Encuentro Diocesano de Pastoral

MurguiSorianoJesusMons. Jesús Murgui            Sabéis que a lo largo de la historia hombres y mujeres han contado y han compartido sus sueños. Sueños que, pareciéndose al “Grano de mostaza” del que nos habla Jesús en el Evangelio (Cf. Mt 13, 31-32), no obstante ser algo pequeño, insignificante…han sido capaces de ser notable realidad, incluso de cambiar trozos de la historia, inercias de comunidades y sociedades, situaciones imposibles. Un poco paradigmáticos, en este sentido, dentro de la reciente historia de la Humanidad, pueden ser los gestos de Gandhi, la famosa frase de Martin Luther King (“he tenido un sueño”), o las noches envueltas en miseria de la próxima santa – dentro de unos pocos meses- la Madre Teresa de Calcuta.

Traigo a colación todo esto, porque creo que se trata de un hermoso sueño lo que el papa Francisco nos trasmite en el documento “La Alegría del Evangelio”, el documento programático de su pontificado y que nosotros como Diócesis tenemos en el arranque, en el inicio del vigente Plan Diocesano de Pastoral que nos hemos dado y que, este año, junto al Jubileo de la Misericordia, nos ilumina y nos seguirá iluminando para los tiempos inmediatos, Dios mediante.

En el fondo mi gran pregunta, también para mí mismo, es: ¿queremos, con la ayuda de Dios, hacer vida el sueño del Papa Francisco? ¿Queremos ir haciendo de la valiosa pastoral desde hace años realizada en nuestra Iglesia Diocesana, algo todavía más abierto, más “en salida”, más misionero, partiendo de una fuerte experiencia de encuentro, de seguimiento, de entusiasmo por Jesucristo?

El texto evangélico de referencia para el Plan Diocesano, que se ha concretado para el curso próximo, es el de los discípulos de Emaús, por eso ocupará su representación “en camino” la portada de su próxima publicación, comenzando ya por el folleto que tenéis en las manos. Y hay una expresión usada en estos tiempos nuestros, que me permito mencionar, y que ha tenido cierta fortuna: “El síndrome de Emaús”. Es como una psicosis dominante en no pocos contemporáneos y que se manifiesta como queja permanente, hecha de decepción de todo, hecha de desánimo ante las circunstancias y la realidad; percibidas estas no desde la fe, no desde la Sabiduría de Dios… y que viene a ser como un reflejo del estado de ánimo que arrastraban los dos discípulos que andaban tristes y alejándose de los Once, de Jerusalén a Emaús.

¿Queremos también nosotros instalarnos en el desánimo, en la queja, en el no hay nada que hacer? Tanto para el encuentro con el Resucitado como para la misión que El nos confía, necesitamos la asistencia del Espíritu Santo y dejarnos guiar por El. Así se evita una doble tentación: refugiarse en propuesta místicas y evasivas sin compromiso y sin comunión, o bien 2 implicarse en simples discursos sociales y de compromiso sin una espiritualidad que trasforme el corazón (cf. EG 262).

El Espíritu, sólo El crea como un “espacio interior” para sentir a Jesús, para escucharle y dejarnos inflamar el corazón como hizo con los de Emaús, abriéndoles los ojos, el corazón, reconociéndole vivo, presente, en la Palabra, en el Sacramento, en la comunión eclesial y el testimonio, y en el camino de la vida. El Espíritu, es quien hizo ese mismo milagro en los apóstoles, en María y, desde ellos, en nosotros, a partir de Pentecostés, para desde ahí hacernos capaces de compartir el encuentro, de salir a la misión, a dar la vida, con convicción, con fuerza, con amor, como los apóstoles a partir de aquel día. Papa Francisco, sucesor de Pedro, nos centra en un nuevo Pentecostés, en la obra del Espíritu que nos hace encontrarnos y creer en el Resucitado y que Él nos siga enviando como Iglesia a una humanidad necesitada de su verdad y su salvación.

Con el Espíritu no hay tiempos difíciles, sino diferentes. Recordemos a los primeros cristianos, a los mártires de nuestra Iglesia del siglo pasado, a los “tiempos recios” de los que hablaba Teresa de Jesús (Vida 33,5). Por ello, a este respecto dice el papa Francisco con claridad, con contundencia: “No digamos que hoy es difícil, es distinto” (EG 263).

Soñemos, pues, con una Iglesia misericordiosa, renovada, amando la hora que nos ha tocado vivir, viviendo el presente como gracia de Dios. Una Iglesia que en el plano diocesano sea “una madre cercana”, que anima, impulsa, levanta; y en el plano parroquial sea “hogar de puertas abiertas”. Parroquia, siempre, como casa abierta y al servicio de todos; con identidad, que ofrece y acerca su gran “tesoro” a todos: el Señor (camino, verdad y vida). O como sencillamente gustaba San Juan XXIII de llamarla, “la fuente de la aldea”, a la que todos acuden para calmar la sed.

Una Iglesia que, en sus comunidades e instituciones, no puede, por tanto, estar replegada sobre sí misma, sino que ha de abrirse al mundo donde está enraizada y donde las personas viven sus luchas y sus necesidades, sus gozos y sus esperanzas. Una Iglesia especialmente sensible y presente en las pobrezas que nos rodean, en la soledad de tantos mayores; que engendra hijos, que acompaña en cada modalidad de catequesis iniciando a nuevos cristianos; que suscita vocaciones y discierne y cuida los carismas, que ilusiona a niños y jóvenes, que acompaña e ilusiona en el amor del matrimonio y la familia y en la tarea de la enseñanza; que genera convicción del Espíritu en los antiguos y nuevos pastores que deben guiar y servir con amor a nuestras comunidades.

Al servicio de este sueño, al servicio del presente de nuestro pueblo al que somos enviados, al servicio de la misión ilusionada y de la comunión que enriquece, está y debe estar este Encuentro, nuestros proyectos, y el Plan Diocesano Pastoral que precisamente quiere ser un fruto del sueño del papa Francisco, un sueño contado en “Evangelii Gaudium”. El Espíritu del Señor nos asista, para ello.

Y que el Espíritu, a cuya inspiración confío nuestra tarea, me inspire la palabra oportuna para haceros llegar mi gratitud en nombre de la Diócesis, a todos vosotros y a las realidades eclesiales a las que representáis. A todos gracias por lo mucho que habéis hecho y por lo mucho que haréis. A todos el deseo de que el Señor, por intercesión de Santa María, os siga llenando de fe y de luz para acoger la gracia de este Encuentro y la de la Misión a la que os envía. Gracias a todos y que así sea.

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
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Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.