Familia y vocación

melgarviciosagerardoMons. Gerardo Melgar          Queridos evangelizadores: sacerdotes, religiosos y laicos:

Partiendo de las líneas fundamentales que el papa Francisco nos ofrece en su encíclica programática Evangelii gaudium (EG), quiero resaltar algunas actitudes pastorales que hoy debemos tener muy presentes por ser fundamentales para la evangelización actual de nuestro mundo y de nuestra gente.

La primera es una línea pastoral que aparece en toda la encíclica y que podemos denominar trasversal: debe estar presente en toda la acción evangelizadora e imbuir toda nuestra actuación pastoral. Nuestra acción evangelizadora debe ser una evangelización misionera (Cfr. EG cap. I), es decir, que pide del evangelizador salir, buscar, ofertar y hacerlo continuamente y sin cansarse, en todos los momentos y en todos los sectores de la evangelización. La mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a los que tenemos que evangelizar, se encuentran en las periferias increyentes de nuestra sociedad y es allí y a ellos a los que hemos de ofrecer el bálsamo del Evangelio.

No podemos esperar a que sean ellos los que vengan a nosotros, porque no vendrán, ni podemos seguir haciendo lo mismo de siempre porque ya tenemos comprobado a dónde nos lleva. Hemos de salir de nuestra comodidad y de nuestras seguridades para evangelizar mucho más a la intemperie, con una dependencia y una confianza total en el Espíritu que nos asistirá y nos acompañará para llevar a Cristo y su mensaje a quienes tanto necesitan de Él.

Nuestras iglesias parroquiales se han quedado envejecidas haciendo lo de siempre y necesitan ser renovadas y rejuvenecidas (Cfr. EG 28) para acoger a todos los que hoy no van a ellas. Son muchos los que no conocen a Cristo o, conociendo algo de Él, no lo viven, son indiferentes a todo cuanto se refiere a Cristo y su vida, la fe en Él y las exigencias que la fe comporta. Están inmersos, hasta las entrañas, en otros intereses materialistas, hedonistas y de lucha por el poder y solo valoran lo que contribuye a incrementarlos.

No podemos quedarnos impasibles ante esta realidad que habla por sí misma: son muchos más los alejados, los indiferentes, los que no viven ni les importa el mensaje salvador de Cristo, que aquellos con quienes tenemos contacto en nuestras iglesias (Cfr. EG 33).

Todos tienen derecho a que se les anuncie el Evangelio, y nosotros tenemos la obligación de hacer que ese mensaje les llegue, porque hemos recibido el encargo del Señor de ir y anunciar.

El encargo de Jesús nos exige no quedarnos en una pastoral sedentaria, de espera a que ellos vengan a nosotros. Somos nosotros los que hemos de salir a buscarlos (Cfr. EG 24) y esto nos pide que salgamos de nuestras estructuras, muchas veces, caducas, de nuestras seguridades, que las renovemos y las hagamos más vivas, con una presencia distinta, con un talante distinto y con una entrega generosa. Salida, presencia, entrega y talante diferente, que nos permitan llegar a donde están todos cuantos necesitan de una manera especial del bálsamo del Cristo y de su Evangelio, como el único que puede dar respuesta a todo cuanto ellos buscan en otros intereses y valores y no logran encontrarlo.

Es la hora de la renovación espiritual y pastoral de los evangelizadores y de cuantos sienten la responsabilidad de anunciar hoy el Evangelio. Es la hora de la conversión y de un cambio radical de mentalidad, (Cfr. EG 25–27; 33). Convencidos de que lo de siempre no sirve, hemos de ensayar otras formas, otros estilos, arriesgándonos al fracaso personal, evangelizando mucho más a la intemperie de los triunfos personales y mucho más apoyados en la fuerza del Espíritu. Es la única forma de llegar a quien necesita de nuestra acción evangelizadora y, a través de ella, la acción del Espíritu.

Es la hora de la acción pastoral conjunta y comunitaria, en la que participemos, con un verdadero protagonismo, todos aquellos que componemos la Iglesia, que hemos sido bautizados y, por lo mismo, que hemos recibido el encargo de evangelizar. No podemos sentirnos francotiradores evangelizando este mundo adverso, tenemos que apoyarnos y contar los unos con los otros mucho más, con todos los que caminamos por el mismo camino de seguimiento de Jesús y juntos todos, sostenernos en Él que camina a nuestro lado y nos sigue diciendo: «como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Id por el mundo entero» (Jn 20, 21) (Cfr. EG 102).

Esta actitud de conversión, de cambio de mentalidad, es la primera que hemos de tratar de encarnar en nuestro quehacer pastoral actual, si de verdad queremos no sentirnos fracasados.

Es la hora de abandonar nuestros clericalismos y dar cancha abierta a los laicos que tienen mucho que decir y que hacer en la tarea evangelizadora, en esta nueva etapa que se nos ha abierto ante nuestros ojos y que estamos viviendo.

