Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón

ReigPlaJuanAntonioMons. Juan Antonio Reig            INTRODUCCIÓN

Al ponerme a escribir estas líneas todavía guardo en la memoria lo vivido en Polonia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Más allá de los actos centrales de la Jornada y de las palabras del Papa Francisco, quiero destacar la gran acogida que han prestado familias cristianas polacas a nuestros jóvenes. Todos los que formaban parte de la peregrinación oficial de nuestra diócesis fueron hospedados en casas de familias católicas que habían ofrecido voluntariamente su hospitalidad.

Comentan nuestros jóvenes que estas familias, además de prepararles la comida y facilitarles el aseo necesario, les ofrecieron sus propios dormitorios y camas, prefiriendo ellos descansar en lugares menos acomodados. A todos nos ha impresionado el ejercicio de la virtud de la hospitalidad, poniendo en práctica la obra de misericordia: “fui extranjero y me hospedasteis” (Mt 25,35). Viéndolos en conjunto teníamos la impresión de que Polonia cuenta con una fuerte experiencia de pueblo cristiano forjado en la Iglesia Católica. Cabe destacar el amor que tienen a la Virgen de Czestochowa, a la que llaman la Reina de Polonia. Su santuario es icono del espíritu católico de este pueblo, como un signo de identidad. Allí acuden constantes peregrinaciones y nos llamó la atención, de modo particular, que todo católico polaco a las nueve de la noche, esté donde esté, se pone en pie y reza una oración a la Virgen, Reina de Polonia. Del mismo modo nos impresionó ver los templos abiertos a cualquier hora y la presencia de numerosos sacerdotes y religiosos de distintas congregaciones.

A todos los españoles nos interesaba poder visitar los lugares que nos aproximan a la figura de San Juan Pablo II, de rica presencia en Cracovia. Su huella permanece viva y con él  destaca la figura de Santa Faustina Kowalska y el Santuario de la Divina Misericordia. Podríamos decir que en ciertos aspectos hemos podido observar los fuertes lazos que proporciona la fe católica para generar un pueblo que ha sabido resistir ante la presión de fuertes ideologías como han sido el nazismo y el comunismo. Sin embargo, hay que destacar también la fuerte preocupación que sienten ante el fenómeno de la globalización y el contexto secularizador que se vive en Europa. Continuamente nos señalaban el temor de que les pueda llegar el mismo proceso de descristianización que hemos vivido en España. Muchos de ellos se manifestaban extrañados ante los datos que les referíamos de las leyes españolas y de la revolución cultural que hemos sufrido. Por mi parte les explicaba que ya nos advirtió San Juan Pablo II sobre la nueva ideología que deriva del relativismo. En su libro Memoria e Identidad, más allá de la ideologías que promovieron el nazismo y el comunismo, el Papa fue mostrando la crisis antropológica que, unida a la revolución sexual, desembocaría en la ideología de género. A ella se refiere el Papa cuando alude a otra ideología “más insidiosa y celada” (Cf. Cap. II). Esta ideología, mezcla del liberalismo y del marxismo, ha sido promovida masivamente por los medios de comunicación y ha sido adoptada por todos los partidos políticos del arco parlamentario, por todos los sindicatos y grandes empresas que han ido cambiando el sentido común católico de los españoles y destruyendo el alma católica de nuestro pueblo.

Cuando me escuchaban las personas polacas con las que hablaba, inmediatamente podían constatar que esto mismo está empezando a ocurrir en Polonia. Yo les explicaba que se trata, en efecto, de una agenda global que atraviesa los cinco continentes. Esta agenda tiene como objetivo borrar las huellas de la tradición cristiana y de todo cuanto impida la sumisión del alma humana para lograr la hegemonía cultural que posibilite  determinadas políticas de población y de consumo. Para ello no importa ignorar la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, y atentar contra las familias, fundadas por el matrimonio entre un hombre y una mujer abiertos generosamente al don de la vida.

Al mismo tiempo que les agradecía a los polacos el regalo de este gigante del espíritu que fue San Juan Pablo II, les recordaba la importancia de mantener su magisterio referido a la antropología adecuada y a los fundamentos del matrimonio y de la familia.

Uno de los puntos más impactantes de la Jornada Mundial de la Juventud fue la visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau donde murieron, entre otros muchos, San Maximiliano María Kolbe y Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz). Allí estuvo el Papa Francisco continuando la estela de las visitas de Benedicto XVI y San Juan Pablo II. Para todos los jóvenes este momento fue muy especial para comprender cómo las ideologías conducen a la perversión, ejemplarizada tanto en los campos de concentración nazis, en el gulag o en tantos totalitarismos que han conducido al exterminio y a la desolación.

Auschwitz-Birkenau es una muestra patente de a dónde puede conducir una sociedad que prescinde de Dios. El silencio del Papa Francisco en la celda donde estuvo San Maximiliano María Kolbe es elocuente. Parece que no tenemos palabras para expresar tanto sufrimiento de inocentes, tanta locura de quienes ordenaban y permitían tantos crímenes. Sin embargo, ante el respeto del silencio emergen las figuras de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, judía conversa al cristianismo y San Maximiliano María Kolbe, el apóstol de la Inmaculada.

Edith Stein fue ganada por esa otra campeona del espíritu que fue Santa Teresa de Jesús. Con ella aprendió que sólo Dios basta y que la cruz es el icono del amor infnito de Dios. Es en la cruz donde Jesucristo abrazó todo el sufrimiento del mundo, incluido el grito de los inocentes de Auschwitz-Birkenau, del Gulag, de las víctimas del terrorismo, de los abandonados, etc. La locura del que va a la cruz voluntariamente ( Jn 10,18) ha sido respondida por Dios Padre con la resurrección. Esta es la única palabra sustantiva que se puede pronunciar en Auschwitz. Es el amor que vence al odio, es la misericordia de Dios que vence a la muerte.

Maximiliano María Kolbe, convencido de la resurrección, se intercambia voluntariamente por un padre de familia sentenciado a muerte. De nuevo se repite en este apóstol de la Inmaculada el gesto del amor victorioso. Sólo el amor es más poderoso que la muerte. El amor que nace de la gracia de la redención. El amor que es capaz de ofrecerse en sacrifcio asociado a la muerte y resurrección de Cristo. Maximiliano María Kolbe al presentarse voluntariamente, celebra su última eucaristía asociándose al sacrifcio redentor del que muere y resucita para nuestra salvación. Como María, Inmaculada en su concepción, él no teme ponerse al pie de la cruz. Acepta la inmolación con la esperanza puesta en el cielo, la verdadera justicia de Dios.

Sin resurrección de la carne, sin el cielo no habría verdadera justicia. Por eso ante la ignominia del campo de exterminio, escuchando el grito de los inocentes llevados a la muerte, sólo se puede escuchar una palabra: resurrección y cielo; vida eterna en plenitud de gozo junto a Dios. Todas las demás palabras resultan incapaces de responder ante la magnitud del  exterminio. De donde se desprende que sólo la misericordia de Dios puede salvar al mundo.

Son precisamente estas consideraciones las que me llevan a ofreceros la siguiente reflexión que quiere enmarcar nuestro próximo año pastoral en el que, con los veinticinco años de restauración de nuestra diócesis, vamos a celebrar también el quinto centenario de la muerte del cardenal Cisneros, nacido en Torrelaguna, arzobispo de Toledo, regente de España y con expresión coloquial cedida por la tradición, “el amo de Alcalá”.

