Es eterna su misericordia

Mons. Mario Iceta

  1. Durante el mes de noviembre que acabamos de comenzar celebraremos la clausura del año santo de la misericordia. Coincidirá con el día de la Iglesia diocesana y ya, el domingo siguiente, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el Papa Francisco procederá a la clausura para toda la Iglesia universal en la basílica de San Pedro. Ha constituido un año de verdadera gracia donde hemos recordado que el nombre de Dios es misericordia y que nosotros, primeros necesitados de esta misericordia, hemos sido enviados a trabajar en el hospital de campaña para ofrecer este don a los heridos y derribados en el camino de la vida.
  2. La misericordia de Dios es eterna. La clausura del año cierra una etapa en la vida de la Iglesia pero constituye también la apertura de una nueva página de nuestra vida personal y de nuestra comunidad diocesana que se ha visto renovada y nuevamente enviada a continuar la labor de anunciar a Jesucristo y sembrar el mundo de esperanza. Este mismo mes de noviembre comenzaba con la celebración de todos los santos. Ellos han sido los testigos de la misericordia de Dios en los más diversos caminos de los tiempos y de la historia. Fiados de ese don de Dios, han vivido una vida en plenitud de amor y de entrega, es decir, han recorrido el camino de la santidad. La llamada a la santidad es la vocación fundamental del ser humano, pues vivir santamente es vivir la caridad en la vida ordinaria.
  3. En el capítulo cuarto de la exhortación postsinodal Amoris laetitia, el Papa Francisco realiza una hermosa exégesis y comentario del himno a la caridad de la Carta de San Pablo a los Corintios: “«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13,4-7). Estas deben ser las características de nuestra vida cotidiana. Los mandamientos revelados al pueblo de Israel en la Alianza del Sinaí, las bienaventuranzas como palabras del Señor e itinerario guía para nuestra vida, la concreción de las características del amor verdadero que nos presenta san Pablo y las obras de misericordia que nos enseña la Iglesia, constituyen cuatro pilares para contrastar si nuestra vida se asemeja a la propia de los hijos e hijas de Dios.
  4. Pero para poder vivir esta realidad, necesitamos antes que nada recibir el don de Dios. Necesitamos que el Señor venga en nuestra ayuda, como afirma el libro del Apocalipsis: “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida” (Ap 22, 17). Es el Señor Jesús quien saciará nuestra sed de vida y eternidad, quien renovará profundamente nuestra existencia y llenará de luz y calor los caminos que debemos recorrer en comunión con nuestros hermanos y en servicio a los más necesitados. Es el Espíritu y la Esposa, es decir, la Iglesia, quienes claman al Señor que venga. Y en esta llamada de la Persona amor y del Pueblo de Dios reconocemos nuestra propia voz.
  5. “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Pedimos al Señor que venga no sólo en la oración y en la celebración litúrgica, donde participamos del misterio de su Amor y nos alimentamos de Él. También pedimos su venida cuando nos esforzamos en hacer carne y vida la Palabra que Él nos ha dado. El Plan Diocesano de Evangelización trata de concretar los ámbitos y las acciones que quieren acoger esta Palabra de Dios, para que sea guardada entre nosotros y entre nosotros fructifique. El mismo libro del Apocalipsis vuelve a decir que Él no tarda en llegar, que está presente y operativo entre nosotros: “«¡Sí, yo vengo pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).
  6. Durante este mes concluirá el año litúrgico y estas palabras de la venida del Señor resonarán con fuerza en la liturgia de la Iglesia y en nuestra vida. Estas palabras señalarán, así mismo, el comienzo del Adviento, tiempo de espera, de esperanza, de preparación a abrir el corazón a la venida de Jesús: esa triple venida que medita la Iglesia: vino ya en la humildad de la carne en el portal de Belén, vendrá glorioso al final de los tiempos y viene cotidianamente en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida. Que la Virgen María nos enseñe a esperar al Señor con gran deseo y que nos ayude a reconocerle vivo y operante en medio de nosotros. Con afecto.

 

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 76 Articles
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.