Dios ha mirado la humildad de su esclava

Mons. Julián Ruiz Martorell           Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz. En el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera de Jesucristo, destaca la solemnidad de la Inmaculada Concepción, una de las celebraciones marianas más populares.

En medio de nuestros sufrimientos y angustias, anhelamos la llegada del Señor, como Salvador de la persona, de la historia humana y de la comunidad de los pueblos. Y como preludio y garantía, aparece la figura de la Virgen María, que fue preservada incluso de la herencia común de la humanidad que es el pecado original.

Dios destinó desde siempre a María para ser la Madre del Redentor. Y el Evangelio destaca un motivo para que apreciemos la base de la elección divina: la humildad de María. Ella misma canta: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46-48). Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos.

A nuestro alrededor descubrimos muchos gestos de soberbia, de altivez, de altanería, de orgullo solapado o manifiesto, de prepotencia. Las instituciones nos miran siempre desde arriba para hacernos sentir insignificantes. Pero es triste comprobar que, también nosotros, aprovechamos cualquier pequeño escalón para mirar a los demás desde un plano superior, sintiéndonos distintos y distantes. Nuestra natural tendencia es situarnos en primera fila para recibir honores y distinciones.

Dentro de unos días Dios se nos manifestará en la cueva de Belén como un “niño” humilde para vencer nuestra soberbia. Le tendremos que reconocer sin apariencias de poder ni muestras de sabiduría. El Todopoderoso, la Sabiduría en persona, Aquel que es la Verdad, la Belleza, la Bondad, el Bien, el Amor se hace pequeño para liberarnos de nuestras humanas pretensiones de grandeza.

La humildad es signo de Dios. A veces buscamos signos diferentes, imponentes, irrefutables, del poder de Dios y de su grandeza. Y, por el contrario, la señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño, se convierte en niño pobre y necesitado; se deja tocar y solicita nuestro amor.

Por eso fue acogido en el corazón humilde de la sencilla Virgen de Nazaret. Ella nos indica el sendero que nos invita a la fe y al amor, y por eso mantiene nuestra esperanza. Si aprendemos de la Virgen María, nos haremos semejantes a Dios, porque estaremos marcados por la señal de la humildad y descubriremos la verdadera grandeza que se basa en la verdad y el amor.

Dios pone sus ojos en la humildad de su esclava. Y, por eso, la colma de gracia. La Palabra se hace carne para vivir, obrar y hablar en medio de nosotros. Para sanar, acoger, acompañar, perdonar, restituir la dignidad de quienes la habían perdido. Para alegrarse y proclamar la Buena Noticia. Para sufrir, morir y resucitar.

La humildad deshace nuestra falsa apariencia de cartón-piedra y nos permite caminar en verdad. Ser humilde no significa tener una visión pesimista de las propias capacidades y posibilidades. No es tener baja autoestima. Pero tampoco desorbitada. La humildad nos hace caminar sin falsedades, acogiendo y valorando la verdad de nuestro ser, de nuestro obrar, de nuestro pensar, de nuestro creer, de nuestro esperar y de nuestro amar.

Miremos a la que fue concebida Inmaculada. Ella “brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (LG 68).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+  Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

Mons. Julián Ruiz Martorell
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D. Julián RUIZ MARTORELL nació en Cuenca el 19 de enero de 1957. Desde pequeño vive en Zaragoza. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Zaragoza, siendo alumno del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA). Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 24 de octubre de 1981. Encargos pastorales desempeñados: 1981-1983: Ecónomo de Plasencia de Jalón y Encargado de Bardallur; 1983: Encargado de Bárboles, Pleitas y Oitura; 1983-1988: Durante sus estudios en Roma, Capellán de las Religiosas "Battistine"; 1988-1993: Adscrito a la Parroquia de Santa Rafaela María, en Zaragoza; 1991-2005: Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar"; 1994-2010: Capellán de la comunidad religiosa del Colegio Teresiano del Pilar; 1998-2005: Director del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón; 1999-2005: Director del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín"; 2007-2010: Delegado de Culto y Pastoral de El Pilar. Fue nombrado obispo de Huesca y de Jaca el 30 de diciembre de 2010. En ese momento desempeñaba los siguientes cargos y tareas: Profesor de Sagrada Escritura del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (1988), del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar" (1988) y del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín" (1988); Miembro del Consejo Diocesano de Pastoral (1993); Miembro del Consejo Presbiteral (1998); Canónigo de la Catedral Basílica "Nuestra Señora del Pilar" de Zaragoza (2004); Miembro del Colegio de Consultores (2005) y Secretario del Consejo Presbiteral; y Vicario General de la Archidiócesis (2009). Fue ordenado obispo en la S. I. Catedral de Huesca el 5 de marzo de 2011. Tomó posesión de la diócesis de Jaca al día siguiente en la S. I. Catedral de esta diócesis.