PRIMERA PARTE

I. LA MUERTE DE DIOS Y LA ENTRONIZACIÓN DEL HOMBRE Tras el impacto de la resurrección de Jesús y con el impulso del Espíritu Santo enviado en Pentecostés, los primeros discípulos cristianos comprendieron dónde podían asentar su esperanza. La luz de Pentecostés les llevó a comprender el misterio de amor que encierra la cruz, les puso delante de los ojos con las apariciones del Resucitado a quien es el dueño de la vida. A partir de ese momento empezaron a recordar todo lo que les había enseñado Jesús y comprendieron que su partida de este mundo era el comienzo del cielo presente ya en la Eucaristía.

Tanto su vida personal, familiar y comunitaria tenía un solo centro: Dios Padre, conocido en Jesucristo y que habita en nuestro corazón por el Espíritu Santo. Jesucristo, por ser Él mismo la vida, es el único que nos puede enseñar el arte de vivir ( Joseph Ratzinger, La nueva evangelización, Roma 2000). Toda la vida cristiana consiste en el seguimiento de Cristo (Mc 8,34-35; Lc 9,23-24) presente en su Palabra, en los sacramentos, en la comunidad y en los acontecimientos de la vida. Jesucristo es el camino hacia el Padre ( Jn 14,6), quien por los sacramentos nos hace vivir en Él. La fliación divina que nos regala el Bautismo le lleva al Apóstol Pablo a decir: “ya no soy yo quien vive, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

Este cristocentrismo, la centralidad de Dios, abarca todas las dimensiones de la persona: la personal individual, la familiar, la social y la política. Es la luz de la fe, la luz de Dios la que impregna la totalidad de la existencia cristiana que les invita a poner en práctica las palabras del Evangelio: “Buscad primero el Reino de Dios, y todas estas cosas -comida, bebida, vestidos, etc.- se os darán por añadidura” (Mt 6,33).

Con esta nueva sabiduría los cristianos, movidos por la gracia y acompañados por la persecución, fueron introduciendo un nuevo modo de vivir y de organizar la vida comunitaria. Como se refleja en un antiguo texto: “los cristianos son en el mundo lo que el alma en el cuerpo” (Carta a Diogneto, cap. 5-6; Funk 1, 317-321). Este nuevo espíritu que arranca del evangelio tiene como objetivo configurar una sociedad cristiana inspirada en los principios de la fe y en el designio de Dios Creador y Redentor. Hacia esta sociedad se encaminó con todo tipo de dificultades el antiguo Imperio Romano hasta el momento de su decadencia y caída. Mientras tanto se fue transmitiendo el evangelio con el testimonio y el tormento de tantos mártires que con su sangre apelaban a la conversión. Con la sangre de los mártires Justo y Pastor, los Santos Niños, se pusieron los cimientos de nuestra diócesis y la posibilidad de la Complutum cristiana.

Observando el discurrir de la historia nos damos cuenta, sin embargo, que en ella se suceden los acontecimientos positivos y negativos. Ante la caída del Imperio Romano, fue San Benito, primero como ermitaño en Subiaco y después fundando el monasterio de Monte Casino, quien inició un proceso de conversión con el lema: “No anteponer nada al amor de Cristo” (S. Benito, Regla). De nuevo el fundador de los benedictinos nos recordaba cómo Dios debe ocupar el centro y desde este centro se puede recomponer todo el orden personal, familiar, social y político.

Tras la invasión musulmana y la llamada Reconquista, éste fue el afán del cardenal Cisneros para Complutum, para Hispania y para el Nuevo Mundo. El lema de nuestra diócesis, “El servicio de Dios primeramente”, tomado literalmente de una expresión de Cisneros, le llevó a procurar la reforma religiosa, a impulsar los estudios con la fundación de la Universidad y a promover la evangelización en el Nuevo Mundo. Su empeño, en cambio, con el correr de los tiempos quedó olvidado y fue ganando con el Renacimiento todo un movimiento que fue desplazando a Dios del centro y fue poco a poco entronizando al hombre resaltando en cada momento sus propias facultades o dinamismos: la razón, la voluntad, los sentimientos, los instintos, etc., rompiendo los vínculos con la Tradición y con los principios que derivan de la antropología cristiana.

Tras la invasión musulmana y la llamada Reconquista, éste fue el afán del cardenal Cisneros para Complutum, para Hispania y para el Nuevo Mundo. El lema de nuestra diócesis, “El servicio de Dios primeramente”, tomado literalmente de una expresión de Cisneros, le llevó a procurar la reforma religiosa, a impulsar los 10 estudios con la fundación de la Universidad y a promover la evangelización en el Nuevo Mundo. Su empeño, en cambio, con el correr de los tiempos quedó olvidado y fue ganando con el Renacimiento todo un movimiento que fue desplazando a Dios del centro y fue poco a poco entronizando al hombre resaltando en cada momento sus propias facultades o dinamismos: la razón, la voluntad, los sentimientos, los instintos, etc., rompiendo los vínculos con la Tradición y con los principios que derivan de la antropología cristiana.

A continuación, de manera sucinta, analizaremos los pasos que han inspirado este rechazo de Dios y la exaltación de las virtualidades humanas. Sin embargo, quiero antes llamar la atención de algo que está en el origen del llamado laicismo o de la sociedad laica. Me refiero al argumento socorrido de las  llamadas guerras de religión. Como es sabido, la reforma luterana fue apoyada por algunos príncipes y nobles que provocaron el resquebrajamiento de la cristiandad. Las guerras entre los príncipes cristianos y los movimientos sociales que provocaron parecía que tenían su fundamento en la religión. Sin embargo, las cosas no son como aparecen o como se quieren mostrar. Sin descontar el hecho religioso, las llamadas guerras de religión tenían sus últimas raíces en intereses políticos, económicos y estaban sustentadas por una visión del hombre y del poder temporal que se escapaba de los grandes principios de la teología católica.

Con el tiempo, en nombre de la paz y de la convivencia entre los pueblos, se quiso eliminar toda relevancia de la religión en la vida pública y confnar el hecho religioso, como se derivaba de la doctrina de Lutero, al ámbito de la conciencia privada. En esta emergencia del poder temporal y del nacimiento del Estado omnímodo hay un défcit de carácter antropológico y teológico incompatible con la doctrina católica que no puede renunciar a la centralidad de Dios. Sin esta centralidad no se puede comprender en profundidad el misterio del hombre y los fines de la sociedad. Sin la ayuda de la revelación se desconoce la herida del pecado original, la inclinación al mal y la necesidad de redención. Sin estos presupuestos y sin el conocimiento de la sacramentalidad de la Iglesia, fundada por Cristo, como Madre y Maestra, todos los objetivos pretendidos por el poder temporal se ven privados de la verdadera sabiduría que conduce al hombre a su perfección.

La religión cristiana no es ningún obstáculo para la paz. De sus entrañas evangélicas brota todo destierro de la violencia. El seguimiento de Cristo, que presupone el amor a todos, incluidos los enemigos, es una propuesta a la libertad (Mc 8,34;  Lc 9,23) que excluye todo fundamentalismo. Por tanto, el recurso a las guerras de religión fue una excusa que se mantiene vigente para excluir la dimensión social y política de la doctrina de la Iglesia Católica consonante con la recta razón que debe inspirar la conducta humana.

