Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

RodriguezPlazaBraulioMons. Braulio Rodríguez            En el Programa pastoral 2016-2017 ocupan un lugar destacado las actividades que tiene como fin dar a conocer la Sagrada Escritura en la vida de los hijos de la Iglesia y en su iniciación cristiana: Jornadas de Pastoral; la aventura de adentrarnos en la Biblia en familia con la “lectio divina”; las charlas básicas para fieles laicos, sacerdotes y consagrados sobre la Escritura Santa en cursos concretos; proyectos para fomentar la lectura de la Palabra de Dios; curso de profundización en cinco sesiones interesantes; creación de grupos bíblicos, publicación del evangelio de san Mateo en árabe; concurso en torno a la Palabra de Dios en colegios, catequesis y familia. También pensamos en peregrinación diocesana a Tierra Santa, para leer “el quinto evangelio”. El mismo Arzobispo ha escrito una carta pastoral, “Conocer las Escrituras es verdadero alimento y verdadera bebida”, que no quiere ser sino un acicate más para romper la inercia que nos lleva a una verdadera ignorancia sobre la Biblia. Se impide así nuestro trato filial y la oración con Aquel que nos abre su corazón para llevar adelante la nueva alianza en Cristo, su Hijo Amado.

Ya el Concilio Vaticano II insistía en sus documentos que, a través de la Escritura, Cristo se hace presente en su Iglesia y en el mundo: “Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla” (Sobre la Liturgia, n. 7). Todos los otros medios que llevan al conocimiento de Dios palidecen ante este “unum necessarium”, esto es, lo que es indispensable y universal por lo que el Espíritu Santo continúa el coloquio, la conversación amorosa con su Esposa, la Iglesia, hasta el fin de los siglos. Es precepto del Señor cuando nos dice: “Escudriñad las Escrituras (…), pues ellas están dando testimonio de mí” (Jn 5,39). Así no tendrá que decirnos Jesús como a sus contemporáneos: “No entendéis las Escrituras ni el poder de Dios”.

Pero hay más. Cristo, dice san Pablo, es el poder de Dios y la sabiduría de Dios; por esta razón, el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, porque “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Esta frase de san Jerónimo, en su comentario al profeta Isaías, da que pensar y tal vez explica el bajo tono de vida cristiana en los católicos de hoy, o nuestro despiste y ambigüedad sobre lo que es más nuclear y esencial de nuestra fe. También puede explicar que nuestra relación con el Dios Trinidad sea a veces tan fría, tan distante. Cambiaría si cada día leyéramos un trozo de la Palabra de Dios.

Brevemente: la “lectio divina” es una lectura, individual o comunitaria de un pasaje más o menos largo de la Escritura, el cual es acogido como Palabra de Dios, y por ello se realiza bajo la influencia del Espíritu Santo, cuya ayuda se pide. Tras la lectura del texto, se vuelve a leer para ver qué me dicen a mí esas palabras, que se meditan y se contemplan como regalo de Dios, que sirven para rezar. El texto escogido lo leemos “en la Iglesia”, que decía el documento conciliar del inicio, porque esa lectura es la que se corresponde mejor con la intención de Dios al redactarlo el autor humano de la Biblia, sea el libro que sea. Para aquellos que la practican, esta “lectura divina” les afina la percepción, les enriquece el entendimiento, levanta el error y la culpa, expulsa la vanidad, ordena la vida, corrige los malos hábitos y despierta un deseo por Cristo y la Patria celestial. Esta es la opinión del monje benedictino Smaragdo.

La carta anima, por supuesto, a romper esa especie de dura corteza que nos impide penetrar en la Escritura y gozar de sus consuelos. Lo cual vale para niños, adolescentes, jóvenes y adultos. ¿Por qué, pues, no formar parte del proyecto “Bebet-ab” de iniciación a la “lectio divina” en familia a la que anima el Programa pastoral de este año? ¿O participar de un grupo que en tu parroquia se cree que siga un plan de conocimiento elemental de la Biblia? O, si eres cofrade, ¿te animas a la práctica de la lectio divina  preparada para miembros de Hermandades y Cofradías? Todo menos quedarte de brazos cruzados y sin hacer nada que merezca la pena, para salir de tu posible aburrimiento en tu vida cristiana.

 

+Braulio Rodríguez Plaza,

Arzobispo de Toledo

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.