Vivamos el Adviento mirando a María

Mons. Atilano Rodríguez          Cada año, durante el tempo del Adviento, la Iglesia nos invita a poner nuestra mirada en la Santísima Virgen, la mujer llena de gracia, la bendita entre las mujeres, la obra maestra del amor de Dios.

Con su asentimiento a las palabras del ángel, colabora con todo su ser a la mayor manifestación de ese amor. Por medio de María, Dios nos va a regalar a su propio Hijo para que experimentemos su salvación y para que no tengamos miedo a abrirnos a su amor incondicional.

Contemplando  a María, los cristianos hemos de superar los temores que pueden afectarnos al contemplar las dificultades para vivir la fe o para ofrecer a los hermanos la alegría de  la salvación de Dios. Aunque, como señala el Evangelio,  la Santísima Virgen experimenta la turbación ante las palabras del ángel, que le propone ser la Madre del Salvador, pronto recupera la paz interior y la serenidad pues descubre que ha sido agraciada por Dios para llevar a cabo una misión extraordinaria. Es más, asume que Dios, mediante la acción del Espíritu Santo, la acompañará constantemente en el hacerse hombre el Hijo de Dios en su seno virginal.

De este modo, por su asentimiento a los planes de Dios, María se convierte en la mujer más libre de la tierra y en la Madre del Hijo de Dios. Su libertad no se fundamenta en la huida de Dios ni en la renuncia a la responsabilidad que se le propone, sino en la fidelidad a la Palabra. Con su “SÍ” incondicional a Dios, María nos enseña a acoger la Palabra con un corazón generoso y a responder a la misma con prontitud y libertad de espíritu, en vez de seguir los dictados de nuestros gustos y caprichos personales.

Por esta fidelidad a la Palabra de Dios y por su docilidad a la acción del Espíritu Santo, María se convierte también en modelo de santidad para la Iglesia peregrina y, por tanto, en modelo para cada uno de los cristianos. Elegidos por Dios, desde toda la eternidad, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor, en el bautismo somos ungidos por el Espíritu Santo e injertados en la vida divina para vivir en la libertad de los hijos de Dios, haciendo frente al pecado que nos esclaviza y nos aparta de su amor.

Por esto, el cristiano no puede conformarse con una vida mediocre, sino que ha de aspirar constantemente a la santidad y a la perfección en el amor. Esta santidad, que Dios nos concede por pura gracia, nos obliga  a dejarle nacer cada día en  nuestro corazón para que sea el Señor de nuestra existencia y nos impulsa también a salir al encuentro de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.

Para vivir con decisión esta vocación, necesitamos practicar, como María, la virtud de la humildad para combatir en nosotros la tendencia a afirmarnos sobre los demás o a creernos superiores a ellos. Dios mira y se complace en el humilde. Pero, además, para profundizar en el sentido de nuestra vocación de hijos de Dios y para vivir con gozo la misión  evangelizadora  de   la   Iglesia,   necesitamos   también  hacer  silencio  interior y exterior.   Ante   las   huidas   de   la   voluntad   de   Dios,   ante   los   cansancios   y   faltas  de esperanza, el Señor nos pregunta cada día, como hizo con Adán: ¿Dónde estás?

María, con su testimonio personal, nos muestra el camino que hemos de recorrer y nos acompaña  con   su   poderosa   intercesión   para   que   lleguemos   a   la   Navidad  con   un corazón dócil a la Palabra de Dios, viviendo la revolución de la ternura y del cariño, y asumiendo con gozo el encargo de ofrecer a todos los hombres la alegría del Evangelio.

Con mi sincero afecto, que María nos proteja y acompañe siempre.

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.