Retengamos pues que el gran movimiento cultural que tiene sus raíces en el Renacimiento es la exclusión progresiva de Dios, la exaltación del hombre y la emancipación del poder temporal de la Verdad que deriva del designio de Dios Creador y Redentor. No se trata de negar la autonomía adecuada ni del hombre ni del poder temporal o del Estado. Hay una autonomía legítima que deriva de la propia inteligencia y de los fines inscritos en la autoridad o poder temporal. Esta autonomía no significa la separación respecto de la verdad del hombre y del bien común. La razón humana tiene derechos porque tiene el deber de buscar la verdad que proporciona el bien humano. Del mismo modo el poder temporal, el Estado, tiene autoridad cuando se rige por la verdad y el bien. Separación Iglesia-Estado, religión-poder temporal, no significa en ningún momento prescindir de la búsqueda de la verdad y del bien que justifican la autoridad, que la hacen justa.

Hecha esta aclaración, pasamos ahora a desmenuzar someramente las etapas que han conducido a occidente, y en particular a España, a una situación de secularización y relativismo que está urgiendo una nueva evangelización.

1. La exaltación de la razón

En el análisis que hace la antropología cristiana del hombre se distinguen en la persona humana (unidad cuerpo espíritu) distintas facultades o dinamismos que en la interacción cuerpo-espíritu requieren ser integrados para lograr no solo la unidad de la persona en el ser sino también en el obrar. El primero de los dinamismos espirituales es la razón, la facultad del conocimiento de la verdad. La fe y la revelación nos enseñan que, después del pecado original, la razón ha quedado debilitada y no alcanza con facilidad toda la verdad sobre el hombre y sobre Dios. Como enseñó el Papa San Juan Pablo II son dos las alas del espíritu que se reclaman mutuamente para desvelar el misterio del hombre y para conocer el camino que conduce a su plenitud: la fe y la razón (Cf. Juan Pablo II, Fides et ratio, Roma 1998).

Al impulso del Renacimiento con la propuesta del humanismo siguió la Ilustración o Iluminismo que reclaman la emancipación de la razón. No se trata de garantizar la autonomía legítima de la razón y su desarrollo en la ciencia y en la técnica. Se trata de negar toda autoridad de conocimiento a la fe y a la revelación, confnando la dimensión religiosa del hombre al ámbito de la conciencia privada cuando no reduciéndolo al simple sentimiento religioso.

Este movimiento es lo que hemos conocido como racionalismo, cuyos derivados son múltiples. Su órgano de difusión fue la Enciclopedia y su brazo ejecutor fue la Revolución francesa con sus tres grandes principios: libertad, igualdad y fraternidad. Como todas las revoluciones, la francesa se llenó de sangre y de violencia produciendo grandes injusticias. Su pretensión fue acabar con el antiguo régimen y romper con la tradición. Para ello se entroniza a la Razón dándole los atributos divinos.

Como en toda ideología hay una parte de verdad que, exacerbada, acaba siendo despótica y totalitaria. A la revolución francesa siguió el despotismo ilustrado que califca a la religión de superstición e ignorancia. Este tipo de razón exaltada por la soberbia e ideologizada, continúa presente en el cientifsmo y en el laicismo que pretende anular la religión. En el fondo se trata de un fuerte reduccionismo antropológico que desconoce que la religión es una dimensión esencial a la persona que por su fnitud, por no haberse creado a sí misma, está religada al absoluto que ha sido revelado en Jesucristo como la Verdad y el Amor compasivo. La fe es conocimiento, es fuente de luz que ayuda a la razón a conocer en plenitud la verdad.

Para comprender bien este tema hay que releer continuamente el Discurso de Benedicto XVI en el Parlamento alemán en el año 2011. En este discurso el Papa se pregunta: “¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo para los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre la razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas están fundadas en la Razón creadora de Dios”. Con esta reivindicación de Dios creador Benedicto XVI reclama una razón no encerrada y enclaustrada en sí misma sino abierta a la fe y a la revelación como fuentes de conocimiento. Por eso se pregunta al fnal de su discurso: “¿Carece verdaderamente de sentido refexionar sobre si la razón objetiva que se manifesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?” (Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento alemán Bundestag, Berlín 2011).

Si lo consideramos bien la afrmación de una razón positivista como criterio absoluto acaba separándose de la realidad y autoafrmándose de modo ideológico. En defnitiva, los llamados ideales de la revolución francesa, desvinculados de la naturaleza humana y de Dios creador, son imposibles. Sin un Padre común es imposible la fraternidad. La igualdad sin la verdad de la naturaleza acaba siendo igualitarismo que niega lo específco de cada persona. La libertad, sin la sanación de la gracia, acaba también siendo puro voluntarismo prometeico que no se deja guiar por la verdad del ser. La conclusión a la que llegamos, pues, es a la necesidad de poder ser guiados por las dos alas del espíritu. Sin la fe, la razón cae fácilmente en la ideología y el despotismo.

2. La exaltación de la voluntad de poder

Desligada de la verdad la libertad camina hacia la deriva. Por eso como fruto maduro del racionalismo y de la razón positivista vino un concepto perverso de libertad. Es el caso del flósofo Nietzsche quien después de afrmar la “muerte de Dios” propugnó un concepto de libertad creadora de sí misma. Es lo que se ha venido llamando la voluntad de poder, el superhombre situado más allá del bien y del mal.

Como recuerda Benedicto XVI en el Discurso que hemos recordado “también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana” (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento alemán, Berlín 2011).

De este concepto creador de la libertad han nacido las ideologías más recientes que han supuesto tantas muertes y tanto sufrimiento: el comunismo y el nacionalsocialismo o nazismo. La pretensión de la dictadura del proletariado como la afrmación de la supremacía de la raza aria arrancan de este voluntarismo que afrma la libertad como voluntad de poder. Es un concepto de libertad que desemboca en el totalitarismo que acaba negando al otro.

De este concepto creador de la libertad han nacido las ideologías más recientes que han supuesto tantas muertes y tanto sufrimiento: el comunismo y el nacionalsocialismo o nazismo. La pretensión de la dictadura del proletariado como la afrmación de la supremacía de la raza aria arrancan de este voluntarismo que afrma la libertad como voluntad de poder. Es un concepto de libertad que desemboca en el totalitarismo que acaba negando al otro.

Ambos dinamismos, una razón encerrada en sí misma y una libertad perversa, acaban expulsando a Dios del orden personal, de la cultura familiar, del orden social y de la vida política. Es lo que explica los dramas sufridos en el siglo pasado, que contempló dos guerras mundiales, y es lo que ha ido sembrando la dictadura del relativismo que sufrimos hoy.

3. La exaltación de los sentimientos: emotivismo y narcisismo

Cuando la libertad está desvinculada de la verdad acaba siendo dirigida por los sentimientos y por las emociones que oscurecen la conciencia moral. El apagón de la conciencia moral es producto del embotamiento de la mente que ha sido asaltada por los sentimientos y las emociones. Es ésta una situación dramática que conduce a estar a merced de los estímulos potentes que posee una sociedad mediática y consumista. Si la razón es fácilmente ideologizada por los masivos medios de comunicación, todavía es una presa más fácil estimular los sentimientos que acaban anulando la libertad. El asalto de los sentimientos sin verdad conduce a la más refnada de las esclavitudes: el narcisismo, la contemplación de sí mismo y la esclavitud de las emociones en nombre de la libertad.

