‘La liturgia de las horas, torrente de gracia y bendición para la iglesia’

asenjopelegrinajuanjoseMons. Juan José Asenjo            Queridos hermanos y amigos:

Como en años anteriores al comienzo de curso pastoral, me dirijo a vosotros, sacerdotes y diáconos de la Archidiócesis, con una exhortación espiritual, fraterna e íntima, que hago llegar también a los miembros de la  vida consagrada que colaboran loablemente con nosotros en la pastoral diocesana. Es importante al inicio de nuestras tareas pastorales, poner a punto nuestro espíritu para adentrarnos en la misión con entusiasmo y generosidad.

 

  1. Invitación a la esperanza.

En la primera parte de las Orientaciones Pastorales Diocesanas, que entregaremos a la Archidiócesis en la clausura del Jubileo de la Misericordia el próximo 13 de noviembre, hemos incluido una descripción aproximada de la situación religiosa y social de nuestra Iglesia particular. La hemos redactado contando con las aportaciones de las delegaciones diocesanas, de los diferentes consejos, de los arciprestazgos, de la Confer y de otras instituciones. Las debilidades, endebleces, y carencias que allí se describen, lejos de desanimarnos, más bien nos deben estimular, pues contamos con la ayuda eficaz del Señor y de su Madre bendita, con un presbiterio celoso y entusiasta, con unos seminarios que son un manantial cierto de esperanza, con la colaboración generosa de la vida consagrada masculina y femenina y con unos laicos, pertenecientes a los grupos parroquiales, a los movimientos y a las hermandades, de verdadera calidad espiritual y apostólica.

En vosotros, queridos sacerdotes, veo a la Archidiócesis entera y la miro con esperanza y sin temor. Como en otras ocasiones vuelvo a manifestaros mi estima y afecto, a la vez que mi sincero deseo de serviros. En los últimos días habéis recibido el fascículo de las programaciones diocesanas, con el calendario de retiros, ejercicios espirituales, formación permanente y encuentros sacerdotales. La Archidiócesis y los obispos a la cabeza quieren poner a vuestro servicio los mejores medios posibles para que viváis el ministerio sacerdotal con gozo, con verdad y entrega total.

 

  1. La Liturgia de las Horas, alabanza perenne.

Diversos temas me venían a la mente para tratar en esta carta. Ha prevalecido una reflexión sobre la oración oficial de la Iglesia, la Liturgia de las Horas. Hay pocas cosas en la vida de los sacerdotes, diáconos y consagrados que la Iglesia preceptúe como graves. En general, lo hace para urgir o salvaguardar preceptos divinos. El precepto dominical y la comunión pascual, vienen a urgir un mandato del Señor. En nuestro caso, si la Iglesia obliga gravemente a los obispos, sacerdotes, diáconos, monjes y monjas a recitar cada día la Liturgia de las Horas es porque ve en ello un deber mayor, el que la Iglesia tiene de garantizar el cumplimiento del mandato del Señor para que en ella no falte nunca la alabanza perenne.

Es un honor y un gozo que la Iglesia nos encomiende a nosotros, sacerdotes, diáconos y consagrados, esta tarea, de modo que aseguremos en ella de forma permanente la glorificación de Dios nuestro Señor. La plegaria perenne y continuada es un deber de todos nosotros, especialmente de los sacerdotes. En los comienzos de la vida de la Iglesia, los Apóstoles encargan a los diáconos “el servicio de las mesas” para dedicarse ellos preferentemente “a la oración y al servicio de la palabra” (Hch 6 2-4).

 

  1. La oración de Jesús.

La oración es algo esencial en la existencia histórica de Jesús. Ya antes de la encarnación, in sinu Patris, todo en Él tiene una clara impronta sacerdotal. Él es “nuestro sumo sacerdote, santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo” (Heb 7,26). Él se ofrece al Padre como sacerdote para salvar a la humanidad necesitada de redención (Heb 10,5ss). Esa cualidad sacerdotal permanece después de su ingreso en el mundo y durante toda su vida terrena. En ella, Jesús ofrece a su Padre como sacerdote una adoración y una alabanza ininterrumpidas (Hebr 10,8).

Toda la vida de Jesús fue un homenaje sacerdotal al Padre celestial. Así lo reconoce el Concilio Vaticano II: “El sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales. Él mismo une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza[1]. La Ordenación General de la Liturgia de las Horas (OGLH), por su parte, nos dice que desde su encarnación, “resuena en el Corazón de Cristo la alabanza a Dios con palabras humanas de adoración, propiciación e intercesión: todo ello lo presenta al Padre, en nombre de los hombres y para bien de todos ellos, Él que es principio de la nueva humanidad y mediador ante Dios”[2] .

