Conocer las Escrituras es verdadero alimento y verdadera bebida

RodriguezPlazaBraulioMons. Braulio Rodríguez         Introducción

1. He aquí un texto del Antiguo Testamento sorprendente por sugerente:

«Entonces el sumo sacerdote Jilquías, dijo al secretario Safán: ‘He encontrado en el templo del Señor un libro de la Ley’. Jilquías entregó el libro a Safán, que lo leyó. El secretario Safán, presentándose al rey, le informó: ‘Tus servidores han fundido el dinero depositado en el templo’ (…). El secretario Safán añadió también: ‘El sumo sacerdote Jilquías me ha entregado un libro’. Y Safán lo leyó ante el rey.

Introducción

1. He aquí un texto del Antiguo Testamento sorprendente por sugerente: «Entonces el sumo sacerdote Jilquías, dijo al secretario Safán: ‘He encontrado en el templo del Señor un libro de la Ley’. Jilquías entregó el libro a Safán, que lo leyó. El secretario Safán, presentándose al rey, le informó: ‘Tus servidores han fundido el dinero depositado en el templo’ (…). El secretario Safán añadió también: ‘El sumo sacerdote Jilquías me ha entregado un libro’. Y Safán lo leyó ante el rey «Y añadidle al rey de Judá que os mandó consultar al Señor: ‘Así dice el Señor, Dios de Israel: Ya que al escuchar mis palabras (…), tu corazón se ha conmovido y te has humillado ante el Señor y has rasgado tus vestiduras y llorado ante mí, yo lo he escuchado todo –oráculo del Señor–’». (2Re 22,8.10-13.18-19).

2. El rey de Judá del que habla el texto es Josías (640-609 a. C.); en el decimoctavo año de su reinado, con ocasión de unas obras efectuadas en el Templo de Jerusalén, fue hallado un «libro de la Ley». Este libro parece ser una antigua reglamentación del derecho divino que da la impresión de estar en vigor, aun cuando sus reglas no fuesen en la práctica respetadas. Josías decide hacer la reforma de la Alianza, haciendo una proclamación solemne del Libro encontrado.

Dice un renombrado historiador de Israel: «Con toda probabilidad, este Libro de la Ley debió ser idéntico a la primera redacción de la Ley deuteronómica contenida en el Antiguo Testamento, que probablemente fue redactada en el transcurso del siglo VII a. C., a base de viejos resúmenes de leyes antiguas»1 .

3. Traigo este episodio concreto de la historia del pueblo judío no por erudición; tampoco para ilustrar una enseñanza. La historia de la Iglesia y la de la Diócesis de Toledo no están en la misma situación descrita por el texto bíblico: no hemos encontrado un nuevo libro de la Alianza. El texto me ha llamado la atención, sin embargo, por otra razón, que enseguida explicaré.

4. Esta Carta Pastoral quiere servir de ayuda para poner en práctica la programación pastoral para el curso 2016-2017 del Plan Pastoral Diocesano en su quinto año. Mi deseo más profundo es que todos nosotros, como el rey Josías, sintamos una sacudida en nuestro interior y «rasguemos nuestras vestiduras», esto es, que algo fuera de lo normal nos está sucediendo en este momento preciso de nuestra historia como Iglesia: No conocemos bien lo que Dios nos ha revelado, su Palabra; con frecuencia no creemos que ahí se encuentre la vida, lo importante, el tesoro y la razón de nuestra existencia.

¿Qué reacción se espera de nosotros? Sencillamente que tengamos hambre de oír la Palabra de Dios, que nos dispongamos a mirarla con nuevos ojos, para reconocer lo que nuestro Señor ha querido manifestarnos en orden a nuestra felicidad, a nuestra salvación; lo que Él ha hablado al corazón de su Pueblo, primero a Israel, más tarde, en la plenitud del tiempo, a su Iglesia por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. En la vida de este Pueblo se ha plasmado la Tradición en lo que llamamos la Sagrada Escritura, la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento.