3. La exaltación de los sentimientos: emotivismo y narcisismo Cuando la libertad está desvinculada de la verdad acaba siendo dirigida por los sentimientos y por las emociones que oscurecen la conciencia moral. El apagón de la conciencia moral es producto del embotamiento de la mente que ha sido asaltada por los sentimientos y las emociones. Es ésta una situación dramática que conduce a estar a merced de los estímulos potentes que posee una sociedad mediática y consumista. Si la razón es fácilmente ideologizada por los masivos medios de comunicación, todavía es una presa más fácil estimular los sentimientos que acaban anulando la libertad. El asalto de los sentimientos sin verdad conduce a la más refnada de las esclavitudes: el narcisismo, la contemplación de sí mismo y la esclavitud de las emociones en nombre de la libertad.

3. La exaltación de los sentimientos: emotivismo y narcisismo Cuando la libertad está desvinculada de la verdad acaba siendo dirigida por los sentimientos y por las emociones que oscurecen la conciencia moral. El apagón de la conciencia moral es producto del embotamiento de la mente que ha sido asaltada por los sentimientos y las emociones. Es ésta una situación dramática que conduce a estar a merced de los estímulos potentes que posee una sociedad mediática y consumista. Si la razón es fácilmente ideologizada por los masivos medios de comunicación, todavía es una presa más fácil estimular los sentimientos que acaban anulando la libertad. El asalto de los sentimientos sin verdad conduce a la más refinada de las esclavitudes: el narcisismo, la contemplación de sí mismo y la esclavitud de las emociones en nombre de la libertad.

Los sentimientos y las emociones pueden ser buenos puntos de partida para acompañar a la libertad en su recorrido hacia el bien. Una afectividad educada responde inmediatamente ante la llamada del bien verdadero y del amor auténtico. Una afectividad dejada al albur de las emociones, fácilmente dirigidas y estimuladas, puede conducir a la destrucción: es el caso del alcohol, de las drogas, de la pornografía, del consumo sin criterio, etc.

Todas las ideologías conocen la potencia de los sentimientos y por eso han promovido un lenguaje simbólico, una determinada estética que activa el sentimiento de pertenencia y favorece la respuesta emocional. La educación de los afectos enseña a distanciarse de los impulsos negativos y aprender a reconocer el gusto por la belleza y la bondad de la realidad.

4. La exaltación de los sentidos e impulsos primarios: el tecnonihilismo

El haber expulsado a Dios y haber entronizado al hombre no deja las cosas como estaban anteriormente. Este esfuerzo por autoafrmar al hombre frente a Dios ha colocado a la cultura en un plano invertido que acaba exaltando lo inferior sobre lo superior porque ha perdido el criterio de la jerarquización de los bienes. De la soberbia de la razón se ha pasado a la perversión de la libertad. La libertad ha sido a su vez asaltada por el emotivismo que en su descenso ha conducido a una sociedad pulsional donde han emergido como criterio los impulsos primarios, los instintos.

Una vez roto el criterio de la verdad, el camino hacia el nihilismo estaba trazado. El nihilismo es lo que más caracteriza a nuestra sociedad, que ha depositado toda su confianza en la técnica y en la efcacia de la razón cientifsta. La solución de los problemas hoy no se busca en el cultivo del espíritu (cultura) sino en las repuestas que posibilita la técnica. Sin embargo, hay que caer en la cuenta de que la tecnología está en manos del Gran Capital que rehusa cualquier obstáculo tanto para la investigación como para el consumo. Es lo que llamamos el surgir de una sociedad permisiva, sin normas ni difcultades para hacer posibles todos los deseos previamente suscitados y estimulados: es el imperio del tecnonihilismo que hace de cualquier realidad humana objeto de consumo.

Este es el último peldaño al que hemos llegado: una sociedad pulsional, caldo de cultivo para los totalitarismos. Ahora comprendemos la expresión del salmo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Sal 117,22). Desecharon a Dios para entronizar al hombre y ahora, la muerte cultural de Dios está conduciendo a su propia muerte. Los signos de esta contradicción están en la llamada cultura de la muerte (anticoncepción, aborto, descenso de la natalidad y de la nupcialidad, ruptura de los matrimonios y las familias, acrecentamiento de las adicciones –alcohol, drogas, pornografía, internet, etc.– nuevas pobrezas, soledad, injusticias, abuso de los niños, desorientación sexual, pérdida de los valores del espíritu, etc. Se trata de un panorama contradictorio: en nombre de la libertad, cada vez abundan más las esclavitudes; en nombre de la abundancia de bienes materiales, cada vez más pobrezas y más decadencia del espíritu; en nombre del deseo de vivir, cada vez más signos de muerte –en la vida naciente, en la vida terminal y en el aumento de los suicidios.

Al mismo tiempo que se dan estos signos de muerte, con ayuda de la neurociencia y la tecnología, con ayuda de grandes capitales, de universidades prestigiosas de Reino Unido y de América del Norte, principalmente, se están propiciando programas de “mejoramiento” de la condición humana. Estos estudios, que en principio buscan una respuesta al envejecimiento, se extienden para ir más allá de los límites de la naturaleza de la persona. Se trata de construir un nuevo ser humano con lo que se ha venido a llamar el posthumanismo o transhumanismo que apuntan hacia un nuevo concepto de inmortalidad mediante la conjunción del organismo humano y la máquina o los productos tecnológicos.

Con todos estos pasos se ha dado un progreso hacia la deconstrucción de lo humano y la construcción de un nuevo ser. Este es el nuevo rostro de una libertad creadora, emancipada del cuerpo humano y del ser dado en la creación. Como nos recuerda el Papa Francisco, no podemos caer “en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido con un don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso signifca ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada (Exhortación Apostólica Amoris laetitia, 56).

Aunque siempre hay algunos creyentes, la mayoría de los que se ocupan en promover el posthumanismo o el transhumanismo son agnósticos o ateos. Las raíces de este movimiento hay que buscarlas en el evolucionismo y tiene sus puntos de contacto con la Nueva Era, el ecologismo y la ideología de género. Es preocupante su confanza en un progreso técnico amoral que no respeta la naturaleza de la persona y que contribuye a generar una sociedad cada vez más deshumanizada. Este movimiento infuye potentemente en las cuestiones en torno a la bioética. Con referencia a ello es bueno recordar las palabras de Benedicto XVI: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el  absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en la que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Este es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea en toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios” (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 74).

5. El abuso de la sociabilidad

La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es icono de la Trinidad. Esto signifca que es un ser para la relación, para el amor. El mismo cuerpo, visibilización de la persona, ya está confgurado, como enseñaba San Juan Pablo II, con una dimensión esponsal que responde a la lógica de la reciprocidad y el don.

La persona, por tanto, ha sido pensada para la relación, para la comunión. Esto explica su vocación a la sociabilidad que está en la raíz de la misma sociedad. El primer espacio de sociabilidad es la familia, el hábitat primero de la comunión de personas donde somos llamados a la existencia por amor y donde adquirimos la primera experiencia de sociabilidad.

Los pueblos, las ciudades y la misma organización social que culmina en el Estado, tienen su origen en esta vocación primaria y original a la sociabilidad que nos constituye en una única familia donde es necesaria una autoridad que gobierne según los principios de la dignidad de la persona y el bien común. También en este campo el abandono de Dios ha producido sus efectos. La vocación a la sociabilidad y el espíritu de familia inspirados en la paternidad de Dios y en el orden de la creación, han sido sustituidos por la teoría del contrato social de Jean J. Rousseau. Según esta teoría los seres humanos para vivir en sociedad acuerdan un contrato social o pacto implícito que les otorga ciertos derechos a cambio de abandonar la libertad de la que dispondrían en estado de naturaleza. Siendo así, los derechos y deberes de los individuos constituyen las cláusulas del contrato social, en tanto que el Estado es la entidad creadora para hacer cumplir el contrato.

