Acompañamiento y escucha, la labor de las Adoratrices en Oviedo

“Adorar-liberar”. Así describen su carisma las religiosas Adoratrices, fundadas por Santa M.ª Micaela Desmaisières y López de Dicastillo. Una mujer de origen madrileño que conoció en el Hospital San Juan de Dios la situación de mujeres infectadas por enfermedades venéreas, víctimas de la explotación sexual, y los graves problemas de soledad y desamparo que sufrían.

De aquella experiencia la santa tuvo la inspiración de fundar una casa que acogiera a estas mujeres y les ayudara a liberarse de la prostitución y a superar sus problemas de exclusión social. Era el origen de la congregación, con un carisma basado en la adoración a la Eucaristía, “de donde sacamos la fuerza”, reconocen las religiosas, para llevar a cabo la labor diaria de acompañamiento a las mujeres con problemas de todo tipo, pero especialmente centradas en los ámbitos de la cárcel, la prostitución y la trata.

En la diócesis de Oviedo las religiosas Adoratrices tienen dos comunidades, en Gijón y en Oviedo. En esta última, dirigen desde hace más de diez años un proyecto que, bajo el nombre de “El Llar”, acoge a mujeres internas de Villabona durante sus estancias de permiso fuera del centro penitenciario.

Fue exactamente el 8 de marzo de 1995 cuando se fundó este proyecto, que a su vez fue solicitado por el entonces Arzobispo, Mons. Gabino Díaz Merchán, y Cáritas diocesana, ante la necesidad que se observaba de encontrar una casa donde pudieran instalarse las mujeres que salían con días de permiso de la cárcel, y bien no tenían familia, o no tenían relación con ella. En aquel momento especialmente se trataba de mujeres de procedencia latinoamericana, pero también rumana y de otros países. Hoy en día es frecuente que El Llar acoja a chicas asturianas. “Desde Cáritas pensaron en nosotras, las Adoratrices –afirma la hermana Laudelina Díez Tascón– porque nuestro carisma es ese”. El proyecto comenzó primero con un apartamento cedido por los padres Dominicos, a donde se desplazaban dos hermanas de la Comunidad cada vez que había chicas de permiso.

Actualmente las religiosas –siete en total en Oviedo– dirigen una residencia para estudiantes del MIR, y en el mismo edificio, se encuentra la comunidad y el propio proyecto, ubicado en un apartamento con cuatro plazas. “Nuestra labor hace muchos años era acoger, en hogares, a chicas que venían de los pueblos, muchas de ellas aprendían con nosotros a bordar –explica la hermana Carmen María Carrera , Superiora de la Comunidad de Oviedo–.

Con el tiempo comenzaron a venir chicas más difíciles, más adelante nos las enviaban desde Consejería, muchas de ellas tuteladas. También tuvimos Escuela Profesional, y finalmente Residencia Universitaria, con El Llar situado en un apartamento cedido por los religiosos dominicos. Cuando vimos que las hermanas no podían continuar yendo y viniendo de la Comunidad al piso, entonces decidimos adaptar un salón muy amplio que teníamos para convertirlo en apartamento para instalar aquí mismo El Llar”.

El proyecto cuenta tan sólo con cuatro plazas porque “cuando vienen y se juntan más de dos o tres internas juntas, entonces solemos tener problemas”, reconocen las religiosas. “Además tampoco permiten que salgan muchas juntas –afirma la Superiora–. Como mucho suelen venir dos ó tres. Ellas solicitan el permiso, y vienen cuando se lo conceden, generalmente tres días, aunque más adelante terminan por estar hasta seis”.

En ocasiones también acogen a mujeres que se encuentran en el CIS, Centro de inserción social, con salidas todos los fines de semana. “Las que no tienen a dónde ir acuden aquí. Entre semana incluso están fuera, aunque tienen que ir a la cárcel a dormir. Mientras tanto, pueden ir buscándose un trabajo, un medio de vida, para que cuando salgan definitivamente tengan algo para poder rehacer su vida”.

El Llar acogió el año pasado entre 25 y 30 mujeres, una cifra que ha sido superada otros años. “Depende de las mujeres que hay en prisión, una cifra que oscila. Últimamente –explica la hermana Laudelina– parece que hay menos porque las derivan a otras cárceles”.

Las mujeres que llegan actualmente al proyecto son “de etnia gitana, sudamericanas y rumanas, principalmente”, afirman las religiosas. “Aunque últimamente también tenemos bastantes asturianas”, apuntan.

El tráfico de drogas suele ser el causante de su ingreso en prisión, un detonante que suele ir aparejado de otros problemas graves como la prostitución o los robos.  “Están metidas en todo –explican las religiosas– Y alguna vez sucede que han cometido algún delito arrastradas por sus parejas, lo que les ha llevado a la cárcel“.

Además de la procedencia extranjera en su mayoría –afirman– también suele ir asociado haber tenido problemas desde siempre, principalmente en el ámbito de la familia. La mayoría proceden de ambientes desestructurados, y muchas no tienen contacto con sus familiares”.

“Sabemos muchas cosas sobre ellas –reconoce la hermana Carmen– porque tienen mucha facilidad para hablar de su vida. A veces no tienes ni que preguntar para que te cuenten por qué ingresaron en prisión, lo relatan todo con pelos y señales”.

Una vez en el último tramo de su condena, la inserción no siempre es fácil para estas mujeres. Muchas de ellas, especialmente si están muy deterioradas por la droga, no se encuentran en una situación adecuada para desempeñar un empleo, y en otras ocasiones no es la droga la que las deteriora psicológicamente, sino la propia cárcel.

“Algunas mujeres que vienen por aquí se encuentran psicológicamente tan mal que no son capaces de llevar una vida normalizada. Estar en la cárcel es muy duro –señala la hermana Carmen– Te marca muchísimo. Allí hay gente que se mete con aquellas que parecen más débiles, por lo que si tienes una forma de ser fuerte puedes salir adelante pero si eres un poco débil te machacan la moral. He conocido a varias que preferían quedarse todo el día en la celda y no salir, y otras para las que la cárcel era poco menos que su casa, que han ingresado varias veces y que al salir te dicen ¿Sabes lo que es que te pongan las maletas en la calle y no saber a dónde ir?”.

Otras, en cambio, llegan a rehacer su vida, “la cárcel les sirve de escarmiento”, dicen, y “es una alegría encontrártelas con los años y ver que han formado una familia y están reinsertadas”.

En El Llar las mujeres que acuden procuran estar tranquilas. Pasean, descansan y ven la televisión, algo tan sencillo como eso que, para ellas, en esos momentos de libertad, “parece diferente”.

“Nuestra labor es acompañar y escucharlas”, afirman las religiosas, que conviven con las mujeres todo el día, procuran ayudarlas en sus procesos para desintoxicarse, y se ocupan de que, en el sencillo y acogedor apartamento, se sientan casi como en familia.

(Arzobispado de Oviedo)

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