Al encarnarse, Jesús no ha dejado de ser la Palabra viviente y eterna, el cántico que era desde toda la eternidad en el seno del Padre. Pero al asumir la naturaleza humana ha alabado al Padre de una manera nueva. Desde entonces existe en la tierra una alabanza humana que es propia del Verbo Encarnado. Desde entonces toda la naturaleza creada toma en Él y de Él un nuevo estímulo para bendecir, alabar y adorar al Padre. Jesús pasa así a ser la boca de toda la creación. Será la alabanza del Hijo de Dios, alabanza divina pero expresada en lenguaje humano.

 

  1. Jesús ora constantemente.

Jesús no sólo nos invita a orar, sino que también ora constantemente. Los discípulos lo ven orar. La OGLH nos dice que “el Hijo de Dios, que es una sola cosa con el Padre […] se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración. En efecto los Evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración […] Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma”[3].Jesús es un verdadero orante. Vive en constante oración. Se entrega a ella durante largas horas, de día y de noche. Este es el testimonio de los evangelistas: “Después de despedir a la gente, subió a un monte solitario para orar y llegada la noche estaba allí solo” ( Mt 14, 23); “Muy de mañana, mucho antes de amanecer, se levantó y se fue a un lugar desierto y allí oraba”  (Mc 1, 35); “Cada vez se extendía más su fama y concurrían muchedumbres a oírlo y a que los curara de sus enfermedades, pero él se retiraba a lugares solitarios y se entregaba a la oración” (Lc 5, 15-16).

Durante su vida histórica, Jesús ofrece a Dios el culto de la plegaria que todo hombre debe rendirle en justicia. Jesús honra a su Padre con la adoración, el amor, la alabanza, la acción de gracias y la súplica. Pero antes de subir al cielo lega a la Iglesia, su esposa, la inmensa riqueza de sus méritos, de sus gracias y de su enseñanza, como también el poder de continuar en la tierra la obra de glorificar a la Trinidad que Él había inaugurado. De este modo, la Iglesia se apoya en Jesucristo para que su plegaria llegue hasta Dios, máxime por cuanto Jesús la hace suya en el cielo.

 

  1. La oración del sacerdote, aspecto irrenunciable del ministerio.

Jesús nos encarece la necesidad de orar: “Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18, 1). Un discípulo de Jesús tiene que ser una persona de oración. Así lo entendieron los primeros cristianos, que“perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). Quiera Dios que nosotros los sacerdotes, diáconos y consagrados, amemos la oración y la sintamos como una necesidad del corazón. Nuestra oración es una exigencia de amistad. El sacramento del orden, en el caso de los sacerdotes y los diáconos, y la profesión de los consejos evangélicos, en el caso de los consagrados, nos configura ontológicamente con Jesucristo y establece en nosotros una vinculación personal con Él, que se incrementa por el hecho de haber querido compartir con nosotros su misión[4].

En virtud de esa configuración ontológica y de la participación en su tarea, somos sus colaboradores, sus compañeros, llamados a vivir una relación de profunda amistad. Somos los amigos del Esposo (Mt 9,15). Como a los Apóstoles, Él nos ha llamado  para estar con Él y para enviarnos a predicar  (Mc 3,15-16). Como los Doce, también nosotros hemos sido elegidos para estar con Él, para compartir su intimidad, conocer su misterio y su identidad más profunda, para confesarlo ante nuestros fieles cada vez con mayor hondura y emoción. No es posible vivir la misión apostólica, sin estar con Él, sin la oración de amistad e intimidad.

En realidad, ambos aspectos, “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”, constituyen el anverso y el reverso de la misma llamada y, por tanto, del mismo y único ministerio. Así lo entienden también los Apóstoles, que cuando eligen a los diáconos (Hech 6,4), explican el paso que acaban de dar apelando a la necesidad de dedicarse íntegramente al ministerio, que ellos concretan en dos actividades: la oración y la predicación. Esto quiere decir, que estar con Él y predicar su nombre, son dos flancos inseparables del ministerio de salvación que también nosotros hemos recibido. Si esto es así, la conclusión es obvia: la oración, nacida de la amistad, pertenece constitutivamente a la misión, que no se concibe sin la oración, pues las funciones que conlleva no son las propias de los funcionarios profesionales, sino las propias de los amigos, los amigos del Esposo (Mt 9,15).

Así lo entiende también san Juan de Ávila, quien en su Tratado sobre el sacerdocio nos dice a los presbíteros lo siguiente: “No se engañe nadie, que pues conforme al oficio ha de ser la aptitud para el oficio, tan amoroso y de tanta familiaridad no conviene a todos, sino a aquellos que tienen particular familiaridad, amistad y conversación muy estrecha en sus ánimos con Dios”[5]. La consecuencia es evidente, también en el caso de los consagrados: si la amistad no se cultiva en la oración, también la misión pierde en gran medida su identidad y calidad.

