La pelota en nuestro tejado: “que nadie quede sin votar”

ZornozaBoyRafaelMons. Rafael Zornoza             Nos encontramos ante las próximas elecciones y los partidos políticos están ya en plena campaña. Una y otra vez oímos sus declaraciones, disputas, indicaciones, réplicas y respuestas, intentando captar el voto de los electores, que somos nosotros, todos los ciudadanos. Somos conscientes de que los partidos políticos no fueron capaces de ponerse de acuerdo después de las últimas elecciones generales del 20 de diciembre pasado y debemos volver a votar para salir de este atolladero. De nuevo la “pelota” está en nuestro tejado, el del pueblo soberano, para encontrar la solución. Pues seamos responsables y que nadie quede sin votar. España se juega mucho el 26 de junio.  Por tanto, desde el apartidismo político y los principios desde los que la Iglesia ha de juzgar y moverse en lo relativo a las realidades temporales-  insto a votar en conciencia y con responsabilidad pensando en el bien común y en la consolidación y reforzamiento –con la precisa, purificación y regeneración— de los verdaderos valores que han de conformar el presente y el futuro inmediato de España. “Estamos en un momento crucial”, “en una encrucijada de nuestra historia” en la que podrían romperse las coordenadas de nuestra sociedad y su convivencia, como nos recordaba no hace mucho el Cardenal Ricardo Blázquez.

El cuarto mandamiento de la Ley de Dios enseña y exige el amor a la patria y nuestros deberes para con ella. Uno de los más importantes en un sistema democrático es la obligación de votar, y no hacerlo supondría un pecado de omisión. Como cristianos debemos votar libremente, ciertamente, pero con criterios morales y sopesando con discernimiento no solo los programas, sino también las personas y su credibilidad, sus valores, objetivos, etc. a la luz de la siempre iluminadora Doctrina Social de la Iglesia.

Dice el Concilio Vaticano II: “Recuerden todos los ciudadanos el derecho y el deber que tienen de votar con libertad, para promover el bien común. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran el bien de la vida pública y aceptan las cargas de este oficio… Los cristianos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la política; en virtud de esta vocación están obligados a dar ejemplo de responsabilidad y servicio… La Iglesia, por razón de su misión y competencia, no se confunde en nodo alguno con la política, ni está atada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarde del carácter trascendental de la persona humana” (IM 75-76).

En primer lugar debemos ir a votar y hacerlo responsablemente, sin dudarlo. Y, de manera inmediata, orientar decididamente nuestro voto por las opciones que de manera más completa expresan una concepción cristiana. Hay que procurar conocer bien a quien damos nuestro voto, qué defienden y qué no, con una información objetiva; por ello es también conveniente conocer las listas. No es fácil en las actuales condiciones encontrar partidos que puedan recibir de manera coherente el voto cristiano. Será el discernimiento personal y la conciencia de cada uno quien decidirá qué hacer. Algunas personas tienden a reducir estos aspectos a unas cuestiones y, descuidan otras.  En caso de no satisfacernos sus propuestas, hay que escoger a quien ofrezca mayores garantías de procurar el bien común de un modo más cercano al evangelio, es decir, a esa Doctrina Social de la Iglesia que se desprende de el y que defiende al hombre, es decir, a la persona humana, en su dignidad y en todos sus derechos y libertades.

Ante las próximas elecciones, la conciencia cristiana ha de estar especialmente atenta al modo en que aquellos a quienes demos nuestro voto intentarán resolver el apoyo claro y decidido a la familia, fundada en la unión indisoluble de vida y amor de una mujer y un varón, el fomento de la calidad educativa en todos los centros de enseñanza y la garantía efectiva del derecho de los padres a elegir la educación que desean para sus hijos; que pueda ofrecer un desarrollo económico y social donde el trabajo proporcione una vida digna y recursos para vivir, al tiempo que sea respetuoso con todos y beneficioso con los excluidos y necesitados; políticas sociales y económicas respetuosas y promotoras de la dignidad de las personas, que favorezcan la libre iniciativa social, en la economía y en la cultura; que propicien el trabajo para todos y la justa distribución de las rentas; que presten especial atención a los más desfavorecidos, como los inmigrantes, los ancianos y los enfermos; que atiendan a la necesaria solidaridad de nuestro país con los pueblos subdesarrollados o en vías de desarrollo. Tampoco hay que olvidar el valor de nuestra Constitución, a Europa como marco de referencia para España, el derecho a la libertad religiosa y la apuesta por la laicidad positiva en las relaciones Iglesia-Estado.

Votar es un ejercicio de la caridad y de la solidaridad. Todos han de contribuir con su voto al bien común. Los cristianos sabemos que esta contribución la debemos a nuestra patria en virtud de la caridad, es decir, del amor que viene de Dios y nos impele a buscar el bien de todos y cada uno de nuestros prójimos, aun a costa de algunos posibles sacrificios personales (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, números 2239 y 2240). Pero que esta oportunidad de votar nos haga ver, al menos, que hoy es radicalmente insuficiente limitar la responsabilidad política a votar cuando toca. Es necesario un compromiso mayor. También deberíamos preguntarnos, dado que repetimos las elecciones porque no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo, si somos capaces de convivir y de colaborar con los demás en nuestra vida diaria, sobre todo cuando tratamos con personas de ideas y posturas diferentes. Debemos aprender a valorar lo bueno de cada uno para llegar a tener encuentros positivos, es decir, aprender a dialogar, a construir juntos.

“Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra» (EvG 84).

+ Rafael Zornoza Boy

Obispo de Cádiz y Ceuta

 

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.