5. Hace más de cincuenta años que las últimas generaciones de católicos han podido escuchar estas hermosas palabras: «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la Sagrada Liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la Palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Apóstoles y los Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo. Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura. En los Libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos». (Concilio Vaticano II, constitución Dei Verbum, 21).

6. Éste es un texto muy denso; entenderlo bien supone para nosotros recibir una gran riqueza para nuestra vida personal, para nuestras comunidades; en definitiva, para toda nuestra Iglesia de Toledo. Nos invita, entre otras cosas, a leer la Biblia. Reparad en que en la última parte de la cita conciliar los verbos están en presente: «nos transmite», «hace resonar», «sale amorosamente (el Padre) al encuentro de sus hijos para conversar con ellos». La consecuencia es clara: los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura, porque Dios sigue hablándonos.

Pero la realidad no coincide del todo con ese deseo del Concilio. Sí, escuchamos hoy mucho más la Palabra de Dios, hemos comprado la Biblia, en muchos formatos, hemos entregado en la última JMJ Cracovia 2016 la Biblia Joven; incluso muchas parroquias ofrecen a sus fieles el Evangelio de cada día. Pero, ¿leemos la Escritura Santa? ¡Ah, la lectura! Y no se trata de cualquier lectura: son palabras que van a nuestro corazón; la Biblia no es un bestseller que está de moda. Es otra cosa. Por otro lado, aunque ha crecido el número de los que leen la Escritura, nuestra cultura no es bíblica y el número de los que no leen y, por ello, no conocen la Biblia, es muy grande entre nosotros. Hace algunos años que los medios ofrecían un dato, que a mí me dolió: los cristianos españoles somos en Europa los que menos leemos la Sagrada Escritura. ¿Estaremos los católicos a la cabeza de ese porcentaje de cristianos? Muy probablemente. El porcentaje de lectores era sólo un 20% de toda la población española.

7. Pero, ¿quién tiene la culpa de esta situación? No sé si hay que buscar culpable; si es así, yo soy el primero, pues, llevando como vuestro obispo siete años, no debería haber descansado hasta cambiar el panorama. Pero hay que ser perspicaces y no entrar en debates estériles y acusaciones que quitan fuerza para lo bueno. Además, hay que reconocer que adentrarse en la Biblia para escuchar la Palabra de Dios no consiste únicamente en comprar un libro y leer sin más. Hemos pasado ya esas épocas en las que, casi como adolescentes ingenuos, hemos pensado que todo se resuelve con una lectura-examen personal de los libros bíblicos. Voy a describir, a continuación, este problema.

Me vienen a la memoria algo que recordaba san Cesáreo de Arlés: «Que Cristo os ayude a acoger siempre la lectura de la palabra de Dios con un corazón ávido y sediento. Así vuestra fiel obediencia os llenará de gozo espiritual. Mas, si queréis saborear la dulzura de las santas Escrituras y aprovecharos como es debido de los preceptos divinos, debéis sustraeros durante algunas horas a vuestras preocupaciones materiales. Volved a leer las palabras de Dios en vuestras casas, dedicaos enteramente a su misericordia. Así lograréis que se realice en vosotros eso que está escrito del hombre religioso: Meditad día y noche la ley del Señor, y también: Bienaventurados los que escrutan sus mandatos, los que le buscan con corazón sincero (…) Los buenos comerciantes no buscan sacar beneficios de una sola mercancía, sino de muchas. Los agricultores buscan un mayor rendimiento sembrando diversas clases de semillas (…), no os contentéis escuchando solo en la iglesia los textos sagrados. Leed esos textos en vuestras casas. Y así podréis acumular un fermento espiritual en los graneros de vuestro corazón, y dejar bien colocado el tesoro de vuestras almas, las perlas preciosas de las Escrituras» (Sermón al pueblo, n. 7, 1. ). Preciosas indicaciones. ¿Se animan a esta lectura en profundidad de la Biblia? Pero antes es preciso examinarnos de algo.