 

  1. La finalidad primera de la Liturgia de las Horas es la alabanza.

No es fácil precisar los orígenes de la Liturgia de las Horas. Clemente de Alejandría (+ 215) atestigua la existencia en su época de un oficio ajustado a tiempos precisos[6]. Una Liturgia de las Horas aproximada a lo que hoy conocemos se va configurando a raíz de la libertad de la Iglesia con el Edicto de Milán en el año 313, y va fraguando con el desarrollo del monacato, especialmente benedictino, juntamente con el canto salmódico, la música litúrgica y el canto gregoriano. El Oficio Divino se perfecciona en la época carolingia y llega a su plenitud después del Concilio de Trento, cuando en 1568 se pública el breviario unificado, que se enriquecerá en el pontificado de san Pio X y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II[7].

En la Liturgia de las Horas “la Iglesia bendice al Padre mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias e implora el don de su Hijo y del Espíritu Santo”[8]. Como toda otra celebración litúrgica, por ser“obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”[9].

En la Tradición y en los documentos de la Iglesia, el objeto y finalidad de la Liturgia de las Horas no es otro que la alabanza, la acción de gracias y la súplica. La alabanza es el deber primordial de toda criatura racional y mucho más del cristiano. Como afirma san Ignacio de Loyola, “hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”[10]. La alabanza tiene como punto de partida el reconocimiento de la infinita grandeza de Dios, de su infinito poder, sabiduría y amor. La alabanza es la estima sin límites de la grandeza de Dios, una estima amorosa que se expresa con palabras. No es sólo una constatación objetiva y fría, sino un reconocimiento lleno de entusiasmo y de lirismo. La alabanza divina no es un simple elogio, sino adoración total y totalizante.

 

  1. Aspecto importante es también la acción de gracias.

La acción de gracias brota espontanea del reconocimiento de que todo cuanto somos y tenemos, tanto en el orden natural, como en el sobrenatural, lo hemos recibido de Dios de forma absolutamente liberal y gratuita. Dar gracias a Dios por el don de la vida, que cada mañana redescubrimos al despertar, y por todos los dones naturales que Dios nos concede continuamente, por la vocación cristiana, por el regalo del bautismo, nuestra pertenencia a la Iglesia, la gracia del sacerdocio, el diaconado o el don de la vocación de especial consagración, no es sólo un signo de magnanimidad, sino el reconocimiento de una deuda infinita que jamás podremos pagar. Otro tanto podemos decir de nuestra perseverancia actual, cuando tantos hermanos nuestros han abandonado la fe, el ministerio o la vida consagrada. También por ello, hemos de dar rendidas gracias a Dios que nos sostiene de la mano a pesar de nuestras debilidades y miserias.

La Liturgia de las Horas es una continuación homogénea de la Santa Misa. Ella es Eucaristía, que significa acción de gracias. Es el Sacrificium laudis por excelencia, en el que por Cristo, con Él y en Él damos a Dios Padre omnipotente todo honor y toda gloria. A esta acción de gracias prevalente, que es la Santa Misa, como preparación, complemento o continuación de la misma, se suma la Liturgia de las Horas. Así nos lo enseña el Concilio Vaticano II a los sacerdotes: “las alabanzas y las acciones de gracias que los presbíteros elevan en la celebración eucarística, las continúan por las diversas horas del día en el rezo del Oficio Divino con que en nombre de la Iglesia, piden a Dios por todo el pueblo a ellos confiado o por mejor decir por todo el mundo[11]. Eucaristía y Liturgia de las Horas brotan del único sacrificio de Cristo, del cual ambos son actualización “con idéntico fin, la redención de los hombres y la perfecta glorificación del Padre”[12].

 

  1. La Liturgia de las Horas, oración del Cuerpo Místico.

En la oración privada también alabamos a Dios y le damos gracias, pero no es suficiente, pues la alabanza y la acción de gracias se realizan de forma eminente cuando la Iglesia, como comunidad, como Cuerpo Místico de Cristo y pueblo sacerdotal, asume de manera plena ese deber. La Liturgia de las Horas es acción litúrgica, acción sagrada, desempeñada por el pueblo de Dios. Ni la Santa Misa, ni la Liturgia de las Horas son oración de fieles aislados sino de una comunidad, del Cuerpo Místico con su Cabeza. No hay liturgia sino cuando la comunidad actúa como Iglesia, uniéndose en la tierra a la liturgia celeste. Cuando hay una celebración litúrgica, por pequeña que sea la comunidad, es la Iglesia entera la que actúa, o sea Cristo-Cabeza con su Cuerpo Místico.

La recitación privada que hacemos ordinariamente los sacerdotes no es tal oración privada, sino pública. La hacemos en nombre de Cristo-Cabeza y representando a toda la comunidad. A través de nuestra oración, la comunidad cristiana vive unida al Padre en espíritu de plegaria, alaba, da gracias e impetra el favor de Dios. La gracia y bendición del Señor responde a esa oración derramándose abundantemente sobre la comunidad y sobre el mundo. ¡Qué pobre queda, pues, y qué desvalida una comunidad cuyo pastor y cabeza, abandona la plegaria oficial y el obligado culto a Dios! Estoy convencido de que sólo la ignorancia o la inconsciencia hacen posible que un sacerdote o un diácono abandone este sagrado deber, el ministerio de la oración.

