María Aurora Bailón Ibáñez: «Los años vividos como misionera han sido los mejores de mi vida, un gran regalo de Dios»

zaragoza-maria-misioneraLa misionera claretiana María Aurora Bailón Ibáñez, en Colombia desde 1981, cuenta su experiencia para ‘Iglesia en Aragón’ con motivo del Día del Domund. Su testimonio es un estímulo para salir de nosotros mismos y anunciar el Reino de Dios.

Me llamo María Aurora Bailón Ibáñez, nací el 16 de septiembre de 1953 en Granja de San Pedro-Monreal de Ariza, provincia de Zaragoza, en el límite entre Zaragoza y Soria. Estudié el bachillerato en Moncada (Valencia) y durante esos años viví interna en la comunidad religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Masarrochos (Valencia). Una vez terminado el bachillerato, tenía la opción de ingresar como postulante en dicha comunidad o continuar mi vida laical. Opté por la segunda opción porque como salí a los 10 años del seno familiar quería fortalecer mis lazos familiares y al mismo tiempo tener una experiencia secular antes de tomar decisiones importantes en mi vida. En 1969 cuando regreso a mi entorno familiar, lo hago en Zaragoza, pues un año antes mis padres y hermanos se fueron a vivir a dicha ciudad. Allí estudié Banca y Secretariado, trabajando en diferentes oficios mientras estudiaba, hasta que en 1972 empecé a trabajar en Finanzauto y Servicios hasta finales de 1981, fecha en que viajé a Colombia como Misionera Seglar Claretiana.

Plenitud vital

Siempre alimenté la idea del servicio a los demás, motivada por mis padres que fueron personas religiosas, bondadosas y de una gran rectitud. Pensé la posibilidad de entrar a la comunidad de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, pero sentí que Dios me llamaba por el camino laical a un servicio misionero desde el Evangelio de Jesús a los más empobrecidos. A pesar de llevar una vida ordenada, de ser “buena persona” y de tener un trabajo estable, sentía que la vida se me iba de las manos sin aportar a las transformaciones sociales y religiosas que necesitaba el mundo. En la búsqueda para encontrar respuesta a estas inquietudes tuve la oportunidad de participar en una Pascua Juvenil organizada por los Misioneros Claretianos, en la que se hacía el envío de una Misionera Seglar a Paraguay. En ese momento entendí que por ahí podía orientar mis inquietudes misioneras. Me puse en contacto con el P. José María Vigil, Misionero Claretiano, y comencé a participar en los cursos de VICLA (Voluntariado Internacional Claret) que se impartían en la Parroquia del Corazón de María de Zaragoza. A finales de 1980 VICLA recibe una solicitud del P. Gonzalo María de la Torre, Misionero Claretiano para reforzar con tres personas el equipo misionero que estaba atendiendo 35 comunidades campesinas negras o afrodescendientes en la región del Medio Atrato (Chocó-Colombia).

Se organizó una convivencia con las personas interesadas en prestar este servicio para definir los tiempos y la preparación del viaje, siendo Milagros Vicente, Concha Orús y mi persona las que decidimos responder a este llamado.

Los años vividos en el Equipo Misionero del Medio Atrato han sido los mejores de mi vida, un gran regalo de Dios, me siento feliz y dichosa y no me cambio por nadie. El discernimiento, la formación, la participación, la cercanía con las comunidades y el compromiso por una evangelización liberadora, inculturada, defensora de la vida en todas sus expresiones, nos ha humanizado como personas y ha fortalecido nuestra fe en el Dios humano y sencillo que opta por los pobres, los débiles, los que no cuentan en la sociedad para ser incluidos y convertirse en sujetos de la historia, viviendo en la dignidad y libertad de hijos de Dios.

