Nos ha nacido el Salvador

Mons. Ricardo Blázquez           “Mientras estaban María y José en Belén le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (cf. Lc. 2, 6-7).

Con estas palabras tan sobrias y sin adornos narra el Evangelio el nacimiento de Jesús. El Evangelio prefiere los términos sencillos a los retóricos para hablar del acontecimiento más inefable: El nacimiento del  Salvador. Esta preferencia es ya una lección preciosa para nosotros. Nos pasa inadvertido lo humilde, aunque sea decisivo, y nos detenemos ante lo espectacular, aunque sea hueco.

Tres personajes ocupan el centro de la narración: El Niño acostado en un pesebre, María a su lado para cuidarlo y José protegiendo al recién nacido y a la Madre que termina de dar a luz. A veces en nuestros nacimientos nos cuesta trabajo encontrar, entre la multitud de personajes, paisajes y adornos, el centro del misterio. Distraemos la atención en mil cosas y se nos escapa lo central. El establo de Belén, con el Niño, María y José, es el foco de donde irradian la luz las fiestas de Navidad. La sencillez, el gozo, y la paz son como invadidos y ocultados. La celebración de la Navidad es a veces tergiversada por ocurrencias que manifiestan o pérdida del sentido de lo celebrado o la intención de desviar la mirada de lo que realmente celebramos. Si no conectan con el motivo original, dejen al pueblo con su tradición. Navidad es el nacimiento de Jesús que desde el pesebre emite un mensaje de fraternidad y de concordia que no es legítimo oscurecer.

Desde el corazón del misterio pueden ser todas las cosas iluminadas. “Si hacemos fiesta cuando nace uno de nos, ¿qué haremos naciendo Dios?”. La celebración del Salvador de la humanidad repercute en las familias que se unen festivamente, felicitan particularmente a los niños, se alegran por la presencia de todos y echan de menos de manera más sensible a los ausentes. Jesús nació en un hogar, y por ello Navidad es fiesta especialmente de familia.

De la luz de Belén son un reflejo nuestras calles y plazas iluminadas. Las luces encendidas nos anuncian que la celebración del Nacimiento de Jesús está cerca, ¿o únicamente son un reclamo comercial para vender y comprar, para consumir y gastar? Tanto las fiestas de Navidad como la Semana Santa muestran en nuestra sociedad y en nuestros pueblos y ciudades la impregnación humana y cultural de los acontecimientos cristianos que celebramos. Han enriquecido las expresiones folklóricas. Si estas manifestaciones no se relacionan adecuadamente con el centro emisor cristiano, parecerán como signos sin significado, como iniciativas enigmáticas, como realidades colgadas de las nubes. ¿Qué responderíamos a los niños cuando pregunten sobre el porqué de las fiestas y el sentido de las cosas?

El establo de Belén está lleno de contrastes. El Hijo de Dios nace como un niño pobre en una familia marginada. Jesús hizo realmente la opción de nacer, vivir y morir pobremente (cf. 2 Cor. 8, 9). Por eso, sus discípulos estamos llamados a elegir a Dios y no al dinero como centro del corazón (cf. Mt. 6, 21 y 24) y a vivir sobriamente compartiendo los bienes con los demás. “Se ha manifestado la gracia de Dios enseñándonos a vivir una vida sobria, justa y religiosa” (cf. Tito, 2, 11-12).

A veces el contraste entre el nacimiento humilde de Jesús en Belén y la grandeza de la divinidad se expresa en la liturgia de manera sublime: El eterno comparte con nosotros la vida temporal, el invisible se hace visible, el omnipotente se hace débil, el dueño de todo se hace indigente y necesitado. A este contraste entre lo divino y lo humano en Jesucristo la Liturgia lo llama “maravilloso intercambio”. El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros fuéramos hijos de Dios. Junto al Niño de Belén estamos invitados a descubrir nuestra dignidad personal.

San Juan de la Cruz en una poesía sobre el nacimiento de Jesús escribió a propósito de María contemplando a su hijo recién nacido que “lloraba y gemía en el pesebre”: “Y la Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios / y en el hombre la alegría, / lo cual del uno y del otro / tan ajeno ser solía”. Jesús, como todos los niños, como nosotros, durante algún tiempo tuvo como lenguaje el llanto cuando algo necesitaba o le molestaba algo, y la sonrisa cuando se le contemplaba cariñosamente o se le hacía carantoñas.

El intercambio de que habla la Liturgia y el trueque de la poesía de San Juan de la Cruz significan que en el nacimiento de Jesús celebramos no sólo el encanto de un niño pequeño, ni sólo el nacimiento de un personaje extraordinario, sino también y sobre todo, la encarnación del Hijo de Dios. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1, 14). El Hijo de Dios nace en nuestro mundo; en todos los lugares podemos poner el nacimiento y adorar el Misterio de “Dios-con-nosotros”.

Las fiestas de Navidad empiezan con la celebración de Nochebuena, es decir la Noche del nacimiento de Jesús como Luz del mundo en medio de la noche de la historia, y terminan con la fiesta de los Reyes o de la Epifanía, el día 6 de enero. Nacimiento o Navidad, Epifanía o Manifestación están íntimamente unidos, ya que el Salvador ha nacido y se ha dado a conocer; su nacimiento fue anunciado a los hombres como causa de alegría y de esperanza. No es sólo un acontecimiento que ha tenido lugar sino también el nacimiento del Salvador que nos ha iluminado la vida personal y la historia de la humanidad.

Para darse a conocer, el Señor ha utilizado diversos signos. El ángel anunció a los pastores el nacimiento del Señor y los encaminó hacia el establo de Belén (Lc. 2, 12-20). Los Magos vieron una estrella como signo del nacimiento del Señor y siguiendo la estrella fueron  conducidos hasta el lugar donde yacía el Niño anunciado y buscado. Cuando lo vieron, cayeron a sus pies y lo adoraron (cf. Mt. 2, 1-12).

Navidad es también oportunidad para nosotros de hallar a Dios en nuestra vida. Hay signos, acontecimientos y personas que nos ayudan a buscar y a encontrar a Dios.

Deseo a todos una feliz Navidad. ¡Que el Adviento nos prepare para hallar a Jesús en brazos de María! ¡Que Navidad sea también manifestación de Dios en nosotros! ¡Que la ternura de Belén cambie nuestros corazones de endurecidos a entrañables!

+ Ricardo Blázquez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)