Es urgente suscitar entre ellos, y alimentar en su corazón, la corresponsabilidad eclesial y la corresponsabilidad en la evangelización. Hemos de hacerlo desde la acción, desde la programación conjunta de las actividades pastorales, persiguiendo los mismos objetivos: ofrecer a este mundo descristianizado lo que necesita para que se acerque a Dios y deje que Cristo entre en sus vidas, los transforme y se encuentre con ellos.

Desde estas premisas, y partiendo de la cruda realidad que estamos viviendo de la poca estima y valoración que se tiene de la fe, de tantos alejados e indiferentes al mensaje cristiano, y a cuanto se refiere a Dios y a lo espiritual, he elaborado esta programación. Conscientemente no pongo fecha de duración. No nos importa estar el tiempo que sea conveniente con estos objetivos y acciones que nos planteamos, con tal de lograr que nuestra acción pastoral sea realmente una respuesta adecuada y propicia al envío que el Señor nos hace, a las necesidades de nuestra gente, y a lo que el mundo de la increencia está pidiendo y necesitando.

Necesitamos, queridos sacerdotes, religiosos y laicos tomar con verdaderas ganas y con una total entrega nuestra tarea, que es mucha y muy importante. Nos ha tocado vivir en un momento no fácil de la historia, pero también en un momento fascinante, porque el Señor deposita en nuestra manos, nada más y nada menos, que el reto de la evangelización de este mundo descristianizado, para anunciarle el mensaje salvador, liberador y sanador de Cristo. Él es el único en el que van a encontrar la salvación y la felicidad, la liberación de todas las esclavitudes y dependencias y la sanación de sus heridas producidas por una vida vivida al margen de Él y de su mensaje.

Una evangelización misionera pide de todos y cada uno de los evangelizadores y agentes de evangelización una verdadera conversión personal, que nos haga sentir la responsabilidad ante tantas personas que no creen y son indiferentes a Dios y a todo cuanto suene a fe. Como he referido anteriormente, el número de estas personas alejadas e indiferentes a Cristo y a la fe son, por desgracia, muchas más en número que los que tenemos en nuestras Iglesias y tratan de seguir al Señor (Cfr. EG c. II).

Esta situación debe llevarnos a trabajar personalmente mucho más, con nuevas iniciativas y con un nuevo estilo, distinto del de siempre, para acercarles a Cristo y no dar por perdida la guerra antes de haber empezado la batalla y haber puesto todo cuanto esté en nuestra mano para anunciarles a Jesús y su mensaje salvador.

Una situación que reclama de nosotros una verdadera conversión pastoral como agentes de evangelización, que, como dice el papa Francisco en la Evangelii gaudium, sea una conversión que nos impulse a trabajar para no dejar las cosas como están (EG 25); a desarrollar nuestra actividad pastoral con la conciencia de estar en un estado permanente de misión; a no mutilar, sino guardar siempre la integridad del mensaje evangélico; a expresar las verdades de siempre con un lenguaje nuevo que permita advertir la perenne novedad.

Esta conversión pastoral de los agentes pide de nosotros, de todos, –sacerdotes, religiosos y laicos–, porque todos somos responsables como bautizados de la evangelización de nuestro mundo, una espiritualidad misionera que haga superar los individualismos, las crisis de identidad, la caída del fervor y la ilusión pastoral; que supere los complejos de inferioridad de los agentes que llevan a ocultar la identidad y las convicciones persona les, conscientes de que ofrecemos lo que los hombres y mujeres de nuestro tiempo más necesitan; una valentía, que nos lleve a perder el miedo al compromiso; una superación de la desilusión, del pesimismo estéril, de la falta de esperanza, y de la conciencia de derrota (Cfr. EG c.II) que nos hace vivir con cara avinagrada y darnos por vencidos antes de empezar la batalla. Los cristianos estamos llamados hoy, como nos aconseja el papa Francisco, a testimoniar la alegría del Evangelio (Evangelii gaudium) y la alegría del amor (Amoris laetitia).

Una conversión pastoral con la que, ante la desertización de la fe y los pocos resultados positivos que obtenemos, no nos dejemos robar la esperanza porque vivimos una espiritualidad que convoca a la comunión y a la fecundidad misionera; una conversión personal y pastoral que nos convierta realmente en sal de la tierra y luz del mundo desde la vivencia de la fraternidad y la comunidad; una conversión personal y pastoral que nos impida dejarnos llevar por la mundanidad y sus criterios a la hora de vivir y actuar y encauce nuestra vida personal, pastoral y evangelizadora por los caminos y los criterios del evangelio.

Todas estas, y más actitudes fruto de una verdadera conversión personal y pastoral, piden la puesta en marcha y el desarrollo de una evangelización misionera por parte de los agentes de evangelización, es decir, de todos aquellos que, creyendo en Jesús, nos sentimos llamados y responsables de llevar el mensaje salvador a los hombres y mujeres de nuestro mundo actual.

