Orar por los difuntos

Mons. Enrique Benavent            Los dos primeros días del mes de noviembre, en los que celebramos la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos, los cristianos tenemos la piadosa costumbre de visitar los cementerios en los que reposan nuestros hermanos en espera de la resurrección, y de orar por su eterno descanso. Mis palabras de hoy pretenden ayudaros a vivir este momento con sentimientos verdaderamente cristianos.

La mañana del domingo de Pascua, las mujeres que habían acompañado al Señor durante su vida pública, que habían estado cerca de Él en el momento de su muerte y habían visto el lugar donde lo habían sepultado, fueron a visitar el sepulcro. Los evangelios nos narran que sus sentimientos eran de muerte. Pensaban que el Señor estaba muerto y que todo lo que habían vivido con Él era una ilusión que ya había terminado. Podemos imaginar la desilusión que se habría apoderado de ellas. En esos momentos estarían dominadas por el dolor y la desesperanza.

Cuando llegan al sepulcro lo encuentran como no lo habían imaginado: estaba vacío. Además, escuchan el primer anuncio pascual: Aquel a quien buscan muerto está vivo. A partir de este momento se desencadenan una serie de acontecimientos y su corazón se va transformando. Se liberan de los sentimientos de muerte y una nueva luz de esperanza se abre en sus vidas. Descubren que la muerte no es el horizonte definitivo del ser humano. Esta experiencia las abre a la verdad de la vida. Lo que ha vivido Cristo es lo que todos estamos llamados a vivir: Dios nos ha hecho hijos suyos para darnos la vida de su Hijo Jesucristo.

Cuando estos días visitemos los sepulcros donde descansan nuestros seres queridos y recordemos lo que han supuesto para nosotros, que resuene también en nuestro corazón el mensaje esperanzador que escucharon aquellas mujeres cuando visitaron el lugar donde había sido enterrado el Señor: Jesucristo ha resucitado. Que ese anuncio nos lleve a vivir este momento piadoso con sentimientos cristianos: con gratitud a Dios por las muchas cosas buenas que nos ha regalado por medio de las personas que ya descansan junto a Él, ya que todo eso no es más que la manifestación humana de su amor de Padre, que le lleva a cuidar de sus cristuras; con la confianza que nos da el saber que Dios quiere que todos los hombres se salven, y que para realizar este designio de amor entregó a su propio Hijo por nosotros; con la esperanza de que lo que hemos vivido con nuestros seres queridos no es una experiencia bonita o una ilusión que ya ha terminado para siempre, sino que al igual que las santas mujeres se encontraron con el Señor, también nosotros un día nos reuniremos con ellos para gozar para siempre de la vida y la alegría plenas. Que esta sea nuestra meditación y oración durante estos días, especialmente en los momentos en que traemos a la memoria los recuerdos de todo lo que hemos vivido con nuestros difuntos.

Que estas celebraciones no sirvan para alimentar sentimientos de muerte, sino para que nuestros corazones se vayan abriendo a la Vida.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.