Colegio de la Inmaculada Concepción: 125 años en el corazón de Gijón

Oviedo colegio Inmaculada Concepción JesuitasFinaliza el curso escolar, y con él, el colegio de  la Inmaculada de Gijón, dirigido por los padres jesuitas, pondrá punto y final a los festejos con los que ha celebrado durante todo este tiempo el 125 aniversario de su existencia.

Han sido meses de actividades lúdicas, religiosas y culturales, con una gran proyección, y que finalizaron el viernes 17, con un acto de clausura y una eucaristía que estuvo presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz. Fue a las ocho de la tarde, en la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción.

Una labor que dio comienzo en 1890, tras la restauración de la Compañía de Jesús y su regreso a España. Los jesuitas habían estado en el colegio de San Matías, anexo a la iglesia de San Isidoro, de Oviedo, desde el siglo XVI. Esta presencia se eliminó con la supresión de la Compañía, y se restauró de nuevo en la ciudad en el siglo XIX. Sin embargo, a su regreso a Asturias, la Compañía no quiso limitarse a permanecer en Oviedo, sino que buscó también un proyecto en Gijón.  Pero la llegada a esta ciudad no fue un camino de rosas, tal y como señala el actual director del colegio, el padre Alfredo Flórez sj. “Al principio hubo cierta oposición. La población era más pequeña y no había tantas parroquias como ahora. Algunos no vieron con buenos ojos que llegaran los jesuitas, ante las sospechas de que, con ellos, trajeran ideas liberales”.

A lo largo del siglo XX, la Compañía de Jesús fue expandiendo sus obras apostólicas en la ciudad. Se levantó la Basílica del Sagrado Corazón; más adelante, en los años 40, nació la Fundación Hogar de San José, dedicada a la atención de niños desfavorecidos y en la que hoy continúan al frente realizando una importante labor social, junto con la Fundación Revillagijedo y la parroquia del Natahoyo. La Universidad Laboral fue otro de los destinos de la ciudad que dirigieron durante años, y que, al igual que la Basílica, tuvieron que abandonar.

Desde los primeros años de vida del colegio de La Inmaculada, sus responsables desplegaron la estructura pedagógica propia de la Compañía: “Era una educación definida a través de la Ratio Studiorum, con un modelo educativo que, con cambios, sigue estando muy presente en los colegios –señala el director–. Un modelo que tenía muy en cuenta, por ejemplo, los avances científicos. Todavía se encuentran en este colegio, por ejemplo, restos de colecciones de Ciencias Naturales, de Geología, con aves disecadas, algo impresionante. Luego, está la biblioteca, tan importante y completa, que antiguamente era la única manera de acceder a la cultura, además de la formación del maestro. El cine, por ejemplo, fue otra de las novedades que introdujeron los jesuitas en sus colegios para ofrecer, no sólo a los alumnos, sino también a los padres de familia, la oportunidad de disfrutar del séptimo arte. En aquella época, suponía una auténtica novedad. Era, en resumen, una educación muy avanzada que se abría a las ciencias, a la innovación, y a las nuevas pedagogías”.

El colegio ofrece, además, durante muchos años la posibilidad del internado. Alrededor de 200 niños, llegados de otros puntos de Asturias y de provincias limítrofes, convivían entre los muros del colegio con los alumnos en régimen externo. Era una comunidad “llena de vida”, tal y como la define su actual director, que “creaba una interacción y una cercanía entre alumnos y profesores que dejaba huella en todos los que venían al colegio”.

Un colegio por el que pasaron personalidades como Pérez de Ayala, los hermanos Botín, que vivían en el internado ya que procedían de Santander, y todos aquellos padres de familia que querían procurar a sus hijos una buena base para posteriormente acceder a los estudios universitarios.

Esta labor se vio interrumpida  en el período de la segunda República y la Guerra Civil española. El edificio fue hospital, colegio público, y durante la guerra cuartel, siendo finalmente destruido. “Como condición –señala el director– para entrar de nuevo en el colegio, al finalizar la guerra, se nos indicó que teníamos que cuidar y mantener la memoria de este enfrentamiento, siendo, así, testigos de la historia. Por eso, tenemos en la entrada el monumento de los caídos en el conflicto, y de esta manera formamos, no sólo parte de la memoria educativa y religiosa de la ciudad, sino también de la historia de Gijón, porque aquí se vivió un capítulo importante de la misma”.

Han sido 125 años de una educación que, como definió el que fuera Prepósito General de la Compañía, el padre Kolvenbach, responde a la pedagogía ignaciana de “en todo amar y servir”. “El alumno que sale de la Compañía de Jesús, además de ser una persona prepara académicamente para poder estudiar en la Universidad, es una persona comprometida con el mundo, sensible y solidaria, que busca la justicia y el bien común, que son valores que, junto con la capacidad crítica y de discernimiento, van dejando huella en los alumnos que salen de nuestros centros”, destaca el director de la Inmaculada de Gijón.

Esta actitud se trabaja en las clases a través de los compromisos solidarios. En Bachillerato, los alumnos realizan un servicio de voluntariado, en colaboración con ONG e instituciones de Gijón y de fuera de la ciudad donde fomentan la sensibilidad hacia las personas más necesitadas. Supone un “toque de realismo” ante la formación religiosa y cívica que se imparte en las aulas –explica el padre Alfredo–. “Tratamos de que no tengan sólo conocimientos abstractos, y que estas actividades  redunden en la aportación al bien común de la sociedad”, señala. Y es que la formación en los centros de jesuitas, como afirman sus antiguos alumnos, a lo largo y ancho del mundo, “imprime carácter”. Por eso es frecuente que las asociaciones de antiguos alumnos de los colegios de la Compañía permanezcan activas a lo largo de los años, perpetuando así ese ideal común. “El colegio de la Inmaculada se encuentra no sólo en el corazón de la ciudad, sino también en el corazón físico de mucha gente”, señala Alfredo Flórez. “Es sorprendente la cantidad de gente que está vinculada a este centro. Que quede esa huella, y que eso influya en la forma de ser de la gente, más sensibles y más conscientes de las necesidades de los demás, es una realidad que a mí me ha impresionado”.

(Arzobispado de Oviedo)

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