A los sacerdotes al final del curso pastoral

morgairuzubietacelsoMons. Celso Morga            Queridos sacerdotes,

Al final de este curso pastoral, el primero de mi estancia entre vosotros, quiero agradeceros de corazón vuestra entrega ministerial y trabajo pastoral en favor de esta porción del Pueblo de Dios tan querida por todos como es la Archidiócesis de Mérida-Badajoz.

En primer lugar, quiero expresar mi profundo agradecimiento al Señor, del que nos llega todo bien (cf. Sant 1,17), porque este curso que termina ha sido, incluidas nuestras debilidades, un curso de servicio a Dios y a la Iglesia. Para mí un curso muy significativo en mi vida sacerdotal y episcopal, al ser el primero como Pastor de esta querida Archidiócesis. Se lo estoy agradeciendo al Señor. A la vez, me siento muy agradecido de corazón a cada uno de vosotros, a quienes quiero querer entrañablemente en el Señor. Deseo agradecer también, de forma especial, a algunos de vosotros, a quienes se lo he pedido este año, su disponibilidad y generosidad para aceptar los cambios de parroquia o de oficio canónico. Lo he hecho apoyado en la oración y con la ayuda de hermanos vuestros que me asesoran. Esa disponibilidad la he encontrado en todos, aun cuando a algunos no les ha sido posible, teniendo en cuenta todas las circunstancias objetivas, personales, familiares o ministeriales, que componen nuestra existencia diaria. En estos últimos días de nombramientos lo he experimentado concretamente. He intentado, e intentaré en el futuro, no forzar situaciones personales o ministeriales, si no lo viera estrictamente necesario para el bien personal del mismo sacerdote o el bien general de la Archidiócesis.

También he sufrido por el trastorno causado a comunidades cristianas concretas a causa de los nuevos nombramientos. Comprendo ese dolor, a la vez que me alegra enormemente que se ame a los sacerdotes y se establezcan con ellos lazos de amistad y afecto que van incluso más allá de lo que pudiera ser un estricto deber ministerial.

El ministerio sacerdotal es tan rico en manifestaciones de servicio y de ayuda, de amistad y fraternidad, que es lógico que se creen auténticos lazos de amistad humana y sobrenatural. Tengo que confesaros que, para los vicarios y para mí mismo, ha sido un trabajo difícil y no quiero ocultaros que he sufrido, pero que he intentado realizar este deber de mi ministerio episcopal en la presencia de Dios, en la oración, con rectitud de intención, sin otro interés que el bien de la Archidiócesis, a la que me debo desde hace un año en cuerpo y alma.

Debo confesar también que me ha emocionado interiormente la disponibilidad de hermanos nuestros a quienes se les ha aumentado la carga pastoral, o de otros que he tenido que cambiar de parroquia, aunque ellos hubieran preferido otro destino.

Un problema que ha aflorado continuamente durante estos días de nombramientos ha sido la escasez de sacerdotes. Os pido con todo el corazón que hagáis cuanto podáis para que aumenten en nuestra Archidiócesis, en calidad y cantidad, las vocaciones al sacerdocio ministerial. Gracias a Dios este próximo curso entrarán dos jóvenes al Seminario Mayor y tres al Seminario Menor. Son números muy escasos pero que a mí y a vosotros nos deben llenar de esperanza. Hay una frase del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio, que en una homilía, a propósito de las vocaciones, decía “en argentino”: «cuando todo parece oscuro, aprendé a pelarte las rodillas ante el sagrario. Él, Jesús, jamás defrauda».

Junto a este imprescindible medio de la oración está la otra palanca: renovar nuestra ilusión de ser sacerdotes, según el Corazón de Cristo,  y que se nos note; y tener muy clara nuestra identidad y misión como tales, ¡que es más necesaria que nunca! Es indudable y todos estamos convencidos de que cuando nos ven así, al menos algunos niños y jóvenes encuentran un aliciente estupendo para preguntarse si no sería posible dedicar su vida a esta apasionante misión. Por esto pido al Señor cada día para todos que no falte en nosotros, sacerdotes, la alegría, la capacidad de sacrificio y de renuncia, un corazón compasivo y misericordioso, nutrido continuamente en la Eucaristía, nuestra vida de sacerdotes fieles, leales, que saben de amistad, de amor sincero, de servicio desinteresado, esto es lo que pido para vosotros cada día al Señor.