Desde estos principios formulados como hipótesis ha surgido el Estado moderno que extiende cada vez más sus tentáculos hasta abarcar toda la vida social y cada vez más la vida familiar y personal. El verdadero desafío de la teoría del contrato social es que no parte de los bienes que configuran la dignidad de la persona, que no se inspira en el bien común y que reduce a la persona a mero individuo.

Tal como dice Rousseau las cláusulas del contrato pueden ir cambiando porque no la sustentan los bienes inmateriales de la naturaleza de la persona, la llamada ley natural. Solo así comprendemos que con el único marco moral de la democracia las mayorías hayan podido emanar leyes contra la vida, contra el matrimonio y, más allá de los derechos de los padres, hayan introducido la ideología de género en el sistema educativo y sanitario.

Querer llamar a la persona simple individuo o ciudadano, como se dice ahora, es caer en un reduccionismo antropológico. Si bien toda persona tiene una dimensión personal-individual, la persona tiene en su propia identidad la llamada a la relación, a la comunión. La persona es un ser en relación. La primera de las relaciones es el “yo-tú”, relación interpersonal, a la que siguen las relaciones fundantes de la familia (padre-madre-hijo-hermano-abuelo, primo, sobrino, etc.) hasta llegar al “nosotros” de las relaciones sociales que nos constituyen en sociedad.

El ciudadano no es engendrado por nadie y por tanto desconoce las relaciones fundantes que dan identidad a la persona. Por eso una sociedad no es simplemente un conjunto de individuos. Cada persona es un ente familiar. En la familia se reconoce cada persona en su dimensión social y como un mosaico de familias, con sus derechos, y deberes, se va configurando la sociedad como un espacio de comunión, de convivencia y de ayuda mutua que van tejiendo como una red la misma sociedad o el ámbito del nosotros.

El ciudadano no es engendrado por nadie y por tanto desconoce las relaciones fundantes que dan identidad a la persona. Por eso una sociedad no es simplemente un conjunto de individuos. Cada persona es un ente familiar. En la familia se reconoce cada persona en su dimensión social y como un mosaico de familias, con sus derechos, y deberes, se va configurando la sociedad como un espacio de comunión, de convivencia y de ayuda mutua que van tejiendo como una red la misma sociedad o el ámbito del nosotros.

Con estas reflexiones quiero poner de manifiesto, una vez más, que el rechazo de Dios y la entronización del hombre afecta a todas las dimensiones de la existencia humana, también al concepto de sociabilidad que está en la base de la configuración del Estado y de la sociedad. Todavía podemos decir más. Al quedar privados de la luz de la fe y de la apertura de la persona a la trascendencia, el concepto de persona queda oscurecido y determina el modo de organización social y las corrientes de pensamiento e ideologías que inciden en el construirse de la sociedad. Por un défcit de la antropología adecuada han surgido las distintas corrientes colectivistas (marxismo, comunismo, socialismo, populismo, totalitarismo, etc.) o las corrientes individualistas o liberales (capitalismo, liberalismo, etc.). La persona es a la vez un ser personal individual y un ser personal  comunitario, por eso son importantes los procesos educativos que desde la familia y la escuela van formando ambas dimensiones para hacer justicia al bien integral de la persona y de la sociedad. Por ello la Iglesia ha ido ofreciendo, además del Catecismo de la Iglesia Católica –exposición sistemática de las verdades de la fe–, el bagaje acumulado de la Doctrina social de la Iglesia que, con sus principios permanentes y sus criterios de juicio, va encauzando la vida cristiana en su dimensión personal, familiar, social y política.

Hoy podemos decir que en España estamos viviendo una etapa de orfandad cultural y una falta de respuesta de los católicos en el campo social y político. Las razones son variadas y explicarlas, más allá de las reflexiones anteriores, nos llevaría lejos. Sin embargo, esta no es la hora de los lamentos sino la de poner remedio. Este remedio, como explicaremos más adelante, pasa por la evangelización y la generación de un pueblo que sea verdaderamente sujeto social. Ni la teoría del contrato social, ni la virulencia del Estado que se aprovecha del marco de la democracia, hacen justicia a los bienes que arrancan de la dignidad de la persona, ni a la soberanía de las familias, ni a la tradición de nuestro pueblo.

Al final de esta primera reflexión podemos observar que todas las dimensiones de la persona humana (razón, voluntad, sentimiento, instintos, sociabilidad) son importantes. Todas ellas están debilitadas por el pecado original, nuestros pecados y el pecado del mundo. Todas ellas necesitan por tanto de la redención y necesitan ser integradas en el bien de la persona. Esta integración y jerarquización de los bienes es lo propio de la antropología cristiana, quicio que posibilita el bien de la persona, de la familia y de la sociedad.

II. LA CULTURA DE LA SEPARACIÓN

Para completar la reflexión anterior considero importante reclamar la atención sobre lo que ha venido en llamarse cultura de la separación y que se caracteriza por la ruptura de vínculos.

1. Ruptura de la unidad de la persona

Cuando hablamos de la persona humana nos referimos siempre a un sujeto (alguien) que subsiste en la unidad cuerpoalma. A esta unidad la llamamos unidad substancial ya que el cuerpo y el alma están unidos en su raíz, en el mismo acto de ser. No se trata de que el cuerpo exista por una parte y el alma venga después a unirse a él como otra parte. Los padres cooperan con Dios Creador aportando tanto el espermatozoide como el óvulo en el acto de unión conyugal que consigue la fecundación. En ese mismo “acto de ser” Dios infunde el alma y como resultado se alcanza la procreación, la aparición de una persona humana que es una novedad en el universo del ser. Nadie existió antes como esta persona concreta –Juan Antonio, si hablo de mí mismo– ni la habrá después que sea yo mismo. Cada persona es un ser único, insustituible. Hablamos así de la preciosidad de la persona humana, de cada uno, el único ser terrestre al que Dios ama por sí mismo (Gaudium et spes, 24).

San Juan Pablo II promovió la expresión “antropología adecuada” en sus Catequesis sobre el amor humano. En ellas insiste en lo que se ha llamado “teología del cuerpo”. El cuerpo es la visibilización de la persona. Tiene una dimensión sacramental. Por eso decimos que somos a la vez un ser corporal-espiritual. No tenemos un cuerpo con el que podamos hacer lo que queramos. El cuerpo es la persona y está dotado de unos significados que es necesario respetar: su dimensión unitiva y procreativa.

Del mismo modo que el cuerpo no es una prótesis del yo de la cual simplemente hacemos uso, la sexualidad es una dimensión esencial de la persona. Nuestra condición sexuada es un don que nos configura como varón o como mujer para vivir en la lógica de la reciprocidad, en la lógica del don.

La llamada cultura de la separación practica el dualismo antropológico, considerando el cuerpo como simple biología a merced de la libertad individual. La persona, dicen, es el reino de la racionalidad y de la libertad. Del mismo modo, se dice, el cuerpo es materia orgánica moldeable, un instrumento en manos de la libertad.