 

  1. La Liturgia de las Horas, oración de intercesión.

Todos somos conscientes de que en esta tierra existe el pecado y sus consecuencias. La redención de Cristo ha sembrado en nuestro mundo la “buena semilla”, pero el enemigo a su vez ha sembrado la“cizaña”, que coexiste con aquella (Mt 13,24-30). Solamente al final de los tiempos tendrá lugar la plenitud de la redención y serán separados el trigo y la cizaña. Por ello, aquí en la tierra tenemos necesidad de luchar contra el mal en nosotros y en el mundo. De ello nos advierte el Concilio Vaticano II cuando nos dice que “toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”[13]. Las armas en esta lucha son la oración y la penitencia. En el Huerto de los Olivos, ante la contienda que se avecinaba, Jesús encareció a los apóstoles que dormían: “vigilad y orad” (Mt 26,41). En otro momento de la vida pública, ante la dificultad para liberar a un endemoniado, dice a sus apóstoles: “esa especie [de demonios] no puede salir sino con oración” (Mc 9,29).

La oración de la Liturgia de las Horas, además de alabanza y acción de gracias, es intercesión para alcanzar de la misericordia divina las gracias y dones que sólo Dios nos puede dar, si se lo pedimos con fe. “Pedid, y se os dará; -nos dice el Señor- Buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá, Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca halla; y al que llama, se le abre” (Mt 7:7,8). En el sermón de la Cena nos asegura que “todo lo que pidáis en mi nombre lo haré, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14,13-14).

La nueva estructura de la Liturgia de las Horas se hace eco de esta dimensión de la oración de súplica que siempre existió en la Iglesia, y que ahora ha fraguado en forma de preces, tanto en Laudes como en Vísperas. En este sentido, reproduzco un texto realmente sobrecogedor, en el que san Juan de Ávila nos encarece a los sacerdotes la obligación de interceder por nuestro pueblo: “Padres míos ¿saben qué tales han de ser los gemidos que demos los sacerdotes en el acatamiento de Dios, pidiendo remedio para todo el mundo? […] A mí espántame mucho […] que pidan tal fuerza de oración que aproveche a todo el mundo […] oh, cuando seamos presentados en el juicio de Dios y nos hagan cargo de las guerras que hay, de las pestilencias, de los pecados, de las herejías, porque no hicimos nosotros lo que era de nuestra parte […] Padres míos, ¿saben qué tales han de ser los gemidos que demos los sacerdotes en el acatamiento de Dios pidiendo remedio para todo el mundo?”[14].

 

  1. Oramos con los salmos.

Dejando constancia de la riqueza de las lecturas bíblicas en todas las Horas, que en el caso del Oficio de Lecturas se complementan con las lecturas patrísticas, de escritores eclesiásticos eminentes o del Magisterio conciliar o pontificio, que tanto nos pueden enriquecer y estimular nuestra fidelidad, quiero decir unas palabras sobre los salmos, que son parte esencial de la Liturgia de las Horas. Con los salmos nos introducimos en la impresionante torrentera de la historia santa del Antiguo y el Nuevo Testamento, en la oración de los hombres de Dios del pueblo de la Antigua Alianza, en la oración de Jesús a lo largo de su vida, particularmente en sus instantes finales, en los que mantiene un coloquio ininterrumpido con el Padre. En él utiliza los más bellos fragmentos de los salmos, concluyendo la plegaria postrera de su vida con estas palabras estremecedoras del salmo 31: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

Los salmos fueron también orados por la Santísima Virgen, por los Apóstoles, por los santos y por los cristianos de todos los tiempos. En ellos se condensan todos los sentimientos de alabanza, intercesión, acción de gracias e impetración de dones de todos los hombres e, incluso, de toda la creación. Ellos nos sirven para poner ante Dios los sentimientos y las oraciones, no sólo de quienes rezamos la Liturgia de las Horas, sino de todos los miembros del pueblo de Dios que nos han sido encomendados, y aún de la humanidad entera. En ellos, Jesucristo, Hijo de Dios, como escribe san Agustín, “ora por nosotros como nuestro sacerdote, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros”[15].

Pero además, toda la Iglesia y toda la humanidad ora con nosotros. A través nuestro, el Espíritu Santo ora en nosotros con gemidos inefables y deposita nuestra plegaria en las manos del Padre. Al recitar los salmos somos la boca de Cristo, de la Iglesia y de todos y cada uno de los hombres, adorando, agradeciendo, intercediendo e impetrando ante el trono de Dios. La oración de Cristo, la oración de la Iglesia, las necesidades de nuestros hermanos los hombres son nuestra oración: ¡Este es el honor y el oficio de los sacerdotes y proporcionalmente de los diáconos y de los consagrados!

