Contemplar a Cristo en el Rosario

Mons. Casimiro López Llorente            Queridos diocesanos: En mi última carta decía que los actos de piedad o religiosidad popular cristiana son también espacios válidos para el encuentro personal y comunitario con Jesucristo.

Y uno de estos actos es el rezo de santo Rosario. No cabe la menor duda que el rezo sosegado y devoto del Rosario, hecho en compañía y a ejemplo de María, nos lleva a contemplar el rostro de Cristo, y así a conocerle, amarle y seguirle. Recitar el Rosario, nos dijo San Juan Pablo II, es “en realidad contemplar con María el rostro de Cristo”.

El Rosario es una oración sencilla y profunda a la vez. Rezado con atención, fe y devoción nos conduce a la contemplación del rostro de Cristo, nos lleva al encuentro con su Persona, con sus palabras y con sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Desde la contemplación de los misterios del Rosario llegamos a la Persona misma de Jesucristo. Su rezo se encuadra en el camino espiritual de nuestra Iglesia diocesana, llamada a ser una comunidad evangelizada y evangelizadora con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor Jesús. Si nuestras parroquias quieren ser presencia viva de Jesús y de su Evangelio en el pueblo o en el barrio, hemos de volver nuestra mirada a Jesús, reencontrarnos con El, contemplar su rostro, para así conocer, amar, seguir y anunciar a Cristo y el Evangelio.

El rezo del Rosario, lejos de alejarnos de Cristo, nos lleva a Él. El Rosario es una oración de marcado carácter mariano; pero, como siempre, María nos lleva a Cristo; de manos de la Madre vamos a su Hijo. Así, centrados en Cristo, en el rezo del Rosario podemos aprender de María a contemplar la belleza del rostro de su Hijo y a experimentar la hondura de su amor desde la profundidad de todo el mensaje evangélico.Porque el Rosario es una oración netamente evangélica; se nutre directamente de las fuentes del Evangelio. No sólo los misterios de gozo y de luz, de dolor o de gloria, sino también las oraciones principales están tomadas directamente del Evangelio. Al comienzo de cada misterio, oramos con las mismas palabras con que Jesús nos enseño y mandó orar a sus discípulos: el Padrenuestro, la oración cristiana por excelencia. En cada Avemaría nos dirigimos a la Virgen con las palabras de saludo del ángel Gabriel en la Anunciación del Hijo de Dios y de alabanza gozosa de su prima Isabel en la Visitación; y con la Iglesia pedimos su intercesión por todos en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, la oración se hace invocación y alabanza al Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’(Pío XII y Pablo VI).

El rezo del Rosario se convierte así en medio para el primer anuncio del Evangelio. La concatenación de los misterios -de gozo y de luz, de dolor y de gloria- no sólo siguen paso a paso el orden cronológico de los hechos más importantes; ellos reflejan además el primitivo anuncio de la fe y proponen el misterio de Cristo como Pedro lo hizo en su primer discurso el día de Pentecostés (Act 2, 14-36). De manos de Maria recorremos y anunciamos los misterios más importantes de la historia de la Salvación de Cristo: desde su encarnación hasta su pasión, muerte y resurrección.

El Rosario es fuente de gracias abundantes. Su rezo sosegado, tranquilo y devoto nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión vital con Cristo en la contemplación de los misterios. Y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo, al ofrecer su rezo por alguna necesidad propia o ajena, de personas cercanas o desconocidas, de las familias, de la sociedad, de la humanidad o de la Iglesia. Peticiones todas ellas que, si son sinceras, irán unidas necesariamente al compromiso efectivo por dichas peticiones.

Recemos el Rosario en privado o en grupo, en las parroquias, en las comunidades y en las familias. Y hagámoslo con atención de mente, contemplando lo que rezamos. Evitemos su rezo mecánico y distraído. El Rosario no ocupa ciertamente el mismo lugar de la Liturgia ni puede sustituirla o suplantarla; pero lejos de oponerse a ella, el Rosario nos prepara y conduce a ella, nos ayuda a una participación más consciente y plena, y propicia su asimilación personal.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.