I. Nuestra actitud ante la Palabra de Dios

8. Ante la Palabra de Dios, o ante un ejemplar de la Biblia, no todo son aperturas; se dan también entre nosotros resistencias, y muy fuertes. Recordad en la predicación de Jesús la parábola de sembrador: la semilla, que es la Palabra de Dios, cae en terreno pedregoso, o en tierra poco profunda, o entre cardos y abrojos (cf. Mt 13,1-9). También cayó en tierra buena y dio fruto. En el campo donde se siembra la Palabra hay condicionamientos; en nuestra sociedad prevalece una racionalidad cientifista y domina la técnica que, a la vez que ha creado mejores condiciones de vida, ahoga con frecuencia las preguntas importantes para el ser humano. En el pluralismo ideológico actual se induce también a un escepticismo hacia la verdad. Nosotros somos muy utilitaristas y confiamos excesivamente en el poder económico, político y mediático, que arrincona la preocupación ética.

El hombre y la mujer saben, sin embargo, quiénes son en la medida en que se comprenden a partir de Dios. Pero «para ello deben saber quién es Dios, y esto solo lo sabe si acepta lo que Dios reveló acerca de sí. Si se enfrenta a Dios, si lo concibe de forma errónea, pierde todo conocimiento acerca de su propio ser. Esta es la ley fundamental de todo conocimiento del hombre» (R. Guardini, Quien sabe de Dios conoce al hombre», en El fin de la modernidad, Madrid 1995, 160-161).

9. ¿Cómo influyen estos condicionamientos en un alejamiento práctico de la Palabra de Dios, en un rechazo casi instintivo a abrir un libro como la Biblia y ver qué luz nos viene de ella para nuestros problemas diarios? ¿Podemos sin más aceptar una interpretación 9. ¿Cómo influyen estos condicionamientos en un alejamiento práctico de la Palabra de Dios, en un rechazo casi instintivo a abrir un libro como la Biblia y ver qué luz nos viene de ella para nuestros problemas diarios? ¿Podemos sin más aceptar una interpretación

10. ¿Cómo escuchar atenta y pacientemente la Palabra de Dios en un tiempo en que se buscan experiencias «religiosas» de efecto inmediato, que satisfagan rápidamente una necesidad urgente? En este horizonte espiritual, la Biblia aparece, cuanto menos, como una palabra desproporcionada, esto es, desmesurada y «descompasada». Incluso, en muchos círculos más secularizados, esa Palabra de Dios se entiende como «entrometida» en la cultura que considera al ser humano como único protagonista de su propia historia y de su autosalvación ¿Es la Escritura Palabra trascendente que revele el rostro de Dios y su tabla de salvación? Esa pretensión de la Iglesia es considerada como contraria a la autonomía humana. «Esa pretendida Palabra de Dios sería más bien un puro producto cultural gestado a lo largo de los siglos en el seno de una cultura determinada. El ser humano ha proyectado sobre ella sus ilusiones y sus frustraciones y ha buscado en ella imaginarios consuelos compensatorios»2 .

11. Las resistencias a entrar en una lectura atenta y de hondura religiosa de la Biblia nacen también del propio texto. En él se dan páginas «difíciles por poco edificantes, áridas o demasiado ingenuas para nuestra mentalidad»3 . Junto a pasajes bíblicos de gran altura moral, aparecen muertes o pillajes aparentemente aprobados por la Biblia. ¿Cómo entender sentimientos de crueldad o de venganza impropios de una moral verdaderamente humanitaria, o pasajes en prosa o en salmos que rezuman un total pesimismo? Es necesario, pues, ayudar al pueblo creyente a leer bien la Biblia. No vale cualquier lectura de la Biblia.

12. Y es que todos los que aceptamos la Biblia como Palabra de Dios, sin embargo, con frecuencia nos acercamos a ella con determinadas expectativas preferentes. Es algo legítimo e inevitable, siempre que no se convierta la preferencia en unilateral, porque entonces, en vez de servir a la Palabra de Dios y reconocer su soberanía, nos servimos de ella utilizándola según nuestros intereses o concepciones. Una cosa es aceptar la inspiración divina de la Biblia y otra, muy diferente, es pensar que Dios hizo un dictado literal al autor sagrado. Se puede aceptar que en la Sagrada Escritura se utiliza la historia de una manera muy peculiar, pues lo que se narra no es histórico a la manera moderna, y no tener una concepción ingenuamente literal de su historicidad.

