No huyamos del amor de Dios

Mons. Atilano Rodríguez          El domingo pasado, en comunión con toda la Iglesia, clausurábamos el Jubileo de la Misericordia. En la celebración de la Eucaristía, dábamos gracias al Padre porque, en los encuentros de oración y en las peregrinaciones organizadas por las parroquias y arciprestazgos, nos ha concedido la dicha de experimentar su gracia, participar de su perdón y tocar su misericordia.

Jesucristo, verdadera revelación del rostro misericordioso del Padre, nos ha mostrado una vez más que el auténtico sentido de la existencia humana pasa siempre por la búsqueda de la voluntad del Padre y por la entrega de la vida a los hermanos. Durante los años de su vida pública, Él no sólo se conmovía al contemplar el sufrimiento y la pobreza de los hombres y mujeres de su tiempo, sino que les ofrecía el alimento necesario para superar los cansancios del camino.

Estas enseñanzas y comportamientos de Jesús se hacen especialmente patentes en la celebración de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. La litúrgia de este día nos recuerda que nuestro Rey pasó por el mundo haciendo el bien a todos los hombres y curando sus dolencias desde la obediencia a la voluntad del Padre y desde el servicio generoso a quienes le buscaban esperando encontrar en Él perdón y curación.

Nosotros, en virtud del sacramento del bautismo, pertenecemos ya a este Reino instaurado por Jesús. Como consecuencia de ello, somos invitados a seguirle, recorriendo su mismo camino y acogiendo sus enseñanzas. Jesús nos mira siempre con amor, nos regala su misericordia y nos cura interiormente para que, con el corazón sanado por su misericordia, con un corazón nuevo, podamos mostrarla a todos los hombres.

De este modo, Jesucristo, que es la puerta que se abre para que descubramos la misericordia del Padre celestial, es también la puerta que nos invita a salir de nosotros mismos para ofrecerla a todos, especialmente a los enfermos, pobres y marginados por la sociedad. En cada instante de la vida hemos de actuar con la profunda convicción de que nada nos une más a Dios que un acto de misericordia, bien sea la misericordia con la que Él nos perdona o la que nos regala constantemente para que podamos practicar en su nombre las obras de misericordia.

En una sociedad como la nuestra que favorece el descarte y la exclusión de niños, jóvenes y adultos, porque vive preocupada por la acumulación de bienes pasajeros, el Señor nos pide que seamos discípulos misioneros y que actuemos con todos como buenos samaritanos. La contemplación de la misericordia divina tiene que ayudarnos a acoger a quienes se acercan a nosotros, esperando comprensión y cariño, y tiene que impulsarnos a salir al encuentro de quienes no se atreven a venir y deambulan por los caminos de la historia bajo el peso de sus sufrimientos y heridas.

Ahora bien, la práctica de las obras de misericordia con nuestros semejantes y los gestos de compasión hacia ellos hemos de aprenderlos y descubrirlos contemplando de cerca al Maestro en la oración y acogiendo sus palabras de vida. Jesús nos enseña a ser buenos samaritanos con todos y a no tener miedo a quienes han sido descartados por la sociedad. Cualquier relación con nuestros semejantes que no esté teñida por el tinte de la misericordia, aunque sea muy justa, con el paso del tiempo termina por convertirse en un maltrato.

Como nos recuerda el papa Francisco, al contemplar el trato de Dios con cada uno de nosotros, podemos decirle: “Señor, me he dejado engañar; de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos, esos brazos redentores” (EG 3).

 

Con mi bendición, feliz día del Señor.

 

+Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.