“Marta y María”

fernandezgonzalezdemetrioMons. Demetrio Fernández              Cuando Jesús iba a casa de sus amigos de Betania, ellos se desvivían por tenerle todo a punto. Les gustaba mucho escucharle, tener un rato largo de conversación sin prisa, como se hace con los buenos amigos.

Jesús solía acudir a Betania, a unos tres kilómetros de Jerusalén a casa de sus amigos, los hermanos Lázaro, Marta y María. Era familia acomodada y podían dar hospedaje a Jesús (y quizá a algunos de sus acompañantes, los apóstoles) en sus frecuentes estancias en Jerusalén. Jesús iba a descansar, como se hace en casa de los amigos, donde uno se encuentra como en su propia casa. Por el relato que este domingo nos ofrece el evangelio, se puede entender que iba con frecuencia.

Cuando Jesús iba a casa de sus amigos de Betania, ellos se desvivían por tenerle todo a punto. Les gustaba mucho escucharle, tener un rato largo de conversación sin prisa, como se hace con los buenos amigos. Le ofrecían la hospitalidad de una habitación para el descanso y la comida un poco especial en honor del huésped. Y un día sucedió lo que nos narra hoy el Evangelio: María quedó embobada escuchando al Maestro, mientras que Marta andaba para un lado y otro haciendo las cosas de la casa. No se nos dice nada de Lázaro que probablemente no entraba en el reparto, aunque estuviera presente.

La anécdota surge cuando Marta se queja a Jesús de que su hermana no da golpe, mientras que ella no puede disfrutar de la conversación jugosa con el Maestro, porque tiene que hacer las cosas de la casa: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. La petición de Marta es muy razonable y justa, en el contexto familiar en el que se produce. Sin embargo, Jesús aprovecha la ocasión para darnos a todos una enseñanza: “Marta, Marta, andas inquieta y  nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

Esta enseñanza de Jesús ha sido muy comentada a lo largo de los siglos. Hay como dos maneras de servir al Señor: una, haciendo cosas por él; otra, escuchándole directamente casi con exclusividad. Sería lo que llamamos la vida activa y la vida contemplativa. Son aspectos complementarios de una vida de seguimiento del Señor. Y las dos son necesarias.

Jesús no le recrimina a Marta que esté ocupada en tantas cosas. Lo que Jesús advierte a Marta es que ocupada en tantas cosas, se olvida del Señor. Y entonces todo lo que está haciendo pierde valor. Porque sólo una cosa es necesaria: estar atentos al Señor para cumplir en todo momento su voluntad. Y eso lo hace María, que no es recriminada por ello, sino que es alabada.

¿Cuál ha de ser nuestra postura? En primer lugar, reconocer la primacía del Señor en todo. La escucha atenta de la Palabra de Dios, la búsqueda sincera de su voluntad, es tarea permanente que nos saca de nuestros intereses para servir a Dios y a los demás. Hay todo un trabajo en la vida cristiana que alimenta la fe en el clima de la oración y va purificando las intenciones torcidas que con frecuencia se entrecruzan. Esa tarea contemplativa no debe ser sustituida por nada ni por nadie. Y todos estamos llamados a ella desde los principios de la vida espiritual.

El trabajo apostólico, el que emprendemos para dar a conocer al Señor a los demás, nunca debe despistarnos del Señor al que servimos. Lo ideal es cultivar una buena dosis de contemplación para poder impulsar todo el trabajo apostólico que se nos presente. Cuando el trabajo apostólico carece de esa sólida base contemplativa, se convierte en activismo, que casino sirve para nada o incluso puede hacer daño.

La advertencia de San Juan de la Cruz es muy sabia y fundada en la experiencia: “Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración […]. Cierto, entonces, harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (Cántico B, 29, 3).

Nos sirva este Evangelio para buscar lo único importante.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

 

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.