De esta separación cuerpo-espíritu (dualismo antropológico) se desprenden una serie de consecuencias que han repercutido en el proceso de deconstrucción de la antropología cristiana. De esta separación arranca toda la ideología de género que, sobre la base de que la sexualidad humana es una construcción cultural, niega la diferencia varón-mujer, acepta cualquier tipo de orientación sexual decidida por la libertad de cada uno, propicia la construcción de la propia identidad sexual contando con los avances de la técnica para variar la configuración del cuerpo, etc.

A la tesis del dualismo antropológico va unida toda la filosofía que deriva del constructivismo que ha propiciado el desarrollo de la ideología “queer”, el proyecto ciborg y todo aquello que camina en la dirección del transhumanismo y posthumanismo. Este desprecio por el cuerpo tiene un trasfondo gnóstico que no acepta el principio de la creación ni de la Encarnación del Hijo de Dios. La biología en el hombre, varón-mujer, es inherente a la genealogía de la persona. Nuestra carne ha sido redimida por Cristo, ya que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (Gaudium et Spes, 22). Nuestro cuerpo está destinado a la gloria. Del mismo modo que Cristo ha resucitado, nosotros creemos en la resurrección de la carne cuando, como dice San Pablo, “esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Cor 15,54).

La tesis de la unidad de la persona reviste al cuerpo de dignidad. Su dignidad es la misma de la persona. Por eso no se puede acceder al cuerpo de alguien sin acceder a su persona. De ahí se desprende toda una cultura de respeto y de custodia de la intimidad. Del mismo modo, ya que la herida del pecado original ha distorsionado los dinamismos de la persona (razón, voluntad, sentimientos, instintos), haciendo que se pierda la armonía entre ellos, le corresponde a la virtud de la castidad integrar en el ethos (el obrar voluntario) todos los dinamismos para que a la unidad en el ser le siga la unidad en el obrar.

2. Ruptura del vínculo matrimonial

Tanto el pensamiento individualista-liberal como el pensamiento colectivista-marxista han sido críticos con la realidad del matrimonio, fuente y cuna de la familia. Para Marx y Engels en el matrimonio se fragua la familia, considerada como la plataforma conservadora que vincula a las personas con la tradición. Del mismo modo en el matrimonio se perpetúa la lucha de clases mediante la lucha de sexos en la que el varón somete a la mujer sobre todo con la maternidad y el cuidado de los hijos. Para el liberalismo el matrimonio coarta la libertad individual como un yugo que impide el amor auténtico.

Ambas corrientes, a su modo, han aprovechado como bandera la liberación de la mujer. Primero la liberación económica, promoviendo el trabajo remunerado fuera de casa, y después la autonomía total que tiene como meta el empoderamiento de la mujer. Sin descartar su parte de verdad, desde estos planteamientos, con matices que se han corregido y ampliado con el paso del tiempo, se ha menospreciado el vínculo indisoluble del matrimonio propiciando el divorcio, primero por ciertos motivos o causas y, después, con la simple decisión unilateral.

Aunque la mentalidad divorcista está muy instalada en nuestra cultura, no podemos dejar de considerar que el divorcio es una ruptura que afecta a la naturaleza propia del amor, que atenta contra la institución prevista por el Creador para la unión amorosa, para la procreación y educación de los hijos, y, en último término contra la promesa dada voluntariamente por los contrayentes, futuros esposos.

En el fondo de esta mentalidad hay un desconocimiento del amor y un fuerte défcit antropológico, una desconsideración de la identidad y naturaleza de la persona. El amor, en efecto, es considerado por la mentalidad divorcista como un movimiento hacia la otra persona que tiene su sede en los sentimientos. Se confunde el amor con el enamoramiento y se piensa que cuando falta el sentimiento (enamoramiento) desaparece el matrimonio. Sin embargo, sin prescindir de los sentimientos, el amor descansa en la voluntad, en la decisión de donar la propia persona al otro expresando en el lenguaje del cuerpo la donación de la persona.

La persona, al donarse en el lenguaje del cuerpo, por ser única, se dona para siempre. En el matrimonio no se dona una parte de la persona sino toda ella en su ser y en su poder ser, dada la dimensión de totalidad de su donación. Sólo con esta donación total, fiel y exclusiva (por su carácter de donación en totalidad) se ingresa en una institución natural (el matrimonio)  que por el bien de los esposos, por el bien de los hijos y de la misma sociedad, exige la indisolubilidad.

Del mismo modo que de la naturaleza del amor conyugal se desprende la donación en totalidad de la persona, la misma identidad de la persona reclama la exigencia de un amor indisoluble. La razón está en el mismo origen de la persona y en la diferencia sexual varón-mujer. En efecto, al ser creados a imagen y semejanza de Dios que es Amor, la vocación originaria de toda persona es el amor. El matrimonio concreta esta vocación con la donación esponsal para ser una sola carne. Donarse en este caso no es arruinar la propia libertad, sino fortalecerla con el vínculo que hace permanecer en la fidelidad al don. La libertad de la persona es siempre para crear vínculos porque la lógica de la persona es la lógica del don. El vínculo matrimonial expresa por eso al mismo tiempo la autenticidad del amor y la expresión de la identidad personal que es vocación originaria al don.

En este sentido el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris laetitia nos recuerda que, frente a una pastoral emotiva, “la pastoral familiar tiene que ser una pastoral del vínculo” (Al 211). La razón es muy clara. La mentalidad divorcista ha reducido el matrimonio a una unión de afecto. Con esto no sólo se desnaturaliza el matrimonio sino que, como ha sucedido después, se ha llegado, en España con sentencia del tribunal Constitucional, a llamar también matrimonio a la unión de personas del mismo sexo.

Reducir el amor al afecto, desconocer la carga antropológica de la diferencia sexual y diluir el carácter de institución natural que tiene el matrimonio en orden a la  procreación y educación de los hijos, es un exponente de la decadencia cultural que estamos sufriendo.

Los católicos sabemos además que desde el bautismo la persona es regenerada y con la gracia puede alcanzar la expresión completa del amor. Por eso entre bautizados el sacramento del matrimonio produce como efecto el vínculo indisoluble de los esposos que es recibido como un don del sacramento, como el primero de sus efectos. La indisolubilidad matrimonial, antes de ser una tarea moral es un don. Es el don de la caridad esponsal que hace participar a los esposos del mismo amor de Cristo por la Iglesia, ejemplarizado en la donación total en la cruz. Por eso podemos afirmar que el matrimonio no sólo es indisoluble por la naturaleza del amor esponsal, no sólo lo es por la donación en totalidad de la persona en el lenguaje del cuerpo, sino que la indisolubilidad es el gran regalo de Cristo que rompe la dureza del corazón humano y lo capacita para poder amar para siempre.

Con estas consideraciones llegamos a la conclusión de que también el matrimonio es una buena noticia. El matrimonio no es la cárcel del amor como pretende el pensamiento liberal. Tampoco es el espacio para el dominio del fuerte sobre el débil. La buena noticia es que con la gracia de la redención, con la fuerza del Espíritu creador y dador de vida, los esposos pueden alcanzar aquello mismo que desean: un amor para siempre que haga su vida fecunda.

3. Ruptura del fundamento de la familia

Como derivado de la ruptura del vínculo matrimonial y propiciado por la ideología de género, se ha llegado a minar la raíz y el fundamento de la familia. Esta raíz no es otra que el matrimonio entre un hombre y una mujer abiertos al don de la  vida. Esta raíz se seca cuando todo se reduce al afecto, perdiendo el valor antropológico e institucional del matrimonio.