Se puede igualmente aceptar que la Biblia es Palabra de Dios y no tener reparo en reconocer que en el texto de la Escritura aparecen géneros literarios o formas de narrar como en cualquier libro de la Antigüedad, que permiten una interpretación adecuada a su doble condición de palabra inspirada y leída en la Iglesia. Quien quiera leer la Sagrada Escritura –y en especial los Evangelios- con el mayor provecho posible ha de prestar atención al contexto y tratar de reconstruir el marco ambiental en el que los diferentes libros fueron escritos, no leyendo los diversos pasajes según lo que la rutina y la costumbre nos tienen acostumbrados a ver, sino lo que el texto dice por sí mismo. Para eso nada es más útil que leer la Sagrada Escritura de la mano de un buen comentario, acomodado al interés y las posibilidades de cada uno. Los casi dos mil años que han transcurrido desde que se compusieron los escritos, por ejemplo, del Nuevo Testamento, han hecho que muchas expresiones y situaciones que a un judío del siglo I les resultaban familiares, nos parezcan a nosotros extrañas y oscuras; y si es verdad que el Evangelio tiene riquezas insondables que es capaz de descubrir el alma más sencilla, con tal de que se deje calar por él, no es menos cierto que conocer lo mejor posible el ambiente en que nacieron y la intención con que fueron escritos permite penetrar más fácilmente en sus enseñanzas y evitar las interpretaciones más disparatadas.

En este sentido, se le pueden aplicar a la Biblia los métodos histórico-críticos y saber a la vez que hay siempre un más allá en la Escritura: su unidad fundamental, su orientación hacia Cristo, la analogía de la fe, la lectura eclesial y espiritual. Volveremos sobre este tema sin duda importante en nuestro acercamiento a la Sagrada Escritura.

13. Se piensa también en ocasiones en la Biblia como una guía para alcanzar el equilibrio y la integridad emotiva, echando mano de categorías psicológicas que suplantan a las teológicas. O hay quien hace una lectura ideológica de la Escritura, bien sea conservadora o progresista/revolucionaria; o una lectura moralista, en la que todo sirve para determinar nuestro comportamiento, sin tener en cuenta la acción del Espíritu Santo, tan distinta de la lectura verdaderamente espiritual. No deberíamos nunca pasar por alto lo que nos dice san Pablo: «Pues, todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que, a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rom 15,4).

14. Algunas de las situaciones que acabo de describir son reales, pero afectan a pocos creyentes. Tal vez lo que más entristece es que la gran mayoría desconoce la Biblia. La muchedumbre de católicos practicantes conoce de la Biblia lo que recuerda de la Misa del domingo. La ignorancia es considerable. Vivimos lejos de la Palabra de Dios. Y hay que salir de esa ignorancia. Es urgente favorecer el encuentro de los cristianos con ella. Es preciso que la Palabra de Dios circule en la Iglesia. Quiera el Señor que, en las acciones que ofrece la Programación Pastoral de nuestra Diócesis en este curso, las posibilidades abiertas sean muchas y los grupos cristianos que descubran la Revelación, el diálogo eterno de Dios con su Pueblo, sean mucho más numerosos. Una Palabra de Dios escuchada, explicada, compartida y convertida en fuente de oración, tiene un frescor y un sabor que no poseen otros alimentos del espíritu.

Dios me conceda trabajar en este campo con entusiasmo, de manera que la Palabra de Dios, que nos ha llegado por la Tradición y la Escritura Santa rejuvenezca la esperanza, dé alegría para vivir la vida nueva de Cristo y motive el compromiso cristiano. No me gustaría que llegáramos a repetir aquellas irónicas palabras de Paul Claudel: «El respeto de los católicos por la Sagrada Escritura es inmenso, pero se manifiesta sobre todo en la distancia que adoptan ante ella»4 .