Todo esto me ha sugerido estos días de nombramientos y no quería ser tan largo y pesado, pero lo dejo así como me ha salido espontáneamente.

No quiero, sin embargo, fijarme exclusivamente en esta carta en los nombramientos, ni este es su principal motivo, sino simplemente y con toda sinceridad agradeceros de nuevo vuestra cordial acogida, vuestra comprensión y amabilidad que hace que me encuentre entre vosotros muy a gusto, facilitándome enormemente un cambio en mi vida de sacerdote y de obispo, que no era fácil, después de veintisiete años en Roma; sobretodo, quiero agradeceros vuestro callado servicio sacerdotal del día a día. Hay entre el Obispo y sus sacerdotes un misterio de unidad de consagración y misión en el mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo, que comporta una cooperación jerárquica. Es esta comunión en el mismo sacerdocio y ministerio lo que nos debe llevar a una convivencia de paternidad, de hermandad y amistad que nos haga agradable mutuamente la grave responsabilidad que tenemos de ser santos como cristianos y, especialmente, como sacerdotes. Eso es lo único importante y lo que quisiera que fuera una realidad palpable entre nosotros.

Os repito de nuevo mi agradecimiento por vuestra acogida que ha hecho posible que, desde el principio, me haya sentido muy bien en la Archidiócesis, estimulado por vuestra cercanía, amistad, comprensión y celo sacerdotal. Nuestro deber como pastores es cuidar no solo personalmente de cada fiel, en la medida de nuestras posibilidades, sino también formar auténticas comunidades cristianas, como aquellas primeras que nos describen los Hechos de los Apóstoles, las cartas de san Pablo y los demás apóstoles. Eso exige, ¡perdonad que me repita!, comunión constante entre todos nosotros, con el propio Obispo, con el Santo Padre y la Iglesia universal.

Ha sido también un año no exento de tristezas y dificultades. Tristezas, fundamentalmente, por los sacerdotes que, durante este curso, se nos han ido y que, humanamente hablando, todavía los necesitábamos para trabajar juntos, codo con codo, como obreros en la viña del Señor. Quisiera nombrarlos a todos para encomendarlos de nuevo a la misericordia del Señor. Quiero recordar, como englobando a todos, a don Sebastián por el cargo de vicario general que desempeñaba al momento de su muerte y por su labor incansable a favor de la Archidiócesis. Dificultades también, os decía, porque, no podemos negarlo, el ambiente paganizado que nos envuelve, hace que nuestra labor como sacerdotes sea más dura y sus frutos menos palpables. Sabemos, no obstante, que los que sirven al Señor nunca trabajan en vano (cf. Is 65,23).

Me duelen también las dificultades que pasan en estos momentos muchas de nuestras familias extremeñas con dificultades económicas, de nuestros jóvenes por la dificultad de acceso al trabajo y la precariedad laboral que no ven un futuro cierto; el dolor de nuestros enfermos y la soledad de muchos ancianos. Os pido que, como sacerdotes, estéis muy cerca de ellos y que las personas más débiles de vuestras comunidades ocupen un lugar particular en vuestro corazón de sacerdotes.

Asimismo, quiero que manifestéis mi gratitud a todos los que colaboran con vosotros en la pastoral ordinaria, religiosos y laicos. Tengo confianza en el Plan Pastoral que estamos confeccionando y que nos permitirá trabajar en la misma dirección.

Quiero expresaros mi disponibilidad y empeño sincero para que esto sea posible. Que la Santísima Virgen, nuestra Madre, esté a vuestro lado y os ayude siempre.

Con mi bendición,

 

+ Celso Morga Iruzubieta

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 50 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celsoMás tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso.A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011.Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas.En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.