La alegría de la salvación

francomartinezcesaraugustoMons. César Franco         Una sociedad que ha desterrado de su horizonte el sentido del pecado, difícilmente comprenderá el mensaje de las tres parábolas de la misericordia de san Lucas que leemos en el evangelio de hoy. El hombre de hoy es más sensible a los problemas materiales que a los del alma. Nos conmueven las pobrezas, miserias y carencias físicas, pero ¿y las del alma? ¿Nos mueve a compasión el pecado de los demás? ¿Nos preocupa el nuestro? ¿O nos hemos acostumbrado al pecado como algo inevitable, normal, y carente de importancia? Nos parecemos a aquellos personajes del evangelio que llevaron un paralítico a Jesús para que lo curara; cuando lo tuvo delante, Jesús le dijo: tus pecados quedan perdonados. Y aquellas gentes, escandalizadas, pensaron que Jesús blasfemaba, que sólo pedían la salud corporal. También hoy nos parece que lo urgente es lo material, lo que nos permite vivir bien, la salud, el bienestar. ¿Y el alma? ¿Tiene alguna importancia el pecado? ¿Pasa algo porque el hombre viva de espaldas a Dios?

En las parábolas de la misericordia —la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo pródigo—, Jesús habla de la alegría de la salvación, de la necesidad de que un pecador sea perdonado. Jesús subraya la importancia que tiene un hombre ante Dios, que hace todo lo posible por buscarlo y manifestarle su perdón. Mirada humanamente, la actitud del pastor que, por buscar una oveja perdida, deja las noventa y nueve en el campo, a expensas de lo que pueda sucederles, es poco inteligente. Puede venir el lobo o los ladrones, y quedarse sin el rebaño. Dios piensa en el hombre, en cada hombre. Cada individuo es único para él, y tiene valor infinito. Por eso, lo busca, lo atrae hacia sí, lo regenera y lo salva. Y el cielo se colma de alegría por un pecador que se convierte.

La actitud de la mujer que pierde una moneda y limpia toda la casa para buscarla resulta exagerada  si olvidamos que sólo tiene diez. Posiblemente Jesús se refiere a las monedas de la dote de bodas, que las mujeres lucían como adorno sobre la frente. Eran el último recurso para la vida, si venían días de necesidad. Una de diez era una décima parte de sus recursos. Se entiende pues el afán por encontrarla. Y, cuando la encuentra, llama a sus amigas para comunicarles su alegría: «Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido».

Que un hombre se pierda espiritualmente es una tragedia inmensa, que sólo captan los que, como Cristo, han luchado contra el pecado como el peor mal que puede sucedernos. Por eso, cuando nos acostumbramos al pecado, al personal o al ajeno, es que hemos perdido el sentido mismo de la existencia. Hacemos las paces con el mal. Así de claro. Renunciamos al bien como aspiración y meta del hombre. Y al renunciar al bien, en sentido pleno y absoluto, abrimos las puertas a tantos otros males que afligen al hombre y lo reducen a esclavitud. Sólo así se comprende que Cristo haya querido entregar su vida por los pecados de los hombres, o, dicho de otra manera, para salvar al hombre de sí mismo y de su tendencia a la muerte total. Las páginas más bellas del evangelio, además de las que leemos hoy, son aquellas en las que Cristo salva a alguien de su pecado y le reconcilia con Dios. Son páginas que revelan la alegría de la salvación, cuando, alguien que estaba perdido, es hallado. Por eso, a un cristiano, el pecado no puede dejarlo indiferente, como no nos deja indiferente que alguien a quien amamos pueda caer en un abismo, perder la vida. Al final de la parábola del hijo pródigo, el padre se lo dice claramente al hijo mayor, que no entendía la alegría de la fiesta: «Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido».

 

+ César Franco

Obispo de Segovia

Mons. César Franco Martínez
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Mons. D. César Augusto Franco nació el 16 de diciembre de 1948 en Piñuecar (Madrid). Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1973. Es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1978. Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica y Arqueología de Jerusalén en 1980. Es también Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1983.CARGOS PASTORALESFue Vicario Parroquial de las parroquias San Casimiro (1973), Santa Rosalía (1973-1975) y Ntra. Sra. de los Dolores(1975-1978/1981-1986). Capellán de las Hijas de la Caridad en el Colegio San Fernando (1980-1981); Secretario del Consejo Presbiteral de Madrid (1986 y 1994) y Consiliario diocesano de Acción Católica General y Capellán de la Escuela de Caminos y de la Facultad de Derecho (1986-1995). Fue Rector del Oratorio Santo niño del Remedio (1993 -1995) y Vicario Episcopal de la Vicarçia VII (antigua VIII) de Madrid (1995-1996).El 14 de mayo de 1996 fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Ursona, recibiendo la ordenación episcopal el 29 de junio del mismo año.Desde 1997 a 2011 fue Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y ha sido el Coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011. Desde noviembre de 2012 hasta su nombramiento como Obispo de Segovia fue Deán de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid. En su actividad docente, ha impartido cursos sobre Biblia en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Eclesiástica “San Dámaso”.El 12 de noviembre de 2014 se hizo público su nombramiento como obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 20 de diciembre del mismo año.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 2014, tras ser de nuevo elegido para este cargo el 14 de marzo de 2017.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1996-1999), de Enseñanza y Catequesis (1996-2008), de Apostolado Seglar (1999-2002) y de Relaciones Interconfesionales (2008-2014).