II. El misterio de Dios que nos habla

15. Parto de un convencimiento: hay que favorecer suficientemente el encuentro con la Palabra de Dios. Lo cual significa, en mi opinión, que la Escritura Santa tiene que circular más en la Iglesia. Desconocimiento supone mediocridad. «Por eso, decía san Agustín, es obligación nuestra amonestar, y es deber vuestro escuchar la voz del verdadero Pastor en las santa Escrituras, aun en el caso de que nosotros guardáramos silencio» (Sobre los pastores, Sermón 46,20-21).

Seríamos injustos, no obstante, si no reconociéramos la existencia de muchos grupos que se reúnen periódicamente alrededor de la Biblia para leer y orar la Palabra de Dios y con la Palabra de Dios. Eso es muy loable y os aseguro que trae alegría y vigor, porque esa Palabra escuchada, compartida y convertida en oración lleva consigo un frescor y un sabor que no poseen otros alimentos del espíritu. Estoy persuadido de que, como la celebración de fe bien hecha y toda actuación que se proponga crecer en la inteligencia de esta misma fe, también la Palabra de Dios escuchada y explicada despierta nuestra fe, rejuvenece la esperanza, aleja la rutina y proporciona deseo de hacer algo por Cristo. Pero, ¿qué tiene la Biblia para que posea tanta importancia?

16. Lo primero de todo es que las palabras de Dios están perfumadas de Espíritu Santo o, como decía san Francisco de Asís, son como el pan aún caliente y aromático (Fuentes Franciscanas, 80). Por ello, él quería servir a todos las fragantes palabras de su Señor. Es decir, Dios ha inspirado la Sagrada Escritura, según aquella famosa afirmación de san Pablo: «Toda Escritura está inspirada por Dios» (2Tm 3,16). ¿Qué quiere decir esta frase? ¿Cómo entenderla? Otro texto nos lo explica bien: «pues nunca se presentó una profecía por voluntad de un hombre, sino que, dejándose llevar por el Espíritu Santo, unos hombres y mujeres hablaron de parte de Dios» (2P 1,21).

Es lo que decimos en el Credo: que el Espíritu Santo «habló por los profetas». De manera que, con, san Agustín, yo también exclame convencido: «Para ti, Israel, el Señor construyó montes, es decir, suscitó profetas que escribieran las divinas Escrituras. Apacentaos en ellas y tendréis un pasto que nunca engaña. Todo cuanto en ellas encontréis gustadlo y saboreadlo bien; o que en ella no se encuentre repudiadlo (…). Retiraos a los montes de las santas Escrituras, allí encontraréis las delicias de vuestro corazón (…). Desde los montes que os hemos mostrado fluyen, abundantes, los ríos de la predicación evangélica, de los cuales se dice: A toda la tierra alcanza su pregón; a través de estos ríos de la predicación evangélica el mundo entero se ha convertido en alegre y rico pastizal, donde se pueden apacentarse los rebaños del Señor» (Ibíd., 24-25).

Uno de los libros que más utiliza el Pueblo cristiano, junto a los Evangelios, son los Salmos. Estos 150 poemas poseen, en efecto, una especial dulzura. Merece la pena escuchar lo que dice a este propósito el gran san Ambrosio: «La historia instruye, la ley enseña, la represión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los Salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos. El que lo lee halla en él un remedio específico para curar las heridas de sus propias pasiones. El que sepa leer en él encontrará allí, como en un gimnasio público de las almas y como en un estadio de las virtudes, toda la variedad posible competiciones, de manera que podrá elegir la que crea más adecuada para sí, con miras a alcanzar el premio final. Aquel que desee recordar e imitar las hazañas de los antepasados hallará compendiada en un solo salmo toda la historia de los padres antiguos, y así, leyéndolo, podrá irla recorriendo de forma resumida (…) Y ¿qué decir de su contenido profético? (…) En los Salmos hallamos profetizado no solo el nacimiento de Jesús, sino también su pasión salvadora, su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión al cielo y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir, aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona» (De los Comentarios sobre los Salmos 1, 4. 7-8).