Fue precisamente en el Año Internacional de la Familia, promulgado en 1994 por Naciones Unidas (ONU), cuando se introdujo en el lenguaje la expresión “modelos de familia”. Esta expresión no corresponde a la formulada en la Carta de los derechos humanos declarada por la misma ONU en 1948 (Carta de Declaración universal de derechos humanos, Art.16). Detrás de este nuevo lenguaje había toda una agenda global que se ha ido desvelando con el tiempo y que ha sido inspirada por la ideología de género anunciada por la misma ONU en la Conferencia mundial sobre población y desarrollo (El Cairo 1994) y ratificada en la Conferencia mundial sobre la mujer (Pekín 1995).

Con el refuerzo, pues, de organizarse internacionalmente se pretende que la familia, en vez de ser una institución natural prevista por el Creador para la procreación y educación de los hijos (Gaudium et spes, 48-50), pase a ser diseñada por la voluntad y el consenso de las personas. No existe, pues, según esta pretensión, la familia, sino distintos modelos de familias cuyos lazos ya no dependen de la naturaleza de la persona sino de los simples deseos. Con ello la cultura de la separación pretende dar el asalto final a la familia.

4. Ruptura del binomio yo-comunidad

Como hemos explicado anteriormente existe una tensión continua a la hora de considerar a la persona y a la sociedad entre el individualismo y el colectivismo. Con esta misma situación se encontró el Concilio Vaticano II. Por una parte se presentaban las corrientes inspiradas en el existencialismo y el liberalismo materialista y el colectivismo inspirado en el marxismo que cada vez cobraba mayor peso específico en la cultura y en la transformación del panorama político.

Ante esta situación, la Constitución pastoral Gaudium et spes adoptó una postura que algunos han querido llamar personalismo comunitario. Lo que es claro es que el Concilio, bebiendo en las fuentes de la Tradición y observando todo el panorama completo de la cultura, vuelve a proponer el equilibrio entre la dimensión personal individual y comunitaria de todo ser humano. La persona es a la vez individuo y está abierta a la relación interpersonal yo-tú y a la relación comunitaria yo-comunidad. La persona tiene a la vez una consistencia ontológica (naturaleza de la persona) y se va realizando en el tiempo (historia) ayudado por las instituciones (familia, escuela, iglesia asociaciones, etc.) que brotan de su vocación a la sociabilidad.

La persona ni es sólo individuo ni es el resultado simplemente de las relaciones sociales. Tanto la persona como la comunidad se reclaman mutuamente porque la persona humana es un ser para la comunión.

Esta misma reflexión la propone el Concilio Vaticano II mirando a la persona desde Cristo y analizando su vocación íntima al don de sí, o lo que es lo mismo, ilumina la antropología desde la Cristología y la sociabilidad desde la comunidad más íntima, la familia (iglesia doméstica), y desde la Iglesia: “sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1).

Mirando la persona desde Cristo, el Concilio Vaticano II afirma lo siguiente: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del  misterio del Padre y de su amor, manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22).

La naturaleza de la persona es ser criatura de Dios, de quien recibe su naturaleza e identidad. El esplendor de su humanidad es Cristo, quien a su vez le descubre la sublimidad de su vocación: el don de sí o el amor, expresado plenamente por Cristo en su donación en la cruz. En este mismo sentido continúa diciendo el Concilio: “El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno ( Jn 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes, 24).

Una vez recordada la lógica de la entrega de sí mismo, o la lógica del don, condición necesaria para alcanzar la plenitud de sí mismo, el Concilio ilumina la relación con la sociedad de la manera siguiente: “la índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados, porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación” (Gaudium et spes, 25).

La cultura de la separación ha roto el equilibrio entre la persona y la sociedad, exaltando a la vez el individualismo y al Estado. Al individuo con sus libertades individuales, coincidentes con sus deseos, y al Estado permisivo y protector del llamado Estado del bienestar. En ambos casos se da una desnaturalización de la persona y una distorsión de la autoridad. La primera, por olvidar el orden de la sabiduría creadora de Dios (ley natural, naturaleza de la persona) y reducir el bien a los deseos, y la otra por desvincular a la autoridad de la verdad y del bien común que deben presidir todas las decisiones. Así podemos comprender el cambio del ordenamiento jurídico que se ha operado en España, promoviendo leyes que atentan a la dignidad de la vida humana, al matrimonio, a la educación, a la justicia social, etc.

5. Ruptura con el vínculo de la tradición

La tradición multisecular de España va unida a la Religión Católica. La fe en Cristo y la evangelización han configurado a nuestro pueblo con un alma católica que ha impregnado con el paso del tiempo a las personas, a las familias y a las instituciones sociales y políticas.

Si recordamos la figura del cardenal Cisneros como hacíamos anteriormente, es para poner en evidencia que éste era su afán: formar a los sacerdotes y religiosos, reformar la administración con buenos gestores e impregnar a la monarquía de los principios católicos para regir España y el Nuevo Mundo. Esta tradición se ha ido manteniendo con fuertes altibajos, con la presión de las ideologías agnósticas, ateas y con los influjos de la masonería de carácter deísta y con fuerte oposición a la Iglesia Católica. Todos estos movimientos que vienen de lejos y que han estado presentes, más allá de las herejías, han dado un salto cualitativo en el sentido no sólo del rechazo de la tradición sino de la introducción de un concepto de libertad creadora que se propone utópicamente crear un orden nuevo y un hombre nuevo.

Esta ruptura con la tradición católica está robando el alma a nuestro pueblo y lo está consiguiendo por muchos caminos, sostenidos todos ellos por los medios de comunicación y la permisividad de las instituciones. La ideología marxista aprendió de Antonio Gramsci, comunista italiano, que no era necesaria la revolución violenta para cambiar la sociedad. Era suficiente el cambio de costumbres y la revolución cultural, o lo que es lo mismo, destruir el alma católica de nuestro pueblo. Hemos de reconocer que han tenido un éxito considerable porque en poco tiempo han conseguido cambiar el rostro de España.

Del mismo modo, el liberalismo materialista, con gran inspiración en las corrientes masónicas, ha propiciado la exaltación de la libertad individual hasta concederle una dimensión creadora de la realidad al albur de los propios deseos subjetivos, provocados ideológicamente por el consumo estimulado por los trusts y las oligarquías económicas.

El vehículo para su difusión ha sido, como siempre, el sistema educativo, la propaganda y los medios de comunicación: una vez cambiados el sentido común cristiano y la cultura católica, cambiar las leyes ha sido algo que venía como fruto de lo sembrado con verdadera insistencia. El marco moral venía ofrecido, como he dicho antes, por una democracia liberal que ha desembocado en una partitocracia que dificulta la gobernabilidad de España. Lejos de este nuevo sistema queda la flosofía política de santo Tomás de Aquino cuando definía la ley como “ordinatio rationis ad bonum commune, ab eo, qui curam communitatis habet, promulgata” (S.T. I-II, q.90, a.4). Para Santo Tomás, como para toda la tradición católica, la ley positiva saca su inspiración del orden natural creado, conocido por la razón, y que se promulga por la autoridad legítima en orden al bien común. Como fácilmente podemos comprobar, tanto el concepto de razón como la ley natural y el bien común son conceptos que han sido vaciados de contenido y han sido sustituidos por el positivismo jurídico que se apoya en las leyes emanadas por el consenso y las mayorías. El mismo concepto de bien común ha sido sustituido por el de bienestar y el orden creado ha sido suplantado por los deseos individuales y por los consensos que son promovidos y estimulados ideológicamente.

