Encuentro y acompañamiento

MurguiSorianoJesusMons. Jesús Murgui           «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso» (EG 3). Estas palabras del Papa Francisco, al inicio de su programática Exhortación La Alegría del Evangelio, enmarcan el proyecto, para los próximos años, de nuestro Plan Diocesano de Pastoral (PDP), centrado en el encuentro con Cristo como camino de misión, y son a la vez la mejor presentación del nuevo curso pastoral 2016-2017 que nos disponemos a vivir, en el que todos los diocesanos nos proponemos como objetivo pastoral: renovar los procesos y los itinerarios personales y comunitarios para encontrarnos con Cristo, nuestro Señor.

Este objetivo es posiblepara nosotros una vez que, la celebración y la vivencia del Extraordinario Jubileo de la Misericordia, convocado por el Santo Padre, nos ha conducido, a través de sus fecundas iniciativas, a encontrarnos con Cristo, Rostro de la Misericordia del Padre, profundamente venerado en nuestra Diócesis con la advocación de la «Santa Faz». Sin embargo, el término de tal año,no puede llevarnosa abandonar el camino abierto portan luminosa estela, sino que contrariamente, deseamos seguir profundizando, si cabe aún más, en la misma dirección, tal y como nos invita el Papa Francisco, cuando dice también: «sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad (…). Allí está el manantial de la acción evangelizadora» (EG 8).

El encuentro con Cristo nos salva y nos capacita para ser evangelizadores. Es, en palabras del Papa Francisco, «esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más» (EG 264). Supone, por tanto, la vivencia de dejarse cautivar por su persona, por su mensaje, por su amor, hasta identificarse plenamente con él. Éste ha sido el ideal de tantos santos, comenzando porsan Pablo, el gran apóstol de Jesús: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Por ello, al dedicar a este fin nuestro Plan diocesano de Pastoral en los próximos años, buscamos, en plena sintonía con el programa de la exhortación Evangelii Gaudium, dos cosas sencillas. En primer lugar, centrarnos en lo esencial, que es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (EG 36). Sólo de esta manera, nuestra opción pastoral y nuestro estilo misionero, puede llegar a todos, sin excepciones ni exclusiones. Y, en segundo lugar, entregarnos a fondo a este encuentro salvador, al ser éste «el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás» (EG 267). Con ello, perseveraremos en una evangelización fervorosa, ya que «si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no hacerlo» (EG 266).

Para ello, el Plan diocesano dispone de medios útiles al alcance de todos, para que nadie se sienta ajeno a esta invitación, esto es, a caminar hacia el encuentro con Cristo acompañado por toda la Iglesia diocesana. En primer lugar, dispone de un itinerario formativo que, a través de cinco meditaciones (siguiendo el conocido método de lectio divina), propone una lectura del camino de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) como paradigma y clave de comprensión y experiencia del encuentro con Cristo y el acompañamiento en él. A través de este itinerario animo a todos los grupos ya formados de lectio divina, y todos los demás que se puedan constituir en este año, a que recobren e impulsen un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un don del Señor que podemos transmitir a los demás. «¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!» (EG 264).

