovemos nuestro bautismo.

Las bodas de Caná no son una boda cualquiera. Jesús elige ese escenario para expresarnos que ha venido para que la alegría del amor que viven los esposos no se agote nunca. Él es el verdadero esposo de nuestras almas, y si él está presente el vino de la alegría no se acabará. Y en caso de que se acabe por nuestra culpa, se renueva acercándonos a él de nuevo. María la mujer tiene un papel fundamental en este misterio, pues es la madre atenta a las necesidades de sus hijos, que le dice a Jesús: “No tienen vino”. Y a nosotros: “Haced lo que él os diga”.

Los tres acontecimientos constituyen una epifanía (manifestación) del Señor. Jesús no ha quedado encerrado en el ámbito de su pueblo, sino que ha venido para todos, judíos y paganos, creyentes y agnósticos. Cuando una persona se encuentra con Jesús, su vida cambia. Por eso, la epifanía es una fiesta misionera, porque si has conocido a Jesús, vas a comunicarlo a los demás, no te lo guardas. Hay miles de catequistas por todo el mundo, que sostienen la evangelización de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos. En esta fecha recordamos a los catequistas nativos, aquellos en los que la fe ha prendido y los convierte a su vez en testigos del Evangelio para sus coetáneos. La tarea del catequista nativo ha sido imprescindible en la transmisión de Evangelio a todas las naciones, a todas las culturas, a todas las lenguas. Valoramos su trabajo y los apoyamos con nuestra oración y nuestra limosna.

Que la luz de Jesús brille en nuestra vida, porque hemos sido atraídos por su estrella y venimos a adorarlo. Y que esa luz recibida la difundamos con nuestras obras y nuestras palabras a nuestro alrededor.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.