Vivir el Adviento como María

Mons. Enrique Benavent           En el camino del Adviento que empezamos el domingo pasado, celebraremos esta semana la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La fe de la Iglesia nos enseña que Ella esperó al Hijo de Dios en la plenitud de la gracia.

El deseo de vivir en esa plenitud de gracia es signo de la autenticidad cristiana con que nos preparamos a la celebración del nacimiento de Jesús. Ahora bien, la gracia de Dios la descubrimos en nosotros por sus frutos. Por ello, esta fiesta mariana es una buena ocasión por contemplar los frutos de la gracia de Dios en la Madre del Señor.

El fruto de la gracia es la disponibilidad. La gracia de Dios ha hecho de Ella pura apertura a la voluntad de Dios. Nacida en un pueblo al que los profetas describen como un pueblo de corazón endurecido, incapaz de prestar atención a las cosas de Dios y que no quiere escuchar su palabra, el corazón y toda la persona de María son para Dios. Ella es virgen, es una Virgen para Dios, atenta a su palabra, abierta a su voluntad y en perfecta disponibilidad a lo que Dios quiera de Ella.

El fruto de la gracia es la obediencia amorosa. En el momento en que Dios quiere establecer la alianza nueva y definitiva con la humanidad, María se entregará totalmente a cooperar en el plan de salvación sobre los hombres. En su sí a la Palabra que Dios le dirige no hay la más mínima reserva, ni la más mínima tentación a decir que no. No pone ninguna condición, se entrega a Dios desde su pequeñez, en perfecta obediencia a Aquel a quien considera su Señor y ante el que se siente una humilde esclava.

El fruto de la gracia es la humildad. El hecho de haber conocido su elección para ser la Madre del Mesías no la lleva a sentirse superior a los otros. Ella sabe que, aunque ha sido redimida por Dios de una manera singular, pertenece al linaje humano necesitado redención. En ningún momento afloran en Ella sentimientos de superioridad sobre los miembros de aquel linaje, que es el suyo; nunca cae en la tentación de buscar la alabanza de los hombres; en ningún momento piensa que si Dios la ha elegido es porque lo merecía. Cuando Isabel quiere engrandecerla llamándola “Bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42), María proclama las alabanzas del Señor y confiesa que, si todas las generaciones la llamarán bienaventurada, no es por las cosas grandes que Ella haya podido hacer, sino por lo que Dios ha hecho en Ella.

El fruto de la gracia es la fidelidad. Cuando el ángel se retira, empieza un peregrinación de fe que es camino de fidelidad. Porque Maria pertenece al linaje humano, en determinados momentos vivirá ese camino en medio de la oscuridad y de la incomprensión. Porque Ella ha sido colmada de la gracia de Dios, en ningún momento dudará de su entrega, en toda ocasión se apoyará en Dios su Salvador. Los momentos de dolor y de oscuridad los vive sin ningún indicio de culpa o de falta. Olvidándose de lo que queda atrás se entrega, confiando en Dios, a lo que está por delante.

Estos son los signos de la gracia en el corazón de los creyentes: atención a las cosas de Dios, apertura y disponibilidad a su palabra, entrega y obediencia sin reservas a su voluntad, humildad y fidelidad en confianza absoluta en Dios.

Que María nos guíe en el camino del adviento.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
Acerca de Mons. Enrique Benavent Vidal 164 Articles
Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.