El cielo, meta de la bienaventuranza cristiana

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez        Las bienaventuranzas sólo se entienden con la añadidura que le sigue a cada una. Prometen muchas recompensas en la tierra, pero sobre todo coinciden en la promesa del Reino de los Cielos. El premio grande, la meta definitiva es la vida eternamente feliz en el Cielo. Toda nuestra razón de existir y ser felices está en nuestro Padre del cielo. Algunos quizás piensen que son promesas paradójicas. Entonces también nos preguntamos: ¿Es una ilusión el deseo de felicidad que tiene todo ser humano? La felicidad en esta tierra ya está unida al cumplimiento de seis de las bienaventuranzas.

Los mansos heredarán la tierra. Los que lloran serán consolados, los que tienen hambre de justicia quedarán saciados, los misericordiosos alcanzarán misericordia, los limpios de corazón verán a Dios, los que buscan la paz serán llamados los hijos de Dios… Todas estas bendiciones anunciadas, ya están siendo reales e inauguradas en muchos millones de personas que a lo largo de generaciones han seguido la sabia ruta de las bienaventuranzas. El hombre está destinado a entrar en la Gloria de Dios. “Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin?” (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).

Pensar en la vida eterna condiciona la vida moral y todos los comportamientos, como el destino de un viaje marca todos los caminos que se han de seguir para llegar a él. Hay un solo camino para llegar al cielo. Dice el libo del Deuteronomio: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal… he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia” (Dt 30, 15-19).

Algunos eligen el camino de las riquezas, el bienestar egoísta, la gloria humana o el poder para ser felices. Muchos buscan la felicidad en el dinero, que es el ídolo de nuestro tiempo. Piensan que con la riqueza se puede comprar todo. El mundo mide a la gente por su fama con la convicción de que da satisfacción y alegría. Les parecen caminos que llevan derechos hacia la felicidad “pero al final de ellos está la muerte” (Prov 14,12).
Le preguntaron a Jesús: “¿Son pocos los que se salvan?” Él dijo: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt 7,13). El estilo de caminar nos lo señalan los Mandamientos y el Sermón de la Montaña de Jesús. Avanzamos ayudados por la gracia del Espíritu Santo y animados por el Evangelio.

Pensar en el amor y la felicidad del Cielo con mucha frecuencia no es evadirse de la dura realidad de cada día, sino ponerla en el buen camino. Contemplar cara a cara a Dios en su gloria, estar unidos a Él en un amor eterno es la felicidad máxima que se puede desear. Nos animan a desear el cielo las palabras de Jesús que nos dice que Él es el camino para llegar. “En la casa de mi Padre hoy muchas estancias… voy a prepararos un lugar… y de nuevo volveré para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-4).

A las alegrías de este mundo siempre les falta algún elemento. Eso que les falta es el ansia de llegar al Cielo, pues solo Dios puede llenar la tensión del corazón humano hacia la felicidad plena. Decía Santa Clara de Asís: “¡Oh pobreza bienaventurada que da riquezas eternas a quienes la aman y la abrazan!”

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Tudela y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).