Continúa abierta la puerta de la Misericordia

Mons. Julián Ruiz Martorell                Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz. San Juan Pablo II escribía al concluir el Gran Jubileo del año 2000: “El símbolo de la Puerta Santa se cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta viva que es Cristo.

Después del entusiasmo jubilar ya no volvemos a un anodino día a día. Al contrario, si nuestra peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera” (Novo Millennio Ineunte, 59).

Al finalizar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia podemos hacer un examen de conciencia en el que valoremos el grado de aceptación, de seguimiento y de provecho personal y comunitario en este año de gracia. Tal vez, ha habido momentos en que no hemos querido o no hemos sabido salir de la rutina, del trabajo de cada día, de la programación de nuestras actividades pastorales, de nuestros esquemas fijos. No hemos dejado espacio para una experiencia vital de misericordia. Todo ello lo colocamos ante el Señor, al cual le pedimos perdón y misericordia, porque sabemos que, si grande es nuestra debilidad, mayor es su capacidad de esperar y perdonar.

En este tiempo extraordinario de gracia ha habido muchos y bellos gestos, vivencias impactantes, testimonios conmovedores. Realmente, hemos experimentado la misericordia de Dios. Hemos repetido con fe y sinceridad: “porque es eterna su misericordia”.

El lema “Misericordiosos como el Padre” ha sido un reto. Conscientes de que nuestra capacidad de respuesta es limitada, nos hemos sentido agraciados; hemos vivido intensamente la misericordia proveniente del Padre, y hemos deseado ser, también nosotros, misericordiosos.  La medida del amor de Dios es amar sin medida, y esto es inalcanzable para nosotros. Pero el Espíritu Santo nos otorga la capacidad de amar haciendo de nuestra vida un don para los demás.

Cuando acogemos en nuestro corazón abierto el amor de Cristo nos sentimos cambiados, transformados, transfigurados, capaces de amar más allá de nuestra siempre limitada medida humana. El niño experimenta que es una bendición para sus padres y los padres se manifiestan como bendición para el niño. El adolescente inestable e intratable es una bendición para el catequista y el catequista sabe que su vida y misión son una bendición para el adolescente. El joven inquieto y crítico es una posibilidad de misericordia para la parroquia y la parroquia es una experiencia de misericordia para el joven. El esposo es una bendición llena de misericordia para la esposa y la esposa es una bendición de ternura para el esposo. Los ancianos, en medio de la soledad, la enfermedad y la tristeza reciben como un bálsamo la misericordia hecha encuentro, acogida, amistad, escucha y respeto en la familia y son, a su vez, rostro misericordioso para los suyos.

Jesucristo es el rostro de la misericordia. En Él descubrimos el perfil, el retrato perfecto del amor misericordioso. Su persona, su palabra, sus acciones, iluminan el sentido de los salmos, en los que proclamamos que Dios es “paciente y misericordioso”. En Él alcanzan su cumplimiento las antiguas profecías de aquellos que, con voces fuertes y penetrantes, nos invitan a celebrar y experimentar la misericordia de Dios. Cristo nos anuncia con asombrosa novedad la actualidad de sus parábolas.

A lo largo de este año hemos abierto nuestros oídos para escuchar el sufrimiento de quienes nos rodean y nuestros ojos para ver las miserias y las heridas del mundo. Hemos abierto nuestros brazos para acoger y no queremos cerrarlos para retener. Hemos aprendido a gozar con quien experimenta alegría, a llorar con quien llora, a estar cerca de quienes se sienten solos o angustiados, a aconsejar a quienes no saben, a corregir a quienes están en el error, a consolar a los afligidos, a perdonar las ofensas, a soportar con paciencia a las personas molestas, a acoger y socorrer a quien pasa necesidad: el hambriento, el sediento, el desnudo, el forastero, el encarcelado, el enfermo. Hemos rogado a Dios por los vivos y los difuntos. Las obras de misericordia seguirán siendo nuestro programa. Nos sentimos llamados a ser testigos de misericordia ante quienes están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna.

Jesucristo no cierra su puerta. Él es la puerta, el camino, la verdad y la vida.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+ D. Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

Mons. Julián Ruiz Martorell
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D. Julián RUIZ MARTORELL nació en Cuenca el 19 de enero de 1957. Desde pequeño vive en Zaragoza. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Zaragoza, siendo alumno del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA). Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 24 de octubre de 1981. Encargos pastorales desempeñados: 1981-1983: Ecónomo de Plasencia de Jalón y Encargado de Bardallur; 1983: Encargado de Bárboles, Pleitas y Oitura; 1983-1988: Durante sus estudios en Roma, Capellán de las Religiosas "Battistine"; 1988-1993: Adscrito a la Parroquia de Santa Rafaela María, en Zaragoza; 1991-2005: Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar"; 1994-2010: Capellán de la comunidad religiosa del Colegio Teresiano del Pilar; 1998-2005: Director del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón; 1999-2005: Director del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín"; 2007-2010: Delegado de Culto y Pastoral de El Pilar. Fue nombrado obispo de Huesca y de Jaca el 30 de diciembre de 2010. En ese momento desempeñaba los siguientes cargos y tareas: Profesor de Sagrada Escritura del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (1988), del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar" (1988) y del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín" (1988); Miembro del Consejo Diocesano de Pastoral (1993); Miembro del Consejo Presbiteral (1998); Canónigo de la Catedral Basílica "Nuestra Señora del Pilar" de Zaragoza (2004); Miembro del Colegio de Consultores (2005) y Secretario del Consejo Presbiteral; y Vicario General de la Archidiócesis (2009). Fue ordenado obispo en la S. I. Catedral de Huesca el 5 de marzo de 2011. Tomó posesión de la diócesis de Jaca al día siguiente en la S. I. Catedral de esta diócesis.