Este mismo sistema de permisividad y de libertad creadora se ha visto reforzado por la presión de los lobbies que han conseguido impregnar de ideología de género el sistema educativo, sanitario y legislativo con la anuencia de los medios de comunicación y de las grandes empresas.

El haber roto con la tradición deja a nuestro pueblo sin cauce para orientarse. Parece que todo el bien acumulado por tantos mártires, sabios y santos se diluye y que sólo cuente lo nuevo, no por bueno sino por nuevo. Esta situación, más allá del desarrollo técnico y el progreso desigual de los bienes materiales, conduce a la ruina moral y a la decadencia del espíritu, que es lo más importante en la jerarquía de los bienes de la persona. Así nos lo advierte Jesús cuando, después de animarnos a perder la vida por Él y por el evangelio, nos dice: “Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mc 8,36). Por eso el testimonio de los mártires es siempre elocuente y actual. Ellos entendieron cuál es el bien supremo de la persona: la fe que nos abre la esperanza del Cielo. Por eso, reconociendo que la gracia de Dios vale más que la vida (Sal 62,4), no temieron la muerte y dieron crédito a las palabras del Evangelio: “En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza están contados. Así que no tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que pueda perder el alma y el cuerpo en el fuego” (Mt 10,28-30).

Sin lugar a dudas los mártires son el mejor patrimonio de la Iglesia Católica. Nuestra diócesis está fundada sobre el testimonio martirial de los santos Niños Justo y Pastor. Su sangre, unida a la de los mártires de la última persecución religiosa en España, son como faros que nos guían en la noche cultural presente por el camino de la auténtica tradición.

6. Ruptura del binomio verdad-libertad

El abandono de Dios con el que iniciábamos esta reflexión ha conducido a un colapso de la mente que se ha cerrado voluntariamente ante la pregunta por la verdad. Sin verdad la libertad va a la deriva. O como nos recordó San Juan Pablo II: “verdad y libertad o bien van juntas o juntas perecen miserablemente” ( Juan Pablo II, Fides et ratio, 90).

Hoy podemos constatar de manera más fácil cómo la “muerte de Dios” está conduciendo paulativamente a la “muerte del hombre”. Ni la política, ni la cultura hegemónica de occidente tienen respuesta para los graves interrogantes de nuestra sociedad. El drama de nuestra sociedad nihilista arranca de haber rechazado todo fundamento y haber negado toda verdad objetiva. “El nihilismo, en efecto, aún antes de estar en contraste con las exigencias y contenidos de la Palabra de Dios, niega la humanidad del hombre y su misma identidad. En efecto, se ha de tener en cuenta que la negación del ser comporta inevitablemente la pérdida del contacto con la verdad objetiva y, por consiguiente, con el fundamento de la dignidad humana. De este modo se hace posible borrar del rostro del hombre los rasgos que manifiestan su semejanza con Dios, para llevarlo progresivamente o a una destructiva voluntad de poder o a la desesperación de la soledad. Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerle libre […] Este nihilismo encuentra una cierta confirmación en la terrible experiencia del mal que ha marcado nuestra época. Ante esta experiencia dramática el optimismo racionalista, que veía en la historia el avance victorioso de la razón, fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto de que una de las mayores amenazas de este fin de siglo es la tentación de la desesperación” ( Juan Pablo II, Fides et ratio, 90).

Estas palabras sapienciales de San Juan Pablo II nos colocan frente al mayor reto que se le presenta a la Iglesia Católica: volver a encender la llama de la fe, recuperar en el acontecimiento de Cristo, muerto y resucitado, el fundamento de la esperanza. Después de muchos años en que nuestra cultura hegemónica ha practicado la huida del hijo pródigo de la casa del padre, es tiempo de volver a recibir el abrazo de la Verdad y encontrar en la Iglesia la casa de la fraternidad donde es posible recuperar la alegría y experimentar el amor.

Haber expulsado a Dios y entronizado al hombre ha sido como un sueño prometeico que nos lleva a un despertar desesperado. Sin Dios no hay fundamento estable para el hombre y sus ansias de infinito. Cristo es la piedra angular que desecharon los artífices de la nueva cultura, de la política y del mercado donde todo es susceptible de consumo.

En esta noche cultural algunos han buscado los sucedáneos de la verdadera religión en la New Age y en tantas ofertas que disminuyen la dignidad del hombre y hacen que se sumerja en la energía del universo o que emparente con los animales y olvide su semejanza con Dios. Otros han preferido ahogar su desesperación en el activismo y en tantas drogas que prometen el paraíso para luego provocar un vacío de muerte. Todo ello nos hace constatar que, sin la luz de la verdad, la libertad se hunde esclava de tantas solicitudes y reclamos de una sociedad obsesivamente consumista.

Comenzamos con la reflexión que nos brindaba la visita a Auschwitz-Birkenau con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. La desolación de estos campos de concentración nos ha llevado a recorrer las distintas etapas de una historia que ha querido construirse al margen de Dios. Nuestro desafío ahora es comenzar un curso pastoral en el que estamos llamados a afrontar con toda la Iglesia los retos de la nueva evangelización. Con el Papa Francisco queremos hacer llegar a todos la alegría del Evangelio. Esta alegría sólo nos la puede proporcionar Cristo, el vencedor del pecado y de la muerte. Sólo Cristo nos resuelve en su humanidad y divinidad el enigma del hombre. Mirados con la luz de la resurrección comprendemos que somos sed de infinito, albergamos en nuestro corazón la pasión por la eternidad y necesitamos del cielo para poder sobrevivir en la tierra. Todo ello se hará posible si sabemos acoger la amonestación del apóstol: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cual es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2).

 

 

Sigue…

+ Juan Antonio Reig Pla

Obispo de Alcalá de Henares

 

Mons. Juan Antonio Reig
Acerca de Mons. Juan Antonio Reig 30 Articles
Nació en Cocentaina, archidiócesis de Valencia y provincia de Alicante, el 7 de julio de 1947 y bautizado en la parroquia de “La Asunción de Sta. María” de Cocentaina el 11 de julio de 1947. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia, en la Universidad Pontificia de Salamanca (Licenciado en Sagrada Teología, 1973), en la Academia Alfonsiana de Roma y en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma (Doctorado en Teología Moral, 1978). Ordenado presbítero en la Sta. Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de Valencia el 8 de julio de 1971. Fue consagrado Obispo y tomó posesión de la Diócesis el día 14 de abril de 1996 (Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia) en la Sta. Iglesia Basílica Catedral de la Asunción de Ntra. Sra. (Segorbe). Hizo su entrada en la Ciudad de Castellón de la Plana el día 21 de abril. El sábado 24 de septiembre, festividad de Ntra. Sra. de la Merced, de 2005, Año de la Eucaristía y de la Inmaculada, fue elegido por el Santo Padre el Papa Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de Cartagena en España. El viernes 18 de noviembre a las 11:00 h. llega a la que será su nueva diócesis, por el puerto de Cartagena, tal y como la tradición asegura que hizo el Apóstol Santiago en el año 36 de nuestra era. Toma posesión canónica de la Diócesis de Cartagena en España el sábado 19 de noviembre a las 11:00 h. en la plaza de la Santa Iglesia Catedral de Cartagena en Murcia. El sábado 7 de marzo de 2009, fue nombrado obispo de Alcalá de Henares, de la que tomó posesión el 25 de abril.