Una vida de misión

Como equipo misionero concebimos la evangelización de una manera integral, en la que lo espiritual y material se concreta en la vivencia de los valores del Reino de Dios, expresados en la justicia, fraternidad, solidaridad, respeto, inclusión, misericordia, perdón, reconciliación, responsabilidad y paz, entre otros. Por eso además de formar para el crecimiento de la fe y de la iglesia local, acompañamos procesos de organización comunitaria y desarrollo integral, siendo las principales acciones:

  • Formación a las comunidades en Biblia y valores cristianos.
  • Implementación de programas de Hogares Infantiles para la atención de niños y niñas de 2 a 5 años, en 20 comunidades afrocolombianas, durante 25 años.
  • Conformación de grupos de salud para la prevención de enfermedades, primeros auxilios y fortalecimiento de la medicina tradicional.
  • Creación y fortalecimiento de la Institución Etnoeducativa del Medio Atrato para facilitar el estudio de bachillerato a personas adultas y jóvenes (hombres y mujeres).
  • Formación y acompañamiento al Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato, COCOMACIA, para fortalecimiento de su proceso organizativo.
  • Creación y acompañamiento de actividades productivas comunitarias, como trapiches, trilladoras y talleres de ebanistería para la transformación de la caña de azúcar, arroz y madera, respectivamente, así como el fomento de la producción agrícola de la zona.
  • Protección, promoción y defensa de los Derechos Humanos, de los Derechos de los Pueblos y del Derecho Internacional Humanitario.
  • Formación y acompañamiento a la población desplazada durante su desplazamiento y apoyo organizativo para el retorno a sus comunidades.
  • Formación y acompañamiento para el fortalecimiento de la identidad cultural, a través de actividades como la música, danza, teatro, celebración de fiestas patronales, encuentros culturales, entre otras.

En la cuenca media del río Atrato hay 124 comunidades negras, con una población aproximada de 45.000 habitantes.

Nuestra preocupación como equipo misionero era que las comunidades asumieran el trabajo que se estaba realizando para que tuviera continuidad, y llegamos a la conclusión que para lograrlo era necesario despertar el sentido organizativo. Fruto de ello nació la Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA), hoy Consejo Comunitario Mayor de la ACIA (COCOMACIA) que ha obtenido importantes logros en los más de 30 años de existencia, convirtiéndose en la organización pionera de Colombia en la lucha por los derechos étnicos del pueblo negro.

Fortalecer la Iglesia

Fui enviada por los Misioneros Claretianos, pero ellos siempre nos han inculcado que debemos fortalecer las iglesias locales donde quiera que vayamos. Por esa razón me inscribí en la Delegación de Misiones del arzobispado de Zaragoza, pues es mi iglesia de origen y de referencia en España, y además me siento identificada con ella.

34 años en Colombia

Desde que llegué en diciembre de 1981 hasta la fecha de hoy, mi destino ha sido la cuenca media del río Atrato, en la que están ubicadas 124 comunidades negras, con una población aproximada de 45.000 habitantes. Aunque llevo 34 años en esta región, el rol desempeñado en cada momento o etapa ha ido cambiando en la medida que las organizaciones étnico-territoriales han asumido su papel, desplazando la presencia de los equipos misioneros hacia los programas que están más débiles en las comunidades, como Etnoeducación, etnosalud, fortalecimiento de las empresas comunitarias, derechos humanos, sin renunciar a nuestra acción prioritaria que es la formación bíblica y catequesis.

La realización de estas actividades me ha dado mucha satisfacción, esperanza y alegría, y como consecuencia de ello me siento muy a gusto en el Chocó y en Colombia. Inicialmente vine por 3 años y he ido renovando hasta llegar a los 34 que llevo actualmente.

Me siento chocoana y me siento colombiana, aprecio y quiero a este país, pues a pesar del conflicto armado que me ha tocado vivir durante 20 años, he visto un pueblo con muchas capacidades y posibilidades para construir una paz territorial duradera y con justicia social, que nos permita una convivencia armónica entre todos los colombianos y con la naturaleza, así como una sociedad incluyente, equitativa, justa y solidaria, en la que todos los colombianos tienen cabida, principalmente las víctimas. Después de vivir el conflicto armado, mi deseo es contribuir a la construcción de una paz justa y duradera, pues el pueblo colombiano merece un futuro lleno de vida y de abundancia para toda su población.