Todos estas exigencias son un camino a recorrer que no se consigue ni en un curso ni en dos, sino que es un esfuerzo continuo el que hemos de poner para que realmente nuestro trabajo pastoral tenga este carácter misionero.

Nos queda mucho camino por andar y por recorrer y, que por lo mismo, se nos pide que sigamos avanzando por el camino iniciado de hacer, de nuestra acción pastoral y evangelizadora, una acción verdaderamente misionera y una iglesia en salida. Desde estas actitudes personales del verdadero agente de evangelización, salgamos a buscar a los que están lejos o son indiferentes a Cristo y a la fe para ofrecerles con convencimiento y valentía, desde la alegría y la esperanza, el anuncio de su persona y su mensaje, como quien ofrece lo mejor y lo que más necesita el mundo actual.

Para llevar adelante esta acción evangelizadora misionera se nos pide también la conversión de estructuras evangelizadoras tan importantes como la parroquia (Cfr. EG 28). Nuestras parroquias necesitan una transformación misionera. No pueden seguir haciendo y ofreciendo lo mismo de siempre. Se han quedado envejecidas y necesitan, no un acicalamiento exterior sino una verdadera trasformación para ser verdaderas estructuras al servicio de la evangelización misionera.

Las parroquias son estructuras válidas de evangelización, pero tienen que cambiar de estilo, abriéndolas al mundo, convirtiéndolas en lugares de acogida, haciendo de ellas verdaderos centros de evangelización comunitaria, en las que todos tenemos algo importante que aportar, olvidando el clericalismo en el que las hemos sumido, para dar cancha a los demás agentes de evangelización, especialmente, los laicos cristianos.

Los consejos pastorales de las parroquias no pueden ser órganos muertos, que están en el papel, pero que no desempeñan la verdadera función que les corresponde de hacer viva la parroquia por medio de la programación, la revisión y la búsqueda de camino nuevos por los que llegar a los que están lejos.

Nuestros consejos pastorales parroquiales tienen que ser el hogar en el que se reflexiona, se comenta y se toma conciencia de lo que está pasando en las parroquias y, a la vez, taller desde el que se proponen estrategias, objetivos y actividades concretas.

Así se podrá dar respuesta a los problemas que abundan en nuestras parroquias, a las necesidades prioritarias que aparecen, a la situación increyente de tantas personas que, en otro tiempo, creyeron y hoy no creen, o a tantos indiferentes a Cristo y a la fe que necesitan el primer anuncio. Se trata de que muchos descubran que Cristo les quiere tanto que ha sido capaz de entregar su vida por todos y cada uno de ellos, a pesar de su indiferencia, su increencia y sus pecados.

Todo este contenido tan rico está implícito cuando hablamos y nos proponemos lograr una evangelización realmente misionera en nuestra pastoral y en nuestra tarea evangelizadora.

Como he dicho anteriormente, una acción pastoral misionera no se puede lograr en un curso ni en dos ni en tres. Es fruto del esfuerzo, de tiempo y del intento de lograrlo una y mil veces. Por eso, no debemos desanimarnos por no haberlo conseguido todo, ni mucho menos, pero tenemos que descubrir en este camino misionero el reto mayor que tenemos en nuestra actividad pastoral, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades y debemos continuar persiguiéndolo, apoyados los unos en los otros y todos en el Señor. Ya tenemos comprobado que con lo de siempre, –con el otro estilo–, no llegamos a ningún sitio, es más, haciendo lo de siempre, cada día son menos a los que llegamos y muchos más los que engrosan la fila de los indiferentes e increyentes, alejados de Cristo y de los valores del Evangelio.

Por eso, este objetivo trasversal de todo el quehacer pastoral que es impulsar una evangelización misionera, será la actitud prioritaria que esté siempre presente en nosotros, –este curso y los que sean necesarios– tratando de dar nuevos pasos que nos acerquen a ese nuevo estilo evangelizador de una Iglesia en salida que está llamada a buscar, ofrecer, y llevar el mensaje salvador de Cristo al corazón del mundo.

Que el Espíritu Santo, que iluminó, transformó y acompañó con su gracia a los Apóstoles, nos ilumine, transforme y acompañe con su gracia a nosotros en el momento presente de la historia de la Iglesia. Y que nuestra madre, la Virgen María, Estrella de la Nueva Evangelización, ilumine nuestros pasos. Con su ayuda y la fuerza del Espíritu, hemos de ser capaces de responder a los retos que nos plantea el Evangelio y el mundo en el que estamos viviendo desde su realidad y necesidades. Que nuestro trabajo a favor de la evangelización produzca verdaderos frutos de salvación en los hombres y mujeres de nuestro tiempo a los que va dirigido.

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

 

 

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia.Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976.A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional.Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993).En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia.El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana.Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar.De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010).El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.