No me resisto a dejar de señalar que, a veces, en algunos ambientes, se sustituyen los salmos por composiciones que parafrasean o interpretan el texto inspirado y que casi siempre son de inferior calidad espiritual y literaria que el salmo prescrito por la liturgia. En ocasiones, incluso, haciendo un cierto sincretismo irenista, se utilizan textos escasamente religiosos de personajes beneméritos, pero no creyentes y que aportan poco a nuestra oración. Tendríamos que tratar de superar esta praxis por fidelidad a la Iglesia y por el aprecio que nos debe merecer la Palabra de Dios.

 

  1. La Liturgia de las Horas, consagración del tiempo

Un aspecto capital en la espiritualidad de la Liturgia de las Horas es la consagración del tiempo. La OGLH nos dice que “fiel y obediente al mandato de Cristo: “Es necesario orar siempre y no desfallecer” (Lc 18, l), la Iglesia no cesa un momento en su oración y nos exhorta a nosotros con estas palabras: “Ofrezcamos siempre a Dios el sacrificio de alabanza por medio de Él (Jesús) (Heb 3, 15). Responde al mandato de Cristo no sólo con la celebración eucarística, sino también con otras formas de oración, principalmente con la Liturgia de las Horas, que, conforme a la antigua tradición cristiana, tienen como característica propia la de servir para santificar el curso entero del día y de la noche”[16]. Nos dice también la OGLH que “siendo el fin propio de la Liturgia de las Horas la santificación del día y de todo el esfuerzo humano”,  la reforma litúrgica posterior al Vaticano II ha procurado “que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día, teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual”[17]. En esto la OGLH sigue al pie de la letra cuanto preceptuara la constituciónSacrosanctum Concilium, que establece que en orden a la santificación del día, se restablezca el curso tradicional de las Horas, de modo que, dentro de lo posible, éstas correspondan a su tiempo natural teniendo en cuenta las circunstancias de la vida moderna y las de aquellos que se dedican al trabajo apostólico[18].

Es importante este nuevo acento del Concilio Vaticano II. En décadas todavía recientes la dimensión jurídica se había superpuesto a la finalidad orante y santificadora del Oficio, que se cumple mejor cuando se recitan las Horas a su debido tiempo. Así lo han venido haciendo secularmente los monjes y, en buena medida, los cabildos. Se nos hacía más difícil, sin embargo, a quienes tenemos un trabajo pastoral en una sociedad cada vez más complicada y cambiante.

Todos hemos conocido sacerdotes beneméritos, que ante la mera posibilidad de omitir el rezo del breviario, rezaban todas las horas seguidas a primera hora de la mañana, incluyendo las Vísperas y Completas. En otros casos, se rezaban todas las horas de madrugada, incluyendo los Laudes. No era serio entonces pedir la ayuda de Dios “para el día que empieza” o aludir a la salida del sol cuando hacía tiempo que se había ocultado. En estos casos, no importaba la hora. Se cumplía la materialidad del precepto y la obligación grave de recitar el Oficio cada día. Prevalecía lo jurídico y se diluía en buena medida el fin específico de la Liturgia de las Horas. No servía de hecho para santificar las horas y ayudar a mantener la presencia de Dios a lo largo del día, buscando continuamente su rostro (Sal 27,8-9), fortaleciendo la comunión con el Señor y dando sentido a la vida del orante.

 

  1. La Liturgia de las horas, oración apostólica.

Insisto en la dimensión de intercesión de la oración de los sacerdotes. El concilio Vaticano II nos dice a los obispos y presbíteros “que debemos orar por la grey y por todo el pueblo santo de Dios[19]. Más aún, se nos dice que los pastores tenemos en la Liturgia de las Horas una de las más cualificadas expresiones de nuestro ministerio pastoral y no solo porque la actividad apostólica recibe de la oración litúrgica la energía sobrenatural que la hace eficaz, sino porque en sí misma es una acción pastoral.

Como he recordado más arriba, el Señor nos ha elegido para estar con Él y para enviarnos a predicar (Mc 3,15-16). He afirmado también que no es posible cumplir la misión apostólica, sin estar con Él, sin la oración de amistad e intimidad, y que las dos dimensiones del ministerio, “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”, constituyen el anverso y el reverso de la misma llamada y, por tanto, del mismo y único ministerio, que se concreta en la  oración y la predicación. Esto quiere decir, que estar con Él y predicar su nombre, son dos partes inseparables del ministerio de salvación que también nosotros hemos recibido. Si esto es así, la conclusión es obvia: la oración, incluida la oración litúrgica, pertenece constitutivamente a la misión, que no se concibe sin ella. Esto quiere decir que cuando celebramos individual o comunitariamente la Liturgia de las Horas, también estamos realizando la misión pastoral de la Iglesia.