Un día normal

Me levanto a las 5-6 de la mañana, y trabajo en la preparación de actividades de ese día o de la semana, elaboración de informes, responder correos electrónicos, etc.

A las 7 am hacemos la oración las personas que vivimos en la casa

A las 7.45 am Desayuno

Después del desayuno (9 am) hasta la hora de almuerzo (12.30 pm) reuniones de trabajo; unas veces con Pastoral Social de la Diócesis de Quibdó, otras con Cocomacia para evaluar el área productiva y la implementación del plan de actividades, Seglares Claretianas, grupos de mujeres víctimas de la violencia, y/o gestiones en bancos e instituciones.

A las 12.30 pm Almuerzo

A la 1.30 pm Siesta (cuando se puede)

De las 2 pm a las 5.30 pm, reuniones, gestiones o trabajo en la casa preparando temas de formación, informes, elaboración de proyectos y atención a personas que lo solicitan.

A las 6 pm participación en la celebración de la eucaristía en alguna parroquia de Quibdó

A las 7 pm Comida.

A las 8 pm Descanso

De 9 a 10,30 pm trabajo en el computador (enviar y contestar correos)

A las 11 pm Descanso nocturno.

Esto es en Quibdó. Cuando salgo a las comunidades que están todas sobre el río Atrato y sus afluentes (Ichó, Tutunendo, Munguidó, Neguá, Tanguí, Beté, Buey, Bebaramá, Bebará, Murrí), la dinámica cambia porque el 100% del tiempo se dedica a la actividad programada con la comunidad, a visitar las familias y dialogar con ellas.

Una existencia plagada de anécdotas

  • Un año me tocó acompañar la celebración de la Semana Santa en una comunidad llamada Tanguí. Eran momentos en que el conflicto armado estaba muy duro y había bloqueos económicos por parte de los diferentes actores armados (paramilitares, fuerza pública y guerrilla) que impedían la entrada de alimentos a las comunidades. Me alojé en la casa de una señora llamada Juana Padilla y vi que arrimó un bote conocido que le entregó una cantidad bastante grande de plátano. En las comunidades es común el intercambio de productos, los que viven en zonas de pesca entregan pescado y los que viven en zonas agrícolas entregan plátano, yuca o arroz. Me puse contenta al ver que durante la Semana Santa íbamos a tener suficiente comida. Entré a la cocina para contemplar el plátano recibido y cuál fue mi sorpresa cuando veo más de 20 montones de plátano que Juanita había organizado para repartir a las familias que no tenían en la comunidad. Al ver que la cantidad que había guardado para ella y su familia era pequeña, le comenté: Juanita está bien que comparta, ¿pero usted cree que el plátano que está dejando nos alcanzará para toda la semana? Ella me contestó: Aurora yo no puedo estar tranquila guardando todo este plátano en la casa, sabiendo que hay muchas familias que no tienen. Además a usted ¿alguna vez le ha faltado comida cuando ha venido a esta casa? En esta oportunidad yo he sido la que he compartido de lo que he recibido, pero otras veces soy yo la que recibo de lo que otras familias consiguen, de esta manera todos nos ayudamos para que ninguna familia pase necesidad en la comunidad.
  • Cuando el conflicto armado estaba muy duro en una reunión comunitaria analizamos la situación y planteamos que se podría hacer. Una señora de mediana edad tomó la palabra y dijo: Debemos sembrar árboles, muchos árboles para que si nos matan, las personas que vengan a vivir a este territorio encuentren que comer.
  • Una vez me tocó acompañar una fiesta patronal en San Antonio de Buey y una matrona (son las señoras que tienen peso en la comunidad, es decir gozan de respeto y sus consejos son aceptados), me preguntó: ¿sus gracias? Yo no entendí la pregunta y no sabía que contestar; en ese momento una líder conocida que me acompañaba me dijo: le está preguntando su nombre y entonces contesté me llamo Aurora Bailón.