En efecto, la contemplación de este camino descrito por el evangelista Lucas, nos va a hacer descubrir cómo de real y de vivo es hoy en nuestro tiempo, en nuestras comunidades e, incluso, en nuestras vivencias. Muchos discípulos de Jesús también caminan en nuestras ciudades y nuestros pueblos desorientados, perdidos, sin esperanza, sin haber experimentado el consuelo de la Pascua del Señor. Demasiados hermanos nuestros han abandonado nuestras comunidades y se han alejado de nuestras iglesias sin haber gustado el gozo de la fe pascual. De hecho, hay una expresión en las meditaciones —que me permito mencionar— muy usada en nuestros tiempos y que ha tenido fortuna: el «síndrome de Emaús». Tal síndrome es como una psicosis dominante en no pocos contemporáneos y que se manifiesta en la queja permanente, hecha de decepción de todo, hecha de desánimo ante las circunstancias y la realidad; percibidas estas no desde la fe, no desde la Sabiduría de Dios… y que viene a ser como un reflejo del estado de ánimo que arrastraban los dos discípulos que andaban tristes y alejándose de los Once, de Jerusalén, a Emaús. ¿Queremos también nosotros instalarnos en el desánimo, en la queja, en el no hay que hacer? Tanto para el encuentro con el Resucitado, como para la misión que Él nos confía, necesitamos la asistencia del Espíritu Santo y dejarnos guiar por él. Así se evita una doble tentación: refugiarse en propuestas místicas y evasivas son compromiso ni comunión, o bien implicarse en simples discursos sociales y de compromiso sin una espiritualidad que transforme el corazón (cf. EG 262). El Espíritu es que crea un «espacio interior» para sentir a Jesús, para escucharle y dejarnos inflamar el corazón, como lo hizo con los de Emaús, abriéndoles los ojos, el corazón, reconociéndole vivo, presente, en la Palabra, en el Sacramento, en la comunión eclesial, y en el camino de la vida.

A este itinerario formativo le sigue, consecuentemente, un itinerario pastoral, cuya finalidad es alentar e impulsar un acompañamiento decidido, tanto a nivel personal como comunitario, del proceso de fe que conduzca a un efectivo encuentro con Cristo. De ese modo buscamos responder a un deseo del Santo Padre, cuando afirma que: «La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos—en este “arte de acompañamiento”, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Éx 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere, y aliente a madurar en la vida cristiana» (EG 169).

Esta tarea implica todos los ámbitos pastorales diocesanos, especialmente cada parroquia, que «siendo la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas» (EG 28), tiene una gran capacidad de acompañar la vida cotidiana de todos los fieles. Para ello, nuestras siete Delegaciones diocesanas de Pastoral, que son las auténticas inspiradoras y coordinadoras de este itinerario, van a impulsar una serie de servicios destinados al acompañamiento del proceso de fe, de los que se pueden beneficiar todos los ámbitos y agentes de pastoral que, necesitándolos, soliciten este auxilio. En estas propuestas concretas de las Delegaciones vais a encontrar unas opciones pastorales determinadas comunes, que, iluminadas por la meditación del camino de Emaús, definen a la vez la naturaleza del mismo proyecto pastoral: 1) la atención a la formación de los agentes de pastoral, puesto que en toda acción evangelizadora, que en el fondo consiste en un coloquio salvador de persona a persona, lo interesan son las personas; 2) el cuidado y el conocimiento de los procesos de fe, ya que la fe es un camino que cada persona ha de recorrer a través de unos itinerarios definidos, 3) el cultivo de los espacios comunitarios de encuentro con Cristo, porque la fe siempre es eclesial y nos abre a dimensiones comunitarias; 4) la apuesta decidida por una formación cada vez más intensa e incisiva, que defina la personalidad creyente de cada cristiano promoviendo la construcción y consolidación de un sujeto teologal sólido y fuerte, capaz de afrontar un diálogo crítico y saludable con el pensamiento contemporáneo.

En definitiva, a través de este Plan queremos, como un instrumento de comunión y de acción, ir haciendo realidad el sueño del Papa Francisco, esto es, que el conjunto de nuestra valiosa pastoral, que desde hace años viene siendo realizada en nuestra Iglesia Diocesana, sea cada vez más intensa, más abierta, más «en salida», más misionera, partiendo de una fuerte experiencia de encuentro, de seguimiento, de entusiasmo por Jesucristo.

Ante este nuevo curso, imploro la asistencia del Espíritu Santo en todo nuestro trabajo y empeño pastoral. Quiero también hacer llegar mi reconocimiento hacia los sacerdotes y diáconos, personas consagradas y fieles cristianos laicos, que con tanta entrega cotidiana abrís caminos de encuentro con el Resucitado y de evangelización en esta tierra de Orihuela-Alicante…

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 149 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.