Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor

Mons. Eusebio Hernández             Queridos hermanos y amigos: En el Salmo de la Misa de este domingo repetimos en su antífona: Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor (121, 1).

La liturgia de este día nos invita a iniciar un nuevo Año Litúrgico, en el primer domingo de Adviento, con este espíritu de alegría. Nuestra vida cristiana es siempre una peregrinación, como expresa el Salmo de hoy, y es una peregrinación hacia un encuentro de plenitud con el Señor. Por ello, también nosotros, decimos en este domingo: Qué alegría, ahora que salimos al encuentro de Cristo (cf. Colecta de la Misa)

El tiempo de Adviento tiene, como bien sabemos, un doble aspecto. En primer lugar se nos invita a poner nuestra atención en la segunda venida de Cristo al final de los tiempos; por otra parte, es un tiempo de preparación a la solemnidad de la Navidad, en la que conmemoramos la primera venida del Hijo de Dios. Es, pues, el Adviento un tiempo de alegre esperanza; con la primera llegada del Señor se nos ha abierto un camino que llegará a su plenitud cuando, en su segunda venida, dé el Señor pleno cumplimiento a su obra.

La alegría de sentirnos llamados a peregrinar en esta vida, guiados por la esperanza, hace menos costoso todo esfuerzo que realicemos para conseguir llegar a la meta. El profeta Isaías en la segunda lectura (2, 1-5) nos invitaba: Venid subamos al monte del Señor. Encaminarnos hacia la cumbre de un monte supone siempre un esfuerzo y no hay nada peor que ese esfuerzo lo hagamos cargados de cosas innecesarias que solamente suponen un peso que hacen más difícil el ascenso. En nuestra vida cristiana debemos ir despojándonos de todo aquello que dificulta el camino. El tiempo de Adviento es una escuela de simplicidad, saber descubrir aquello que es esencial y lo único necesario. Si nuestra meta es Cristo, nuestra vida se debe vaciar de otras cosas innecesarias.

Nuestra propia existencia necesita encontrar aquello que le dé solidez y no perder el tiempo en aquello que nos aliena. El Evangelio de hoy (Mateo 24, 37-44) pone varias comparaciones para que lo comprendamos: Aquellos que dejan transcurrir su vida como en los tiempos de Noé –comían, bebían, se casaban- hasta que llega el momento en que ante la soledad o el sufrimiento encontramos nuestro espíritu vacío y no tenemos a quién recurrir.

Por eso el cristiano es invitado a vigilar: Estad en vela, nos dice el Evangelio de hoy; es decir despiertos y esperando la venida del Señor. El cristiano vigila y espera siempre la venida del Señor.

Por ello, si nos hemos dormido, o nos hemos desorientado en el camino de nuestra vida cristiana, como nos dice San Pablo en la segunda lectura (Romanos 13, 11-14) hoy es ya hora de espabilarse… la noche está avanzada, el día se echa encima. Por ello, el Apóstol nos invita a que dejemos las actividades de las tinieblas y que nos conduzcamos como en pleno día, con dignidad.

La participación más asidua en la oración, la escucha atenta de la palabra de Dios, el acercarnos a los sacramentos en este tiempo, sobre todo la Penitenciao Reconciliación y la Eucaristía nos ayudarán a vivir la alegría del camino y a ir, poco a poco, entrando en la sencillez y plenitud de la vida cristiana.

Emprendamos hoy este camino que se nos ofrece para que el Señor nos siga ofreciendo su misericordia y su salvación.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

 

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
Acerca de Mons. Eusebio Hernández Sola 203 Articles
Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.