Decisión y ánimo

Mons. Braulio Rodríguez               Estas dos palabras apuntan al corazón humano, a la hora de vivir la vida de testigo de Jesucristo. Las necesitamos para que, siempre con la gracia de Dios que precede y culmina nuestra acción, el bien común se difunda a todos los demás.

Cercana la Navidad, quiera Dios que nuestras personas estén implicadas en el testimonio de Jesucristo que llega, y preparemos su llegada sin conceder nada a cuanto de pagano se adhiere a Navidad. Esta fiesta cristiana es, sin duda, el inicio del misterio pascual de Jesucristo y se centra en Él que nace y que vendrá al fin de los tiempos.

Pero los discípulos de Cristo, sobre todo los fieles laicos, han de tener también decisión y ánimo en la sociedad en la que viven, pues su presencia creyente sirve para mejorarla, sin duda. Precisamente la esperanza es decisión y ánimo de cara al futuro, siempre poblado de posibilidades y de inquietudes. Ahora que se ha normalizado la actualidad pública del Gobierno de España y del Parlamento, pueden darse condiciones para caminar esperanzadamente de cara a ese futuro inmediato. Pero sería importante que se dieran algunas condiciones. A ellas aludía el Presidente de la Conferencia Episcopal Española en su discurso de apertura de la CVIII Asamblea Plenaria (21-25 noviembre de 2016).

“La esperanza y el pasado no se pueden separar”. Algo muy cierto, porque en nuestra historia como nación hay motivos para la humillación y para la gloria. Muchas cosas debemos recordar para corregirnos; es razonable. Pero lo es igualmente que nos sintamos legítimamente orgullosos de  muchos hechos y acontecimientos de nuestra historia, reciente y antigua. ¿Por qué participar de esa tendencia tan española de sentir que hay que empezar de nuevo cada cierto tiempo, arrasando con todo lo anterior porque los que lo hicieron lo hicieron todo mal y tiene que desaparecer?

La corrupción con tantas personas implicadas y los diversos focos de contaminación ha degradado el servicio público. Es cierto: la falta de honradez causa irritación. Es así realmente, pero hay un modo de salir de esta situación: que cedan los partidismos en favor del bien común. Dejemos de ser maniqueos. Si deseamos reformar importantes proyectos fundamentales, todos debemos converger para el bien del interés general. Están en juego muchas cosas. Decía hace bien poco el Papa Francisco: “Si no hay diálogo habrá gritos”.

Y el diálogo en nuestra sociedad supone compartir una historia, tener planteados unos problemas comunes y buscar entre todos su respuesta, pero sobre la base de formar parte de la misma sociedad. Ha sido esta misma sociedad la que se ha dado unas leyes fundamentales. Las legítimas diversidades, y el respeto a ellas, necesita una amplia y fundamental base compartida y no rupturas que no se entenderían. Es una tentación constante en España pensar que no tenemos remedio. Nosotros, como católicos hemos de tener el debido respeto a nuestros conciudadanos, a sus opciones legítimas.

Pero también es legítimo decir que Dios y el hombre no son competitivos. Y nos parece desacertado afirmar que Dios debe ser excluido del horizonte mental para que el hombre actúe con responsabilidad de adulto. La obediencia a la Ley de Dios no lleva consigo la humillación del hombre, mientras que el olvido de Dios repercute negativamente en la vida personal y social de los hombres. Por ello, los cristianos subrayamos la dignidad de la persona, centro y sentido de las instituciones; el respeto a la vida de las personas en todo el recorrido de su existencia desde su generación hasta su muerte; la educación en la verdad y la libertad; la familia como ámbito humanizador fundamental. La familia vence la soledad y de su salud depende en gran medida la salud de la sociedad. Son verdades que se contienen en lo que Dios nos ha revelado.

Para nosotros queda como señal de nuestra pertenencia a Cristo las palabras del Señor: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y mi visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). Como ha recordado el Papa Francisco en su última carta apostólica “Misericordia et misera”: “En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos jóvenes… Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras  que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales” (n. 3). Es una buena razón para decidirnos y animarnos a vivir la Navidad.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.