Dios no descansa

cortessorianoagustinMons. Agustí Cortés        Llegados a este punto del curso, “el descanso” adquiere todo el protagonismo en nuestro pensamiento y en nuestra conversación. El descanso se exige como un derecho o se desea con ansia, desde los agobios del “estrés” y el sueño de una vida tranquila y libre.

Esto es así, hablando en general. Nada que objetar. Podemos recordar incluso aquellas invitaciones al descanso que nos hacía el Papa Benedicto XVI por estas fechas, llamándonos a vivirlo con un sentido humanista, como recuperación y crecimiento personal. Su mensaje obedecía a un análisis en profundidad de la cultura que mitifica la eficacia, el activismo y el éxito. El holandés Piet van Breemen escribía:

“La queja en boca de muchas personas de que están estresadas por el exceso de trabajo suena un poco como una autoglorificación disfrazada… apelar a la falta de tiempo se ha convertido en un elemento de distinción y de prestigio…”

En ese mismo sentido reconocemos a veces una cierta psicopatía que podemos denominar sencillamente “adicción al trabajo”. No solo adicción al dinero que con el trabajo se puede ganar, sino también adicción a la actividad misma, en la que la persona se siente realizada, creativa, poderosa… o quizá liberada de determinados problemas de la vida, a los que uno prefiere no enfrentarse.

Desgraciadamente no todos se pueden permitir estos lujos. No son pocos quienes hoy tienen un deseo y un sueño bien distinto, porque sufren la tragedia precisamente de estar en el paro. Son quienes viven en precariedad constante, en un descanso forzado y haciendo frente a sentimientos de inutilidad y marginación.

Quisiéramos vivir el tiempo de descanso con los ojos abiertos, con una mirada hacia la realidad y un corazón consecuente. Quisiéramos que el descanso no fuera un tiempo puramente evasivo. Quisiéramos, en pleno descanso, recordar que hay una forma de trabajar alienante y una vida sin trabajo que atenta contra la dignidad de la persona.

Nos ayudará a los creyentes recordar algo que animaba tanto a los fieles de Israel. Ellos estaban convencidos de que “Dios siempre tiene los ojos abiertos”. No hay ni un momento que escape de su cuidado amoroso, ni un lugar oculto a su mirada. De esta convicción brotaron bellas oraciones sálmicas:

“El sol durante el día no te hará daño, ni la luna de noche… Él te guarda a su sombra, no permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme, no duerme ni reposa el guardián de Israel” (Sl 121,3-6)

“Me cubres con tu palma… ¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo al cielo allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si emigro hasta el margen de la aurora o hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha” (Sl 138,5.7-8)

Son maneras de decir que Dios es eterno y omnipresente. Eterno quiere decir que está siempre vivo, que es una fuente inagotable. Omnipresente quiere decir que no hay lugar al que Él no pueda acceder y hacerse presente. Y, como su ser es amar, no hay ni un momento que deje de amarnos, como no hay lugar que escape de su abrazo.

Nosotros vivimos pasando del día a la noche, del calor al frío, del trabajo al descanso, del buen humor al mal genio, de la alegría al llanto… Pero el amor de Dios no es voluble, no se cansa ni se agota, sigue con los ojos abiertos día y noche, en el trabajo y en el descanso, aquí y en la otra parte del mundo. Por eso, quienes intentamos creer en Él no damos vacaciones al amor. Al contrario, ¿no será el descanso ocasión propicia para crecer amando?

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.