Francisco en Georgia: «Dichosa la Iglesia que no cede a los criterios del funcionalismo y de la eficiencia organizativa y no presta atención a su imagen»

La primera actividad pública del Papa Francisco durante su segunda jornada en Georgia, el sábado 1 de octubre, fue la celebración de la Santa Misa en el Estadio Meskhi de la capital de esta nación.

En su homilía, partiendo de la memoria litúrgica del día, que presenta la figura de Santa Teresa del Niño Jesús, el Obispo de Roma destacó que entre los muchos tesoros de este espléndido país sobresale el valor que representan las mujeres, quienes, como escribía la joven Santa y Doctora de la Iglesia «aman a Dios en número mucho mayor que los hombres».

Tras afirmar que en Georgia, hay muchas abuelas y madres que siguen conservando y transmitiendo la fe, sembrada en esta tierra por Santa Nino, y que llevan el agua fresca del consuelo de Dios a muchas situaciones de desierto y conflicto, el Papa Bergoglio se refirió a la belleza de lo que el Señor dice en la primera lectura, a saber: «Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo» y pidió a los fieles que permitan que estas palabras resuenen en sus corazones, puesto que en medio de las vicisitudes de la vida – dijo – encontramos el consuelo en esta presencia de Dios en el corazón.

Francisco reafirmó la necesidad de tener siempre abiertas las puertas del consuelo porque Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y la Eucaristía. Mientras cuando la puerta del corazón se cierra, su luz no llega y se queda a oscuras. Y así – prosiguió –  nos acostumbramos al pesimismo, a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán; y terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en los sótanos de la angustia y solos.

Después de recordar que Dios no nos consuela sólo en el corazón, sino que cuando hay comunión entre nosotros obra su consuelo, el que se encuentra en la Iglesia – que definiócasa del consuelo – porque en ella Dios desea consolar; el Pontífice invitó a preguntarnos si somos portadores del consuelo de Dios y si somos capaces de acoger y consolar al otro como huésped. Porque como explicó, el cristiano, independientemente de la condición en la que se encuentre, siempre está llamado a infundir esperanza llevando la luz, el calor de su presencia y el alivio del perdón de Jesús.

El Sucesor de Pedro no olvidó los sufrimientos, pruebas, injusticias y preocupaciones que tantas personas viven en este país. De ahí que haya insistido en la necesaria unción del corazón, el consuelo del Señor, que aunque no elimina los problemas, da esa fuerza del amor, que ayuda a sobrellevar con paz el dolor. Por esta razón el Papa reafirmó que recibir y llevar el consuelo de Dios es la urgente misión de la Iglesia. E invitó a que no se fosilicen en lo que no funciona; puesto que no hay que acostumbrarse a un «microclima» eclesial cerrado. Al contrario, es bueno que se compartan horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas; a la vez que hizo hincapié en la condición fundamental para recibir el consuelo de Dios: hacerse pequeños como niños.

Hacia el final de su homilía el Santo Padre invitó a recordar que somos, siempre, y ante todo, hijos del Padre y no dueños de la vida; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos y recibir su amor y su perdón.

Antes de resumir estas ideas con algunas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús, Francisco se alegró por las comunidades cristianas que viven esta genuina sencillez evangélica a pesar de ser pobres de recursos. De la misma manera dijo que son dichosos los pastores que no se apuntan a la lógica del éxito mundano, sino que siguen la ley del amor, es decir: la acogida, la escucha y el servicio. Y dichosa la Iglesia que no cede a los criterios del funcionalismo y de la eficiencia organizativa, sin prestar tanta atención a su imagen.

El Papa pidió a este pequeño y amado rebaño de Georgia, que tanto se dedica a la caridad y a la formación, que acoja el aliento que le infunde el Buen Pastor, confiando en Aquel que lleva a esta Iglesia sobre sus hombros y la consuela.

(María Fernanda Bernasconi – RV)

Homilía del Santo Padre Francisco en el Estadio M. Meskhi de Georgia

Entre los muchos tesoros de este espléndido país destaca el gran valor que representan las mujeres. Ellas – escribía santa Teresa del Niño Jesús, cuya memoria celebramos hoy – «aman a Dios en número mucho mayor que los hombres» (Manuscritos autobiográficos, Manuscrito A, VI). Aquí en Georgia, hay muchas abuelas y madres que siguen conservando y transmitiendo la fe, sembrada en esta tierra por santa Nino, y llevan el agua fresca del consuelo de Dios a muchas situaciones de desierto y conflicto.

Esto nos ayuda a comprender la belleza de lo que el Señor dice en la primera lectura de hoy: «Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo» (Is 66, 13). Como una madre toma sobre sí el peso y el cansancio de sus hijos, así quiere Dios cargar con nuestros pecados e inquietudes; él, que nos conoce y ama infinitamente, es sensible a nuestra oración y sabe enjugar nuestras lágrimas. Cada vez que nos mira se conmueve y se enternece con un amor entrañable, porque, más allá del mal que podemos hacer, somos siempre sus hijos; desea tomarnos en brazos, protegernos, librarnos de los peligros y del mal. Dejemos que resuenen en nuestro corazón las palabras que hoy nos dirige: «Como una madre consuela, así los consolaré yo».