17. ¿Hemos de pensar, pues, que este hablar de Dios es un hablar al dictado a los distintos autores de los libros de la Biblia? No. La inspiración es algo a la vez más sencillo y más misterioso en este hablar de Dios. De forma análoga, aunque no idéntica, a cómo el Espíritu Santo actúa en la Virgen María en la encarnación del Hijo de Dios sin acción de varón alguno, actúa en el escritor sagrado para que éste acoja la Palabra de Dios y la «encarne» en un lenguaje perfectamente humano. Imaginemos un estanque de agua tranquila y tersa: cualquier golpeo que llegue a su superficie es acusado rá- pidamente. Dios «toca» con su dedo divino esa superficie de agua que es el ser humano abierto al Espíritu, y ese toque se difunde como una vibración sonora por todas las facultades humanas (voluntad, inteligencia, imaginación, palabras, corazón, sensibilidad) y se traduce en conceptos, imágenes, palabras que ese hombre o mujer escribirán más tarde.

Es decir, se produce el misterioso paso de la moción/acción divina a la realidad creada que tiene todo lo que Dios hace hacia fuera de Sí mismo: en la creación, en la encarnación de su Hijo, en su revelación a nosotros, en la actuación bondadosa hacia nosotros que llamamos «gracia». El resultado de la inspiración, en el caso de la Biblia, es una realidad plenamente divina y plenamente humana en la que lo humano y lo divino están íntimamente unidos, pero no confundidos. La Iglesia nos dice que Dios es el autor principal de la Biblia, porque asume la responsabilidad de lo que está escrito, determinando el contenido mediante la acción de su Espíritu. Sin embargo, el escritor humano es también autor en sentido pleno de la palabra escrita, porque ha colaborado a través de una actividad humana natural de la que Dios se ha servido a modo de instrumento.

18. Dios es como el músico que hace que las cuerdas de un violín, tocándolas, suenen; el sonido es totalmente obra del músico, pero el sonido no existiría sin las cuerdas del instrumento. El ejemplo vale, a condición de que tengamos en cuenta que, en el caso de la Palabra de Dios que se hace Escritura, el misterio consiste en que Dios no mueve unas cuerdas inertes, sino unas cuerdas libres que son la voluntad y la inteligencia del ser humano, capaces de mover a su gusto y según sus capacidades dichas cuerdas manteniendo intacta su libertad y actuando a través de ellas. Eso sencillamente quiere decir que los autores de los libros bíblicos, además de ser escritores, son profetas, evangelistas, catequistas, misioneros, testigos en definitiva de la acción de Dios en ellos.

19. Pero que las Escrituras estén inspiradas por Dios significa también que exhalan a Dios, ¡porque huelen a Dios! ¿Cómo se explica esto? San Agustín nos pone un ejemplo estupendo. Hablando de la creación, dice el santo de Hipona que Dios no hizo las cosas y después se marchó, sino que ellas, «provenientes de Él, en Él permanecen» (Confesiones, IV, 12, 18). Lo mismo ocurre con las palabras de Dios: vienen de Dios, en Él permanecen y Él en ellas. Significa esto que el Espíritu Santo, tras haber inspirado la Sagrada Escritura, se ha quedado en ella, la habita y la anima sin cesar con su soplo divino. El Concilio Vaticano II lo expresa de este modo: «La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la Palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Apóstoles y los Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo» (Dei Verbum, 21).

20. ¿A qué puede compararse, pues, la palabra de la Escritura? Se parece al pedernal, respondía san Gregorio Magno, muerto en 604 d. C. Esa piedra es fría, pero golpeada con el hierro, desprende chispas y enciende el fuego. Tampoco las palabras de la Escritura dejan de ser letras muertas si únicamente buscamos su sentido literal, pero si buscamos la inspiración que Dios ha puesto en ellas, se prende un fuego que va más allá de lo que leemos mecánicamente (cf. De las homilías sobre el profeta Ezequiel, Libro II, 10, 1: PL 76, 1058). El simbolismo de la luz, común a todos los pueblos y civilizaciones, estaba destinado a adquirir una nueva significación en el mundo judío, que iniciada con la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, llegaría, más tarde, a su cima culminante con el misterio de la Encarnación de Cristo. Jesús se proclama a sí mismo como la Luz del mundo y envía a los Doce apóstoles a irradiar: «La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo –exclama san Máximo Confesor- , luz verdadera del Padre, que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre» (Cuestiones a Talasio: Cuestión 63).

