«El bien común»

Mons. Juan José Omella            Un informe presentado recientemente por Cáritas Diocesana de Barcelona incidía en la idea que las familias atendidas cada vez son más pobres y deben recurrir durante más tiempo a la distribución de alimentos en especie o asistir a los comedores sociales.

A raíz de este estudio, hoy quiero hablaros del bien común, principio que se deriva de la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas, y que tiene su origen en el hecho maravilloso y exigente de que todos somos miembros de una misma familia, la familia humana.

Sin embargo, llama la atención constatar cómo se ha instalado hasta adquirir carta de naturaleza un individualismo al que no dudo en calificar de feroz. Sus manifestaciones están en la mente de todos: cada uno va a lo “suyo”, la cercanía del “otro” está absolutamente ausente, no nos sentimos miembros que integran una gran familia de hermanos, etcétera.

¿Qué es el bien común? Es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, nº 164).

El bien común pretende el bien de todos los hombres y de todo el hombre. Ahí está la verdadera clave de que el bien común sea en la doctrina social de la Iglesia el “tema estrella”, con palabras coloquiales de nuestro tiempo. Desgraciadamente, hay que insistir en que en la actualidad lo que prima no es el bien de todos rectamente entendido: prima el bien particular o, para ser más exacto, el bien de unos pocos.

La Iglesia, a través de la doctrina social que mantiene en su magisterio, nos ofrece un diagnóstico sumamente certero al afirmar que una visión puramente histórica y materialista terminaría por transformar el bien común en un simple bienestar social, carente de finalidad trascendente, es decir, de su más profunda razón de ser”. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, nº 164).

El papa Francisco nos recuerda algo tan básico como que sin el bien común como fin último se corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. “Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses”. (Laudato si’, nº 229).

Concluyo la reflexión de hoy con unas palabras de san Juan XXIII, referida al bien común y los más necesitados, que, pese al tiempo transcurrido, siempre tiene vigencia: “Todos los miembros de la comunidad deben participar en el bien común por razón de su propia naturaleza, aunque en grados diversos. (…) Los gobernantes han de orientar sus esfuerzos a que el bien común redunde en provecho de todos, sin preferencia alguna por persona o grupo social determinado, (…) poniendo especial cuidado de los ciudadanos más débiles, los que se encuentran en condiciones de inferioridad, para defender sus derechos y asegurar sus legítimos intereses” (Pacem in terris, nº 56).

Aplicado al momento que estamos viviendo, en el que la tasa de pobreza en Cataluña supera el 20% de su población, es importante que gobernantes y gobernados revisemos nuestro camino y que trabajemos juntos administraciones, Iglesia y sociedad en la consecución del bien común.

+ Juan José Omella Omella

Arzobispo de Barcelona

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.