 

  1. La Liturgia de las Horas, intercesión por nuestro pueblo.

La fidelidad en la recitación de la Liturgia de las Horas va más allá del cumplimiento de unas exigencias jurídicas. Todo en la vida sacerdotal debe nacer de la fuente siempre viva de la caridad pastoral. El amor a Jesucristo y a su Iglesia, el amor generoso a la grey que Él nos ha encomendado, es lo que confiere dinamismo y nos mantiene frescos y fieles en el servicio pastoral. La caridad pastoral y el amor a nuestros fieles es el secreto venero que moviliza y unifica nuestra vida sacerdotal. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que, para salvarnos, Cristo “en los días de su vida mortal ofreció oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas [… y] fue escuchado por su piedad filial” (Heb 5,7). Los grandes pastores han sido también grandes orantes y grandes intercesores. San Juan María Vianney pasaba noches enteras en la pobre y fría parroquia de Ars pidiendo al Señor: “Oh Dios mío, concededme la conversión de mi parroquia: acepto sufrir cuanto queráis el resto de mi vida”[20]. Era el amor a Cristo y a las ovejas lo que hacía de él un orante sin interrupción. También san Juan de Ávila se entregaba a la oración apostólica por las noches. En su carta primera a un predicador, que seguramente era fray Luis de Granada, afirma: “Los hijos que por la palabra hemos de engendrar no tanto han de ser hijos de voz, cuanto hijos de lágrimas […] A llorar aprenda quien toma oficio de padre […] A peso de gemidos y ofrecimiento de vida da Dios los hijos a los que son verdaderos padres. Y no una, sino muchas veces ofrecen su vida porque Dios dé vida a sus hijos, como suelen hacer los padres carnales”[21].

La oración de los sacerdotes, y proporcionalmente la de los diáconos y consagrados, tiene que tener una clara tonalidad de intercesión por el pueblo al que servimos, al que hemos sido enviados y al que queremos. El amor al Señor nos ha de llevar a orar también por su Cuerpo Místico. La misma caridad pastoral que nos impulsa a desvivirnos por los fieles encomendados a nuestro ministerio, debe movernos a orar por aquellos a los que amamos. Un pastor responsable no puede prescindir u olvidar la oración apostólica. El pastor responsable es el que trabaja y ora por su pueblo. No el que sólo ora o el que sólo trabaja.

 

  1. 14. Teniendo en cuenta las necesidades de nuestro pueblo.

La oración apostólica es expresión de la caridad pastoral, porque en ella se manifiesta nuestro amor a la Iglesia y a los fieles. A su vez, la oración apostólica renueva y rejuvenece la caridad pastoral. El pastor debe dedicar muchos ratos a la oración de intercesión, en la que debe tener muy presente la vida, los problemas, las alegrías, los sufrimientos y dolores de sus  fieles, de la sociedad y de la Iglesia. Esa vida real, leída desde la fe y con ojos y corazón de pastor, provoca y motiva nuestra oración de intercesión. En ella, los sacerdotes debemos ser sensibles a todas las dimensiones de la vida de nuestros fieles, a su pobreza material, a sus dolores y a su sufrimiento, pero muy especialmente a su vida cristiana, con el deseo de verlos crecer como hijos de Dios y miembros vivos de la Iglesia, personal y comunitariamente.

Os recuerdo un hermoso himno de la Liturgia de las Horas en castellano: “No vengo a la soledad/cuando vengo a la oración,/pues sé que, estando contigo,/con mis hermanos estoy;/y sé que, estando con ellos, tú estás en medio Señor/No he venido a refugiarme/dentro de tu torreón,/como quien huye a un exilio de aristocracia interior./Pues vine huyendo del ruido,/ pero de los hombres no/Allí donde va un cristiano, no hay soledad sino amor,/ pues lleva toda la Iglesia/ dentro de su corazón./Y dice siempre “nosotros”,/incluso si dice “yo” [22].

Nuestra oración apostólica, queridos hermanos sacerdotes, diáconos y consagrados, debe ser intensa y frecuente, con el corazón lleno de nombres, de las personas y grupos más necesitados de nuestras comunidades; desde la impotencia pastoral que tantas veces experimentamos; desde las dificultades de nuestro ministerio; cargando con los problemas de nuestros fieles como el Siervo de Yahvé; confiando al Señor y a su Espíritu el futuro de nuestras comunidades y de la Iglesia, porque es verdad incontestable que es el Señor quien salva a su Iglesia, aunque haya querido ligarse a nuestra humilde colaboración.