Podrían ponerse muchos ejemplos de cómo una sola palabra de un  pasaje bíblico puede desencadenar en el que la lee toda una historia de amor de Dios, que aparece como luz para el ser humano, como en el caso de aquel marido alcohólico que, incapaz de salir de su situación, fue invitado con su esposa a unos encuentros donde se leía la Biblia. Una palabra le golpeó profundamente y le ayudó a salir del abismo. Preguntado sobre la palabra que tanto le había ayudado, abrió la Biblia y la voz se le rompió por la emoción cuando llegó al texto del Cantar de los Cantares que dice: «Mejores que el vino son tus amores» (Cant 1,2).

Para cualquier experto bíblico habría sido muy fácil demostrarle a este hombre que el versículo por él citado nada tenía que ver con su situación de alcohólico, pues el autor sagrado estaba ponderando en ese pasaje la bondad y la belleza del amor humano entre mujer y hombre. Ciertamente, pero el protagonista de este relato repetiría: «Yo estaba muerto y ahora estoy vivo. ¡Esa palabra me ha devuelto la vida!». También el ciego de nacimiento respondía a los que le interrogaban y no aceptaban lo que Jesús había hecho con él: «Cómo ha sido, yo no lo sé; sólo sé que antes estaba ciego y ahora veo» (Jn 9,25).

21. Ahora bien, ¿cómo acercarnos a la Biblia de modo que libere para nosotros el Espíritu que contiene? He aquí un problema más delicado: ¿cómo «explicar» las Escrituras, cómo penetrar entre sus pliegues, de manera que difundan esa fragancia de Dios que, por fe, sabemos que encierran? Pongámonos de acuerdo: los escritos que se contienen en la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) pueden calificarse de realidad a la vez humana y divina. También Jesucristo es divino y humano y lo es la Iglesia. Estoy escribiendo para católicos y entenderéis que la ley de la encarnación consiste en que no se puede descubrir en Cristo que es Hijo de Dios, esto es, divino, si no es a través de su concreta humanidad. Cabe decir lo mismo para la Escritura y para la Iglesia. Voy a explicarlo un poco más.

22. A lo largo de la historia del cristianismo, algunos se acercaron a Jesucristo despreciando el cuerpo y los distintivos humanos de Jesús, teniéndolos por simples «apariencias», pues ¿cómo va a ser posible que Dios se haga carne? ¿Qué consiguieron con ello? Perdieron también la realidad profunda de Jesús y, en lugar de un Dios vivo hecho hombre, se encontraron con su simple y propia idea de quién es Dios. Pues, del mismo modo, en la Escritura Santa no se puede descubrir al Espíritu Santo que la inspiró si no es pasando a través de la letra, es decir, a través del concreto revestimiento humano que la Palabra de Dios ha asumido hasta plasmarse en los diversos libros y autores inspirados. Quiero decir que no podemos descubrir en los escritos bíblicos el significado divino, lo que Dios quiere decirnos, si no partimos del significado humano en el que se han expresado los autores sagrados: Isaías, Jeremías, san Lucas, san Pablo, etc

Así se explica el inmenso esfuerzo de estudio e investigación que, a lo largo de la historia, ha rodeado a la Sagrada Escritura. Hoy también, miles de estudiosos creyentes pasan la vida intentando iluminar los problemas del texto bíblico, sin que por ello tengan que dejar a un lado su fe en Dios y en Jesucristo. Son problemas que se refieren al texto y al contexto histórico y cultural de éste o aquel libro, a las fuentes internas o externas de la Biblia, al género literario o al sentido más exacto de cada pasaje. En el fondo se trata de cómo interpretar la Biblia adecuadamente teniendo en cuenta la unidad de la Escritura y la analogía de la propia fe.

Sigue…

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.