¿Maternidad contra la soledad?

Mons. Agustí Cortés         Cuando hablamos de “suicidio colectivo” al observar el descenso imparable de la natalidad en nuestro mundo occidental no estamos exagerando.

No estamos utilizando una figura literaria (una hipérbole), sino que describimos una realidad objetiva. Lo que ocurre es que las muertes lentas son difíciles de percibir. Sólo observando e interpretando signos que, más allá de la apariencia, son realmente de muerte, uno se da cuenta de que nos hallamos abocados a la desaparición. Quizá no a la desaparición numérica (ahí están los inmigrantes, que seguramente nos salvarán), pero sí a la muerte cultural, al fin de la civilización que hasta ahora nos ha permitido vivir como humanos.

Uno de estos signos de muerte es la opción consciente y deliberada por la soledad frente a los compromisos que lleva consigo la familia. La cosa es seria, si tenemos en cuenta el número creciente de personas que viven solas, no sólo porque la vida les ha dejado así, sino por voluntad propia.

Hace un tiempo me llamó la atención el título de una película: Viajo sola. Leí dos críticas de la misma y ambas coincidían en que se trataba de una obra muy personal, donde la directora, María Sole Tognazzi, se había proyectado a sí misma en el argumento. Una de las críticas venía titulada “La familia optativa” y presentaba la película como desafío a la colectividad, contraria a los deberes convencionales (familiares y reproductivos) que se atribuyen a la mujer. La realizadora italiana había declarado: “En la frontera de los cincuenta, mi decisión personal y mi profesión me hacen vivir en un continuo “apeadero”; aunque siento nostalgia cuando veo la paternidad de mi ex amante y la familia de mi hermana… Aun hoy existe esta presión social para que la mujer sea mujer y madre”. La otra crítica aducía otra declaración de la directora, que matizaba algo el tono reivindicativo del film: “Yo defiendo la soledad, pero me asusta la monotonía… No dejo de reivindicar este tipo de vida, que en los hombres no es tan criticada”

Menos mal que nuestras madres no eligieron esta soledad. Elegir y defender la soledad por ella misma es antihumano, así como elegir el celibato o la virginidad es plenitud humana, porque es opción de amor y, en cuanto tal, siempre opción fecunda. En el fondo nadie elige la soledad por ella misma; pero sí que se elige muchas veces una forma de vida que comporta una soledad negativa. Lo más preocupante es que se trate de justificar esa forma de vida en nombre de un derecho a ser libre y autónomo, vivir sin ningún tipo de vínculo comprometedor. De forma que ser esposa o madre se interpreta como una “convención social”, una imposición social de la que uno debe liberarse en nombre de un derecho personal.

No falta quien entiende que esta apelación a un derecho personal es la tapadera de una actitud egoísta. Una actitud que huye de todo compromiso con otros, sea esposo, esposa o hijos, ya que esos otros siempre pedirán afecto, ayuda, servicio, presencia, etc.; en definitiva, requerimientos que pueden estorbar los propios planes y proyectos.

Preferimos reservar esta interpretación moral de la soledad / soltería para los análisis más particulares de cada caso. Pero no podemos silenciar, antes hemos de proclamar, que

–          Todo hombre y toda mujer estamos hechos para el amor y que éste siempre incluye vínculos de presencia, ayuda, entrega, etc.

–          Y, además, que el propio ser del hombre y de la mujer, por su misma condición sexuada, poseen un camino, cada uno el suyo, de realización de ese amor.

–          Y que esa vía de realización del amor es fuente de alegría y felicidad.

Sin salirnos del ámbito cinematográfico recordamos aquella escena impresionante de Fresas salvajes, de Ingmar Bergman, donde el médico, cuya vida entera consistió en vivir para sí, veía en un sueño representado su propio entierro: la penitencia del egoísmo es la soledad.

+ Agustín Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.