Don Leocadio, ternura y misericordia – Año de la Misericordia

Mons. Francisco Cerro         Adentrarse en el corazón de un gigante de la misericordia en la Extremadura del siglo XX es siempre por lo menos muy arriesgado.

Por otra parte estos sacerdotes, verdaderos héroes de caridad y amor, no deben pasar desapercibidos y su historia debe permanecer en la memoria del pueblo, de la gente sencilla y humilde, que tiene un verdadero olfato, un verdadero “sensus fidei”, para reconocer al hombre de Dios, al testigo creíble de Misericordia y Ternura.

No fue fácil la vida que vivió el P. Leocadio en una Extremadura y España de guerra y posguerra, del año del hambre, de la falta de medios humanos y culturales, para que la gente volviese a descubrir su profunda dignidad.

Tres claves hicieron al P. Leocadio un pastor que marcaría la vida de tantas personas que lo conocieron y, sobre todo, de los pobres que le tuvieron como un padre con entrañas de misericordia:

1. UN HOMBRE CON CORAZÓN. Fue un pastor que se conmovió ante la sociedad que vivía como “oveja sin pastor”. No engrosó la lista de los quemados intensivos para quedarse en la queja eterna. Se entregó de corazón y con ternura, como hizo la Madre Teresa de Calcuta, por los caminos de la entrega y del sacrificio. Es verdad lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: que solo creemos como amor auténtico al que lleva el sello del sacrificio, de la vida entregada, de no ahorrar esfuerzos con tal de manifestar una entrega generosa. El P. Leocadio con la fundación de la obra de los Esclavos de María y de los Pobres, que tanto agradecemos y su entrega generosa a los necesitados, se lanzó en una Extremadura rural y subdesarrollada por los caminos de lo que más necesita la persona humana: el amor, el cariño, la ternura, todo aquello que les puede hacer descubrir su profunda dignidad humana. Iba por los pueblos, miraba debajo de los puentes, se acercaba a las chabolas y en “las entrañas del mundo peor”, cantaba las Misericordias del Señor, que alza de la basura al pobre para sentarlo con los príncipes de su pueblo. Es necesario para toda la Iglesia el recuperar el aire, el estilo de esperanza que impregnaba al P. Leocadio y que, sin lugar a dudas, era fruto de su profunda vida de oración. La fecundidad de una vida radica en las raíces de un corazón enamorado del Señor y de sus pobres. No quiso brillar en nada. No buscó los puestos de honor en los banquetes y en las sinagogas. No tuvo tiempo de quedarse en la esterilidad de la queja, sencillamente se lanzó por los caminos de la generosidad y de servir a los pobres como un pobre más. Los que le conocieron testifican su pobreza: “Era más pobre que las ratas”. No tuvo nada. Hasta el último momento deseó vivir en comodidades normales, porque decía que le tratasen “con la misma dignidad, pero sin privilegios, como a los pobres. Esto que me quieren hacer se lo van a hacer al más pobre de los pobres, entonces sí. No quiero ningún privilegio ni trato especial”. Fue un pastor atravesado por la humildad del Corazón de Cristo. Profeta de un mundo nuevo y de apostar por que los pobres sean evangelizados y sean invitados a compartir la mesa común de la humanidad en esta casa común, en esta tierra que nos recuerda el papa Francisco.

El P. Leocadio fue un pastor con gran corazón. Sus hijos fueron testigos de un hombre sediento de la Misericordia. Abierto a todos los problemas de su tiempo, se entregó sin desá- nimo de noche y de día al servicio que más nos urge, el servicio de la caridad. No fue fácil su vida por las incomprensiones que Dios permite, incomprensiones que a veces venían de los mismos “eclesiásticos” que no acababan de ver su persona y su obra. Él callaba y vivía, como respuesta, su entrega. No quiso quedarse cruzado de brazos, pues sabía que, como dice Santa Teresa de Jesús: “La verdad padece, pero no perece”

2. UN PASTOR INTRÉPIDO. En las misas de la Virgen, en dos prefacios se habla de María como intrépida en la fe, como mujer intrépida en los caminos del seguimiento de Cristo. Así fue la vida de este pastor, cura diocesano y fundador, que, como San Francisco, no salió del ambiente donde había vivido y transcurrido su existencia. Podemos decir que el desarrollo de su vida transcurre entre pueblos que marcan la historia de su corazón.