Un pastor responsable no puede limitarse a contemplar cómo el secularismo hiela las raíces cristianas de nuestro pueblo. Un pastor responsable no puede limitarse a contemplar pasivamente la contaminación moral que todo lo penetra, ni el alejamiento de la juventud, seducida, como escribiera Juan Pablo II, “por mitos efímeros y falsos maestros[23]. Un pastor, consciente de la responsabilidad que le incumbe, no puede encogerse de hombros ante la crisis que afecta tan hondamente al matrimonio y a la familia. Tampoco puede contemplar sin conmoverse cómo vamos perdiendo espacios en la fe y en la vida cristiana de las personas y de las familias.

Un pastor consecuente tiene que sentir muy a lo vivo la responsabilidad de tantos hermanos y hermanas, los más pobres entre los pobres, como escribiera santa Teresa de Calcuta, aquellos que no han conocido a Jesucristo ni le aman, aquellos que han abandonado la fe o la práctica religiosa. Un pastor celoso no puede limitarse a lamentar cómo languidecen muchas parroquias y cómo se apartan de la Iglesia y de la fe en Cristo tantos jóvenes y tantos adultos. Un párroco, con corazón de pastor, debe acercarse cada mañana al sagrario “con gemidos y oraciones”, como el Buen Pastor y Sumo Sacerdote (Heb 5,7), para encomendar a sus fieles y alcanzar para ellos la gracia de la conversión, impetrándola también a través de la Liturgia de las Horas, que es la oración de toda la Iglesia.

 

  1. Volver a la Liturgia de las Horas.

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y consagrados: Debemos sentirnos honrados por la confianza que la Iglesia ha depositado en nosotros al encargarnos el deber de la oración perenne, que hacemos en su nombre. A todos os encarezco que améis la oración y en concreto la Liturgia de las Horas. A quienes la habéis abandonado, total o parcialmente, y a quienes tal vez cumplimos el precepto sin calor y sin fervor, os digo que lo que no se ama ni se estima, se termina abandonando o cumpliendo sólo formalmente. Tomemos en nuestras manos, queridos hermanos sacerdotes, la Liturgia de las Horas como un deber esencial de nuestro ministerio sacerdotal, exigencia de la caridad pastoral, y como un medio excelente para convertir, evangelizar y santificar a nuestro pueblo.

Si somos honestos con nosotros mismos y, sobre todo, con el Señor, no podemos medir nuestra caridad pastoral por las iniciativas o actividades que realizamos, en una palabra, por el activismo. No basta ser un buen organizador, o un buen gestor parroquial, con unos organigramas perfectos, con reuniones múltiples de todo tipo, con un funcionamiento modélico del archivo, de la economía  y de los deferentes consejos. Sin la oración del pastor todo se reducirá a un gran decorado de cartón piedra. Una actividad apostólica que no nazca de la oración, o que no conduzca a ella, no tiene garantía de ser auténtica. Sólo la oración dará vitalidad a nuestras iniciativas y actividades. Sin la gracia no hay eficacia santificadora y sin oración no hay gracia. No es de poca importancia el ministerio de la oración en general y, muy en particular, de la Liturgia de las Horas.

Solamente por la frivolidad a la que nos conduce el ambiente y la falta de reflexión y de espíritu sobrenatural, se explica que algunos de nosotros hayamos podido abandonar la Liturgia de las Horas irresponsablemente. Por todo ello, invito a quienes han dejado la oración personal o la Liturgia de las Horas, total o parcialmente, al arrepentimiento y a la rectificación, para volver a la oración personal y a la oración litúrgica íntegra, orando por nuestro rebaño, por la Iglesia y por el mundo entero. Procurad rezar cada hora a su tiempo. Buscad un lugar apto, a poder ser el templo o el oratorio, y no olvidéis la preparación inmediata, recogiendo el espíritu en la presencia del Señor. Los biógrafos del Cura de Ars, san Juan María Vianney, nos dicen que  recitaba la Liturgia de las Horas de rodillas en la sacristía como la alabanza esencial a la Santísima Trinidad[24]. Él mismo nos dejó escrito: “El breviario es mi fiel compañero; no sabría ir a ninguna parte sin él. ¿No hay unas gracias particulares atadas a la Sagrada Escritura? El breviario está compuesto por los más hermosos fragmentos de la Sagrada Escritura y las más bellas plegarias”[25].

A quienes habéis abandonado la oración de la Iglesia, os invito a renunciar a interpretaciones frívolas y gratuitas sobre la obligatoriedad de este deber. Es la Iglesia, y no nosotros, quien nos señala el alcance y la gravedad de este quehacer sacerdotal y diaconal. Os recuerdo el compromiso que adquirimos libremente el día de nuestra ordenación como diáconos. Entonces, el obispo nos preguntó: “¿Quieres conservar y crecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a tu género de vida, y fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, según tu condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo?”[26]. Os recuerdo que libremente respondimos que sí, respuesta  que reiteramos en nuestra ordenación presbiteral y que renovamos cada año en la Santa Misa Crismal.