Nuevas vocaciones

Hay muchas personas que prestan servicios de voluntariado en acciones parecidas a las que realizamos como equipos misioneros desde una motivación filantrópica o humanitaria y es muy valiosa su labor, pues impulsan valores del Reino que humanizan a las personas y crean condiciones de dignidad, equidad y justicia. Este trabajo es valioso y lo debemos respetar y reconocer porque contribuye a construir el Reino de Dios aquí y ahora.

Sin embargo, para mí es muy importante vivir la vocación misionera expresada desde una motivación religiosa, partiendo del seguimiento de Jesús de Nazaret. La figura de Jesús nos aporta un testimonio de vida tan fascinante que si lo seguimos damos un gran avance en la vivencia plena de los valores del Reino, transformando la sociedad desde el amor, la inclusión, la construcción de la paz, la armonía con Dios, los seres humanos y la naturaleza, sin necesidad de recurrir a la violencia. Jesús es la persona que más lejos ha llegado en la historia en el proceso de humanización de la humanidad, superando la ley del Talión y llevando el mandato del amor hasta el límite de amar a los enemigos y de perdonar a los que injustamente lo asesinaron, ninguna persona en la historia ha llegado hasta esos límites. Por eso siento que es un don de Dios el hecho de ser cristiana, pues Jesús a través de un camino de luz, de verdad y de vida nos lleva a que seamos cada vez más imagen y semejanza de Dios.

Desde mi vocación misionera quise vivir mi compromiso cristiano junto a las comunidades afrocolombianas del Medio Atrato, para acompañarlas en sus aspiraciones de lograr unas condiciones de vida dignas, igualdad de oportunidades y una sociedad incluyente, solidaria, fraterna, con equidad de género y en la que los conflictos y diferencias se resuelvan por la vía del diálogo y del consenso. Como contrapartida he recibido de las comunidades su cariño, acogida y reconocimiento, siendo evangelizada por la entrega de muchos líderes y lideresas, que han dedicado su vida al servicio de las comunidades y del proceso organizativo, dando testimonio de sus valores éticos y culturales. Todas estas vivencias me han generado un gran cariño hacia estas comunidades, a las que considero mi segunda familia.

Apoyo imprescindible

Para que los misioneros y misioneras puedan realizar su labor necesitamos el apoyo de la gente de a pie, que día a día trabaja para sacar la familia adelante, generando vida y bienestar para la sociedad. Somos una familia eclesial y una familia humana. El plan de Dios es que todas las personas, sin exclusión de nadie, disfruten los derechos fundamentales que todo ser humano tiene, como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud, al trabajo, a una vivienda digna, a una naturaleza sana, y para ello necesitamos que todos nos concienticemos de esta realidad y que desde donde nos encontremos aportemos para que el plan de Dios se haga realidad. ¿Cómo podemos apoyar? Se me ocurren 4 formas de hacerlo:

  • A través de la oración, pues lo que deseamos y pedimos a Dios de corazón se convierte en una energía positiva que va haciendo posible que avancemos hacia esa meta.
  • Concientizando a las personas que nos rodean sobre este plan de Dios y la necesidad de que todos nos comprometamos para que salga adelante.
  • Apoyando políticamente los procesos y propuestas organizativas de los pueblos a través de políticas públicas que busquen la equidad social y el bienestar de todos los pueblos.
  • Aportando recursos económicos de acuerdo a las posibilidades que tengamos para facilitar el acompañamiento de misioneros y misioneras y la realización de actividades encaminadas a la formación y el desarrollo integral de todos los pueblos.

(Archidiócesis de Zaragoza)

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