No se dejó amedrantar por las dificultades. Vivió la intrepidez de los hombres y mujeres que son fuertes en sus debilidades, valientes en su pobreza, lanzados a evangelizar desde “signos pobres”. No “tiró la toalla”. Como a San Francisco de Asís, Dios le dio hermanos para compartir sus gozos y sus esperanzas, sus dificultades y cansancios Se subió al carro de los intrépidos y audaces en una humanidad y una Iglesia que era la que era, que vivió los momentos que vivía, nada fáciles, pero prefirió encender luces en vez de gastar la vida maldiciendo la oscuridad. No supo volver la vista atrás ni retirarse al bando de los que se quedan en todas las cunetas, de los amargados. Se retiraba a una profunda oración y a un paraje extremeño cerca de Alcuéscar que, como desierto, sabía de su lucha con Dios, como Jacob luchaba en la noche con Dios y le decía una y otra vez: “No me marcharé de aquí hasta que me bendigas”. Y así fue, porque el Señor siempre derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Por eso no se dejó vencer por el desaliento ni por el desánimo de la vida en los que viven tantos sin lanzarse a las profundidades del Corazón de Dios y se hizo intrépido como María en los caminos de la fe. Fue verdaderamente un pastor intrépido que no se dejó vencer por todas las dificultades y problemas que nos asaltan a todos. Su grandeza estuvo en su confianza en Dios y en la Iglesia que, como Madre, era su única familia y su gran casa donde se sentía en el Hogar, donde podía esperar todo, porque era la esposa de Cristo, la Madre y Maestra que acoge a todos los hijos, especialmente en los momentos más complicados y difíciles.

3. PÁRROCO, CATEQUISTA Y ENFERMERO. Todo fue el P. Leocadio. No se quedó en la mediocridad de una época que alentaba a ser solamente egoístas y no hacer más que lo útil para uno y no mirar a los demás con sus grandes problemas. Sin embargo no fue así el P. Leocadio, fue un párroco como la copa de un pino. Alcuéscar supo siempre de un cura bueno y bondadoso. No siempre comprendido, pero siempre admirado. Aquella noche de agosto, aquel día que todavía olía y sabía a guerra civil, él recibió la profunda llamada como pastor, como párroco, a ser también seducido para trabajar con personas que evangelizaran y que llevaran el catecismo, la fe. Llevar la Palabra de Dios a los pueblos, que sean capaces de, como el Evangelio, llevar el cuidado de los pobres y enfermos, siendo auténticos enfermeros, auténticos hermanos que sean capaces de socorrer a los más necesitados de una sociedad que todavía no despierta del trauma de la guerra. El P. Leocadio supo con su vida, con su entrega, con su generosidad, con la fundación de los Esclavos de María y de los Pobres, dar respuesta desde el Evangelio y desde la realidad del Amor de Cristo a tantas necesidades que iban surgiendo. Fue lo que quiso ser, mirando a Cristo, almendro florido. Llevaba en su corazón la poesía que tienen los místicos y todo el ardor de los que les urge la caridad del Amor del Señor. Vivió en las entrañas de una sociedad que tenía que despertar y que él, por Amor a Jesús, encarnaba un evangelio que servía a los pobres más pobres.

Aunque pasó por momentos difíciles y solo el Señor supo de sus lágrimas tragadas a borbotones, él vivió desde la más profunda humildad de elegir, como Jesús, el último puesto, el puesto de los humildes, de los que no pintan nada en la vida y, sin embargo, se entrega con todas sus fuerzas, convencido de que el Evangelio ayer, hoy y siempre, es la respuesta a un mundo necesitado de amor y de ternura.

Conforme van pasando los años, me consta y lo palpo, que, como ocurre a las almas grandes, se acrecienta la figura colosal del P. Leocadio. Su entrega sigue en la memoria de tantos hombres y mujeres que siguen ofreciendo su vida al servicio del Señor pobre, casto y obediente. El corazón del P. Leocadio palpita en su obra y se palpa que, como párroco y maestro, que enseña con su vida, siendo, a la cabeza de los pobres y enfermos, padre y maestro a la vez.

Que Nuestro Señor de la Misericordia siga bendiciendo la obra del P. Leocadio al servicio de los más necesitados y sufrientes.

+ Francisco Cerro Chaves

Obispo de Coria-Cáceres

Mons. Francisco Cerro Chaves
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Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.