Adviento en una sociedad deslumbrada

Mons. Agustí Cortés                 La alegría que puede vencer el tedio está en la mirada. Cuando ésta consigue descubrir la belleza de Dios escondida en lo más inmediato y cercano, entonces nace en el interior un gozo sereno, que sobrevive a las contradicciones de cada día.

El Adviento, entre otros efectos, pretende cambiarnos nuestra manera de mirar la vida. En definitiva, busca prestarnos los ojos de Dios.

En este proceso de comprensión amigable de nuestra sociedad, para saber vivir el Adviento con ella y desde ella, uno está tentado de diagnosticarle una enfermedad de ceguera. Porque no solo descubrimos la necesidad de saber mirar para recuperar la alegría, sino que también reconocemos una cierta incapacidad para ver.

La ceguera física puede tener su origen en un defecto interno orgánico. Pero también uno puede quedar ciego por deslumbramiento, como cuando miramos directamente el sol. También existen los espejismos, que consisten en ver con los ojos algo que en realidad no existe, fruto de la combinación de luz, formas, imágenes, interpretadas muchas veces desde deseos o necesidades internas. Esto sucede con los ojos del cuerpo.

Como hacemos frecuentemente siguiendo la práctica de Jesús en los Evangelios, tomamos de la realidad física símbolos que explican realidades espirituales (muchas personas ciegas, son más clarividentes en la vida que otros tantos videntes con los ojos sanos). Hay una ceguera espiritual, que Jesús denunciaba (“¡guías ciegos que guiais a otros ciegos!”: Mt 15,14; 23,16.19). Esta ceguera también puede tener un origen exclusivamente interno, que llamamos “dureza del corazón”. Pero igualmente puede tener su origen en un deslumbramiento, consecuencia de un exceso de luz: la visión de Dios cara a cara no nos es posible, a menos que el mismo Dios se revista de humanidad o que transforme, por un  don especial, nuestra mirada haciéndola “divina”. Y si algún humano pretendiera convencernos de que esto o aquello es Dios mentiría.

Algo semejante ocurre con los espejismos, que podemos denominar “espirituales”. En los espejismos espirituales, como en los físicos o naturales, intervienen factores externos: ideas, objetos, palabras, imágenes, mensajes de todo tipo; y factores internos, como instintos, necesidades, intereses o deseos… Pero su característica más grave es que producen un engaño vital.

Así como un espejismo puede provocar la muerte a una caminante por el desierto, haciéndole recorrer kilómetros por caminos errados en los que desgasta sus fuerzas inútilmente hasta verificar su error, así los espejismos espirituales pueden hacernos vivir durante mucho tiempo en el error, con la sensación de estar en el camino correcto. Uno no desea cambiar, porque psicológicamente se encuentra bien, pues el espejismo le sostiene en la ilusión. Los espejismos espirituales actúan a modo de seductores. Muchas veces este mecanismo de seducción mediante un deslumbramiento embaucador, es aprovechado por intereses ideológicos, comerciales o políticos, con efectos desastrosos.

El Adviento produce un efecto liberador al desenmascarar estas seducciones e invitar a no dejarse deslumbrar ni engañar: Dios, el objeto de nuestra esperanza es siempre mayor. Nos ha dejado sus huellas, pero estas huellas no deslumbran, ni engañan, ni seducen falsamente. Ya las señaló Jesús a los enviados de Juan el Bautista:

“Mirad eso mismo que estáis viendo, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y ¡felices aquellos para quienes yo no soy causa de escándalo!”

Oremos en Adviento para aprender a ver esto, entenderlo y vivirlo.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.