Todos los Santos y Fieles Difuntos

Mons. Vicente Jiménez            Queridos diocesanos: Los días 1 y 2 de noviembre celebramos todos los años la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. Dos fiestas entrañablemente cristianas y populares, que tienen como denominador común la resurrección y la esperanza en la vida eterna.

Todos los Santos

Celebramos el triunfo de Dios, fuente de toda santidad, sobre sus hijos los santos. Evocamos a quienes nos han precedido en el camino de la fe y gozan ya de la eterna bienaventuranza. Son ciudadanos del cielo, la patria común de toda la humanidad de todos los tiempos. Los santos son los amigos de Dios, los mejores hijos de la Iglesia: en ellos encontramos siempre ejemplo y ayuda en nuestra debilidad.

Todos estamos llamados a la santidad, según nuestro estado de vida, de consagración y de servicio. El Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium habla de la universal llamada a la santidad. “Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos” (LG 40).

Los Fieles Difuntos

La comunión de los santos, que profesamos en el Credo, como parte de nuestra fe católica, y que celebramos el día 1 de noviembre, en la fiesta de Todos los Santos, se extiende también a la relación con nuestros difuntos. La Iglesia dedica el día siguiente, 2 de noviembre, a la conmemoración de todos los fieles difuntos, que duermen en nuestros cementerios el sueño de la paz. En ese día y durante el mes de noviembre la piedad popular recuerda de una manera especial a los difuntos y la Iglesia ora por ellos.

El libro segundo de los Macabeos dice: “Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 Mac 12, 46). Y el Concilio Vaticano II afirma: “La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos” (LG 50).

Nuestra relación con los difuntos nace de la fe, de la esperanza y de la caridad cristianas, y tiene su raíz y su centro en Jesucristo muerto y resucitado, por el que pasa esta relación mutua, de ellos con nosotros y de nosotros con ellos.

Esperamos que nuestros hermanos, bautizados en Cristo, han muerto también en el Señor, y su vida, más allá de la muerte, está también en el Señor o en el lugar de su purificación definitiva. Nosotros, peregrinos aún en la tierra, formamos también con Cristo, como Cabeza, un solo Cuerpo y mantenemos una relación vital con Él. En Él nos encontramos con nuestros seres queridos y con todos los fieles difuntos, que son también parte del Cuerpo de Cristo. Ellos interceden por nosotros y nosotros oramos por ellos, ofrecemos por ellos sufragios y, sobre todo, ofrecemos la celebración de la Santa Misa, memorial sacramental de la muerte y resurrección del Señor.

Nuestra relación con ellos no es culto a los muertos, como en otras religiones o creencias, sino culto a Dios y, desde Él, culto a los santos, reflejos de su gloria y santidad, y encuentro en Él con nuestros difuntos por medio de nuestra oración. Nuestra oración les beneficia a ellos, pero, al mismo tiempo, nos dispone para que su intercesión por nosotros sea eficaz.

Deseo y espero que la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos sea una ocasión propicia para afirmar la fe en nuestra resurrección futura y en la vida terna.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
Acerca de Mons. Vicente Jiménez Zamora 254 Articles
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.