El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón. Porque su presencia en nosotros es la fuente del verdadero consuelo, que permanece, que libera del mal, que trae la paz y acrecienta la alegría. Por lo tanto, si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida. Y para que el Señor habite establemente en nosotros, es necesario abrirle la puerta y no dejarlo fuera. Hay que tener siempre abiertas las puertas del consuelo porque Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y la Eucaristía. A través de estas puertas el Señor entra y hace que las cosas tengan un sabor nuevo. Pero cuando la puerta del corazón se cierra, su luz no llega y se queda a oscuras. Entonces nos acostumbramos al pesimismo, a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán. Y terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en los sótanos de la angustia, solos. Si, por el contrario, abrimos de par en par las puertas del consuelo, entrará la luz del Señor.

Pero Dios no nos consuela sólo en el corazón; por medio del profeta Isaías, añade: «En Jerusalén seréis consolados» (66, 13). En Jerusalén, en la comunidad, es decir en la ciudad de Dios: cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios. En la Iglesia se encuentra consuelo, la Iglesia es la casa del consuelo: aquí Dios desea consolar.

Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado? El cristiano, incluso cuando padece aflicción y acoso, está siempre llamado a infundir esperanza a quien está resignado, a alentar a quien está desanimado, a llevar la luz de Jesús, el calor de su presencia y el alivio de su perdón. Muchos sufren, experimentan pruebas e injusticias, viven preocupados. Es necesaria la unción del corazón, el consuelo del Señor que no elimina los problemas, pero da la fuerza del amor, que ayuda a llevar con paz el dolor. Recibir y llevar el consuelo de Dios: esta misión de la Iglesia es urgente. Queridos hermanos y hermanas, sintámonos llamados a esto; no a fosilizarnos en lo que no funciona a nuestro alrededor o a entristecernos cuando vemos algún desacuerdo entre nosotros. No está bien que nos acostumbremos a un «microclima» eclesial cerrado, es bueno que compartamos horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas y salir de nosotros mismos.

Pero hay una condición fundamental para recibir el consuelo de Dios, y que hoy nos recuerda su Palabra: hacerse pequeños como niños (cf. Mt 18, 3-4), ser «como un niño en brazos de su madre» (Sal 130,2). Para acoger el amor de Dios es necesaria esta pequeñez del corazón: en efecto, sólo los pequeños pueden estar en brazos de su madre.

Quien se hace pequeño como un niño – nos dice Jesús – «es el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18,4). La verdadera grandeza del hombre consiste en hacerse pequeño ante Dios. Porque a Dios no se le conoce con elevados pensamientos y muchos estudios, sino con la pequeñez de un corazón humilde y confiado. Para ser grande ante el Altísimo no es necesario acumular honores y prestigios, bienes y éxitos terrenales, sino vaciarse de sí mismo. El niño es precisamente aquel que no tiene nada que dar y todo que recibir. Es frágil, depende del papá y de la mamá. Quien se hace pequeño como un niño se hace pobre de sí mismo, pero rico de Dios.

Los niños, que no tienen problemas para comprender a Dios, tienen mucho que enseñarnos: nos dicen que él realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es simple y sincero, sin dobleces. Nos lo muestra el Evangelio, donde se realizan grandes maravillas con pequeñas cosas: con unos pocos panes y dos peces (cf. Mt 14, 15-20), con un grano de mostaza (cf. Mc 4, 30-32), con el grano de trigo que cae en tierra y muere (cf. Jn 12, 24), con un solo vaso de agua ofrecido (cf. Mt 10, 42), con dos pequeñas monedas de una viuda pobre (cf. Lc 21, 1-4), con la humildad de María, la esclava del Señor (cf. Lc 1, 46-55).

He aquí la sorprendente grandeza de Dios, un Dios lleno de sorpresas y que ama las sorpresas: nunca perdamos el deseo y la confianza en las sorpresas de Dios. Nos hará bien recordar que somos, siempre, y ante todo, hijos suyos: no dueños de la vida, sino hijos del Padre; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos, recibir amor y perdón. Dichosa las comunidades cristianas que viven esta genuina sencillez evangélica. Pobres de recursos, pero ricas de Dios. Dichosos los pastores que no se apuntan a la lógica del éxito mundano, sino que siguen la ley del amor: la acogida, la escucha y el servicio. Dichosa la Iglesia que no cede a los criterios del funcionalismo y de la eficiencia organizativa y no presta atención a su imagen. Pequeño y amado rebaño de Georgia, que tanto te dedicas a la caridad y a la formación, acoge el aliento que te infunde el Buen Pastor, confíate a Aquel que te lleva sobre sus hombros y te consuela.

Quisiera resumir estas ideas con algunas palabras de santa Teresa del Niño Jesús, a quien recordamos hoy. Ella nos señala su «pequeño camino» hacia Dios, «el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre», porque «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud» (Manuscritos autobiográficos, Manuscrito B). Lamentablemente – como escribía entonces, y ocurre también hoy – Dios encuentra «pocos corazones que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito» (ibíd.). La joven santa y Doctora de la Iglesia, por el contrario, era experta en la «ciencia del Amor» (ibíd.), y nos enseña que «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar»; nos recuerda también que «la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón» (Manuscrito C). Pidamos hoy, todos juntos, la gracia de un corazón sencillo, que cree y vive en la fuerza bondadosa del amor, pidamos vivir con la serena y total confianza en la misericordia de Dios.

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