«Una mirada positiva»

Mons. Juan José Omella         En los últimos años se viene hablando de la crisis que nos acecha fijando la atención de manera exclusiva en las consecuencias económicas de la misma, como el paro generado, el rescate del sistema bancario, etc. Hoy pretendo hablar del hombre, de la persona.

Y lo hago siguiendo la línea medular que vertebra lo mejor de la Doctrina Social de la Iglesia. Hablar de la crisis desde la perspectiva del hombre no es evadirse de la realidad, y mucho menos camuflarla, es ir al centro de la crisis, que, a mi entender, va más allá de lo económico y financiero.

En esta carta quiero hacer hincapié en las razones que tenemos -los creyentes y los hombres y mujeres de buena voluntad- para no dejarnos invadir, y menos paralizar, por el pesimismo que lo arrebaña todo. Es cierto que la crisis es dura y penosa, especialmente para algunos. Pero no podemos perder la esperanza ni las ganas de luchar por salir de la crisis y de las dificultades. A veces se oye decir “todo está muy mal y aquí no se puede hacer nada”. Los primeros cristianos, que nunca se dejaron llevar por el pesimismo, nos enseñaron a no dejarnos envolver por el desánimo. Sí, los verdaderos seguidores del Maestro, en todos los tiempos, circunstancias y lugares, han vivido con fuerza y con energía tres actitudes que el papa Juan Pablo II propuso en su exhortación pastoral Ecclesia in Europa, en concreto en los números 3 y 4. Yo las hago mías y os las propongo para que logremos estar a la altura de las circunstancias en estos tiempos difíciles.

La primera actitud hace referencia a la nueva perspectiva con la que hemos de mirar y contemplar el mundo y la sociedad. Una mirada positiva que no excusa de reconocer las sombras, los errores y los pecados de nuestro tiempo, pero que, a la par, ayuda a reconocer, valorar y potenciar lo positivo que hay en el corazón y en la cabeza de las personas, y también lo positivo de la historia que nos está tocando vivir.

En segundo lugar, si nos dotamos de esa mirada positiva -fruto del discernimiento evangélico-, crecerá nuestra conciencia de unidad. Hay que decir alto y claro que no hay nada peor y más destructor que la división, la desconfianza y el aislamiento. Sólo se puede construir desde la unidad y desde la comunión. Para los creyentes, es algo innegociable que donde está la caridad y el amor, ahí -y sólo ahí- está Dios.

Finalmente, la tercera actitud que se nos exige hoy es una gran dosis de esperanza. Sin esperanza no se puede evangelizar. Y nosotros, los cristianos, no podemos olvidar que estamos en el mundo para evangelizar, para dar razón de nuestra fe, de nuestra esperanza; para cambiar nuestro mundo y hacerlo más fraterno y más habitable.

El mensaje de Jesús es un mensaje de esperanza. Si nosotros no vivimos la esperanza, que se fundamenta en la presencia del Resucitado, ¿qué anunciamos entonces? ¿Cómo podrán los hombres y mujeres de nuestro tiempo, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, aceptar nuestro mensaje?

Termino mi reflexión de hoy haciéndome y haciéndoos la siguiente pregunta: nuestra actitud, en lugar de la condena y denuncia permanente, ¿no debería ser la de reconocer, valorar y estimular los valores positivos que se dan en nuestro entorno? ¡Qué importante es la calidad de la mirada! Tanto que, al acabar la creación del mundo y del hombre, “vio Dios que era bueno” (Gen 1, 10). ¡Cuánto bien nos hará esa mirada de Dios! Aunque sabemos que esa mirada positiva y agradecida no puede impedir que seamos realistas, es importante no perderla y hacerla crecer en nuestras vidas.

Queridos hermanos, que Dios os bendiga a todos.

+ Juan José Omella Omella

Arzobispo de Barcelona

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.