 

  1. Somos la voz de toda la Iglesia.

Desde que el candidato recibe la ordenación diaconal, se le confiere el gran honor y privilegio de hablar a Dios de los hombres en nombre de la Iglesia. San Bernardino de Siena dice que el sacerdote “totius Ecclesiae sit quasi os”, es decir, debe ser como la voz de toda la Iglesia. ¡Voz de toda la Iglesia! Siempre tiene el sacerdote la puerta abierta para llegar al Padre por Jesucristo presentando súplicas y oraciones por su pueblo. Cuando lo hace con la Liturgia de las Horas, poniendo alma, vida y corazón, procurando que la voz concuerde  con el pensamiento, su oración llega  a las manos amorosas de Dios y es absolutamente eficaz, incluso cuando sus disposiciones personales no responden a la dignidad de la acción que está ejecutando. Con todo, el hacerlo en nombre de la Iglesia suple con creces sus deficiencias. En este sentido dice san Alfonso María de Ligorio que “cien oraciones privadas no tienen el valor de una sola que se haga en el Oficio Divino”.

 

  1. Exhortación final.

Aunque en nuestra Catedral, los miembros del Cabildo celebran cada día con solemnidad la Liturgia de las Horas en nombre de la Archidiócesis, yo invito a los sacerdotes, párrocos, capellanes y directores espirituales de Hermandades y asociaciones, a celebrar, allí donde sea posible, los Laudes o las Vísperas con los fieles, antes o después de la celebración eucarística, especialmente en Pascua y en la víspera de los domingos y solemnidades.

Pido al Señor que todos restauremos con fervor nuestra recitación de la Liturgia de las Horas, con el convencimiento de que, tanto para cada uno de nosotros como para la Iglesia en general y nuestra Archidiócesis en particular, será un torrente de gracia y bendición.

Termino asegurándoos, en nombre del señor Obispo auxiliar y en el mío propio, nuestra oración diaria por vuestra fidelidad y la fecundidad de vuestros respectivos ministerios. Pedimos a la Santísima Virgen, en la fiesta de su Natividad, que Ella os cuide, sostenga y bendiga y que bendiga también a vuestras comunidades y a vuestras familias. También le pedimos que esta larga carta haga tanto bien como un servidor se ha propuesto al escribirla. Para todos, en nombre propio y del señor Obispo auxiliar, nuestro abrazo fraterno y nuestra bendición.

 

Sevilla, 8 de septiembre de 2016, fiesta de la Natividad de la Virgen María

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Mons. Juan José Asenjo
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Mons. D. Juan José Asenjo Pelegrina nació en Sigüenza (Guadalajara) el 15 de octubre de 1945. Fue ordenado sacerdote en 1969. Es Licenciado en Teología por la Facultad Teológica del Norte de España, sede de Burgos (1971). Amplió estudios en Roma donde realizó, desde 1977 hasta 1979, los cursos de Doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y las Diplomaturas en Archivística y Biblioteconomía en las Escuelas del Archivo Secreto Vaticano y de la Biblioteca Apostólica Vaticana. CARGOS PASTORALES Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en su diócesis de origen, en Sigüenza-Guadalajara, donde trabajó en la enseñanza y en la formación sacerdotal. Estuvo vinculado especialmente al Patrimonio Cultural como Director del Archivo Artístico Histórico Diocesano (1979-1981), Canónigo encargado del Patrimonio Artístico (1985-1997) y Delegado Diocesano para el Patrimonio Cultural (1985-1993). En 1993 fue nombrado Vicesecretario para Asuntos Generales de la CEE, cargo que desempeñó hasta su ordenación episcopal, el 20 de abril de 1997, como Obispo Auxiliar de Toledo. Tomó posesión de la diócesis de Córdoba el 27 de septiembre de 2003. El 13 de noviembre de 2008 fue nombrado Arzobispo Coadjutor de Sevilla y el día 5 de noviembre de 2009 comenzó su ministerio como Arzobispo metropolitano de Sevilla, al aceptar el Santo Padre la renuncia del Cardenal Amigo Vallejo. Por delegación de los Obispos del Sur, es el Obispo responsable de la Pastoral de la Salud de Andalucía. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE preside la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural, cargo para el que fue elegido el 15 de marzo de 2017. Ya había presidido esta Comisión de 2005 a 2009. Otros cargos en la CEE: vicesecretario para Asuntos Generales (1993-1997); secretario general y portavoz de la CEE (1998-2003); miembro del Comité Ejecutivo (2009-2017). Fue copresidente de la Comisión Mixta Ministerio de Educación y Cultura-Conferencia Episcopal Española para el seguimiento del Plan Nacional de Catedrales de 1998 a 2003. Ejerció de coordinador Nacional de la V Visita Apostólica del Papa Juan Pablo II a España el 3 y 4 de mayo de 2003. Ha sido miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia" y de la "Junta Episcopal Pro V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús".